• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

¿Poderío militar?

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Que lo solapadamente instaurado en Venezuela en estos primeros años del siglo XXI no ha sido otra cosa que una vulgar dictadura militar, es algo harto conocido desde hace mucho tiempo; pero el reciente reconocimiento público de Maduro de su fáctica subordinación a quienes de manera inmerecida ocupan las más altas posiciones de la institución armada que se ha prestado para sostener tan nefasto sistema, solo evidencia la enormidad del temor de los –no pocos– miembros de una inefable cúpula que se saben, por decir lo menos, profundamente despreciados por el pueblo al que han maltratado y humillado de todas las formas imaginables.

Claro que ni Padrino es Noriega ni Maduro uno de los peleles de los que aquel se valió para construir los precarios bastidores tras los que, de un muy mal disimulado modo, solo él movía los hilos del poder; y ello en virtud del que quizás es el único rasgo que, sobre todo en la etapa posterior a la muerte de Chávez, ha diferenciado al chavismo de tantos otros regímenes totalitarios: el carácter colectivo, aunque enteramente concentrado en tal cúpula –más militar que “civil”–, de la inicua toma “gubernamental” de decisiones y del abuso del poder, de lo que deriva una responsabilidad compartida –de modo equitativo– en lo tocante a los terribles crímenes perpetrados al amparo de una pseudolegalidad en los últimos 17 años.

Y es que si bien lo “cívico-militar” no pasó de ser una mera fachada con la que vanamente –y hasta hace escasas horas– se intentó ocultar la verdadera naturaleza del tinglado socialista del siglo XXI, esto es, un negocio de milicos, lo delictual sí ha ido mucho más allá de este ámbito dado que la ilícita hegemonía “empresarial” del estamento armado es a su vez producto de un inicial acuerdo entre sus ahora jerarcas y quienes, a cambio de facilitar su lucrativa actividad, obtuvieron de aquellos la venia para arrogarse una miríada de privilegios a costa del bienestar de una sociedad cuyo absoluto sometimiento, unos y otros, dieron por hecho; o en otras palabras, un acuerdo para una suerte de “ganar-ganar-perder”: la ganancia tanto de una inescrupulosa jerarquía militar como de un puñado de “civiles” militaristas, y la pérdida de los muchos considerados por todos ellos como un conjunto de pendejos.

Pero una dramática e irreversible transformación está tenido lugar en el seno de ese menospreciado y reiteradamente ultrajado pueblo. Un cambio por el que los miembros de esa inefable cúpula ven el desvanecimiento del “poderío” de los fusiles cuan escurrimiento de la arena entre los dedos. Algo que la valiente acción de las andinas mujeres de blanco contribuyó a hacer aún más patente.

@MiguelCardozoM