• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Presión popular o…

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A estas alturas no queda a quién convencer de que en Venezuela tiempo ha que se instauró una atroz dictadura dado que los propios miembros del régimen se lo han dejado claro a la nación y al mundo a través del descaro con el que, en el clímax del disfrute, violan la Constitución y los derechos humanos, y se burlan de ese grueso de los venezolanos que ya no solo desean un cambio de rumbo para el país, sino que con ansias esperan verlos responder ante la verdadera justicia por sus innumerables crímenes, incluyendo el haber obstaculizado, ex profeso, todo lo que en instancias distintas a las gubernamentales se quiso hacer para tratar de impedir unas muertes que, en primer lugar, no habrían ocurrido si con su perverso modelo aquellos no hubiesen destruido el sistema nacional de salud y provocado una rampante escasez de medicamentos.

Ya no quedan máscaras por caerse en virtud de que sus otrora portadores se encargaron de arrojarlas al suelo y volverlas añicos para así poder ostentar tanto su delincuencial talante como el cuantioso provecho material que, de forma deshonesta y con insaciable apetito, sacaron durante ese tiempo de bonanza en el que sus adeptos se esforzaron en interpretar aquel triste papel del útil muy tonto.

Ya no hay que afanarse tampoco en buscar nuevas evidencias de terribles delitos porque en esta dictadura la comisión de los crímenes es hoy pública, notoria y comunicacional, a tal punto de que atrás quedaron las simulaciones y ahora las instancias “arbitrales” de mayor jerarquía en materia judicial y electoral dentro del país son las que se adelantan a pisotear la Constitución para intentar perpetuar un opresivo y vejatorio sistema del que pretenden seguirse lucrando.

En fin, la tarea pendiente no es ya demostrativa sino emancipadora, aunque mucho preocupa el que todavía existan actores convencidos de que es factible salir de este régimen sin una contundente presión popular, máxime porque también es hoy patente que a sus miembros les traen sin cuidado las expresiones de la voluntad de la sociedad venezolana y sus anhelos de libertad y bienestar, y que menos aún les importan las expectativas del mundo democrático en lo que a soluciones negociadas y respeto de acuerdos se refiere, sobre todo porque, en los últimos años, ese mismo mundo se ha mostrado totalmente inefectivo para evitar los avances del totalitarismo en diversas regiones del planeta, principalmente en América Latina, donde la chantajista, represiva y corrupta izquierda dictatorial ha gozado, al menos hasta ahora, del privilegio de un trato con sedosos guantes.

El argumento de esos ilusos –si es que de verdad lo son– es que las colas no les dejan tiempo a los venezolanos de a pie para manifestar su descontento y reivindicar en la calle sus derechos, cuando en realidad la falta de presión popular es producto, a su vez, de la ausencia de una firme decisión colectiva de ponerle punto final a esta trágica historia de irrespeto, hambre y muerte.

Hasta que al menos la tercera parte de este pueblo –civil y militar– no se resuelva a transformar a un tiempo su profunda arrechera –así, con todas sus letras, ya que otro término aquí no cabe– en una exigencia, constitucional y pacífica, claro, pero contundente y en la calle, del inmediato cese de un “gobierno” que demasiado tiempo ha durado, los padecimientos y la devastación no solo continuarán de modo indefinido sino que aumentarán más y más.