• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Pobreza y desarrollo en Venezuela desde la perspectiva sanitaria

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Es necesario que se siga denunciando y –ad perpétuam rei memóriam– se deje constancia de lo que bien podría considerarse como una de las más graves violaciones de los derechos humanos perpetradas en el país por el nefasto régimen que, desde hace 16 años, no ha cejado en su empeño de asolarlo: el franco y descomunal deterioro de la salud del pueblo venezolano.

A tales extremos ha llegado la situación que, verbigracia, ya ni afecciones “de poca monta” –como la escabiosis– pueden ser eficazmente tratadas por no haber –ni en centros de salud ni en farmacias locales– medicamentos que hasta en naciones muy pobres son abundantes.

Claro que ello no constituye ninguna sorpresa dado que es una de las tantas e indeseadas consecuencias de las criminales políticas del régimen, aunque es sumamente preocupante la cada vez más acelerada pérdida de las capacidades resolutivas requeridas para el logro de un buen estado general de salud de la población.

Pero más allá del incremento de la carga de morbilidad por enfermedades diversas y del creciente número de muertes evitables –hechos que en conjunto son de por sí una tétrica fuente de alarma y consternación, y por los que, algún día, no pocos tendrán que responder–, esto genera un sinfín de interrogantes sobre la verdadera condición de la sociedad venezolana.

En momentos en los que tirios y troyanos se afanan en calcular, desde perspectivas a menudo rayanas en burdos reduccionismos, el número de pobres en el país, cabe preguntarse si “pobre” no es más bien el calificativo idóneo para referirse hoy al conjunto de sus habitantes –exceptuando, por supuesto, a los miembros de la reducida, opresora y podrida cúpula gubernamental, y al puñado de inescrupulosos que se han alimentado de las migajas de su orgiástico festín–.

En esta devastada Venezuela es irrelevante, por ejemplo, el estar por encima o por debajo de una línea de pobreza entendida como el nivel mínimo de ingreso que permite satisfacer necesidades básicas, por cuanto dicha satisfacción dejó de depender hace mucho del poder adquisitivo individual.

Es inocultable que, indistintamente de su ingreso, el venezolano promedio, además de no contar con una continua provisión de alimentos saludables y de productos para la higiene personal y el adecuado aseo de sus viviendas, ni tampoco con un permanente suministro de agua –sin mencionar que la que ocasionalmente llega a su hogar puede no ser de la calidad esperada–, no encuentra solución a muchos de sus problemas de salud por las innumerables fallas del sistema sanitario, a lo que se añade la drástica reducción de sus posibilidades de llevar a cabo con frecuencia –principalmente a causa de la inseguridad que azota a toda la nación– actividades de esparcimiento y ejercicio físico al aire libre que coadyuven a la prevención de incontables padecimientos.

Tan palmarias carencias independientes del ingreso, a las que habría que sumar las tocantes a otros aspectos de la dura cotidianidad del país, han depauperado a la casi totalidad de su población, por lo que la crisis del sector es un asunto de enorme relevancia que debería ocupar un lugar central en la agenda de cuantos deseen contribuir a la creación de capacidades para la construcción de una infinitamente mejor Venezuela.

Sin la consecución de un buen estado general de salud de la sociedad venezolana, el desarrollo nacional –ese que implica la superación de la atípica pobreza arriba descrita– no pasará de ser una difusa utopía.