• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

País distinto, distinta Retórica

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I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat. (Sir Winston Churchill, 13 de mayo de 1940)

 

Pensando en estos días en la figura y obra del gran maestro Zapata, volvió a asaltarme un sentimiento que en los últimos años ha sido más o menos recurrente: el del pesar por la partida de otro insigne venezolano; pero no pesar por su partida en sí, dado que indefectiblemente todos haremos en algún momento el mismo viaje, sino por el hecho de que no haya él presenciado antes el renacimiento de su patria; de que no haya visto –ni de lejos como aquel patriarca– su tierra prometida.

En momentos así pienso en mis abuelos y –aunque solo se trate de un consuelo de tontos– me alivia un poco el que no vivieran para sentir la punzante aflicción por la devastación de la Venezuela a la que tanto amaron y ofrendaron, pero pienso luego en mi madre y en la alegre princesa de mi universo, y esa mezcla de pesar y alivio se transforma en energía creadora; en resumidas cuentas, se transforma en reflexión y acción en pro de la construcción de un futuro distinto a esta espantosa visión de ruina y desolación.

Y sí, sobre eso quería escribir; sobre Zapata y sus Zapatazos, sobre mis abuelos y sus enseñanzas, sobre un futuro en el que mi madre pueda –un lejano día– cerrar feliz sus ojos para abrirlos a una dichosa eternidad, y la princesa de mi universo pueda crecer sin que su torrente de alegría se transforme en una ciénaga de desdicha.

La pluma, no obstante, siguió la ruta de trazos menos líricos, aunque no por ello carentes de importancia; e incluso bien mirado, lo uno y lo otro constituyen, de hecho, un mismo asunto.

Sea lo que fuere, a principios de esta semana captó mi atención el artículo que, bajo el título “Chávez y el mito del ‘por ahora” (http://www.el-nacional.com/thays_penalver/Chavez-mito-ahora_0_571142956.html), publicó en este prestigioso diario Thays Peñalver, quien con un tino inusual en estos tiempos ha dado en el blanco: el auge del chavismo –asegura Peñalver–, luego de hacerse fácilmente con el poder en 1998, fue producto del aberrante uso de una riqueza petrolera en aumento que permitió, con fines meramente políticos –o, más bien, personalistas–, una innecesaria expansión del sector público y la “subvención” de un improductivo y nada pequeño sector de la población.

Claro que lo que hoy, a la luz de los acontecimientos de los últimos meses, luce como verdad de Perogrullo, no debe conducir a la desestimación del papel que jugó en ese auge la retórica chavista –la de Chávez, por supuesto, porque la de sus sucesores es tan insustancial, burda y deplorable que lo único que sigue sorprendiendo es que el “liderazgo” opositor no haya logrado convertirla aún en su principal arma contra la propia nomenklatura criolla–.

Sacar eso nuevamente a colación, lejos de ser inoportuno, cobra capital relevancia en esta coyuntura por cuanto urge, en voces opositoras, una retórica distinta y que de modo efectivo impulse el cambio de rumbo que tanto necesita el país.

En la retórica chavista, por ejemplo, ante un extremadamente laxo ethos –que por sí mismo hubiese podido frenar el avance de quien un día se declaraba perezjimenista y al siguiente celebraba con frenesí la caída de aquel tirano, o en un instante se proclamaba justo y amoroso padre del pueblo, y al siguiente dejaba morir de hambre al que previamente había despojado de sus tierras y propiedades– y la ausencia de un logos coherente y claramente definible, se explotó con gran astucia –y una generosa dosis de perversidad– un pathos que logró romper las bridas que por mucho tiempo habían contenido peligrosos resentimientos y odios; sentimientos que, al desenfrenarse, precipitaron la destrucción de la nación en favor de una corrupta y malsana cúpula.

Ciertamente, a tal desenfreno coadyuvó una desigual pero bien calculada “distribución” de esa riqueza petrolera, que en no pocos casos –y en todos los estratos de la sociedad venezolana– se tradujo en una suerte de estipendio a “mercenarios” que, por las migajas que en su festín iba dejando la voraz oligarquía socialista del siglo XXI, estuvieron dispuestos a revolcarse, cuan inmunda piara, en un lodazal de numerosos, terribles e inenarrables crímenes.

Es por ello que ante un régimen cuya capacidad de financiamiento se ha deteriorado de manera sustantiva, se requiere de una línea discursiva opositora que verdaderamente persuada y movilice, y esto solo será posible si en aquella convergen un ethos que otorgue credibilidad a quienes aspiran a conducir –vale decir, por un camino empinado y pedregoso– la Venezuela poschavista, un logos que contribuya a que la población comprenda y asuma con responsabilidad las enormes dificultades que entrañará la reconstrucción nacional, y un pathos que permita rescatar, de entre los escombros familiares y sociales que han dejado esos resentimientos y odios exacerbados por la retórica oficialista, elementos afectivos con un potencial cohesionador tal que, en conjunto, se constituyan en la argamasa que mantenga firmemente unidos los bloques de la Venezuela distinta que tanto anhelamos y que debemos esforzarnos en construir.

Una verbosidad excesiva no es necesaria para la consecución de lo anterior, como bien lo demostró, a lo largo de cinco décadas, el maestro Pedro León Zapata, cuya eficacia comunicativa –y persuasiva– nunca dependió de la cantidad sino del inteligente uso de unos elementos accesibles hasta para el menos instruido de nuestros conciudadanos.

Por supuesto, no pretendo erigirme en autoridad en lo que a retórica se refiere, máxime cuando sobran en Venezuela los expertos que sobre ello pueden hablar con mayor propiedad, pero considero que se ha llegado a un álgido punto en el que el país pagará a un muy alto precio hasta los errores más pequeños, por lo que es oportuna la exhortación a que se haga verdadera política, incluyendo un consciente y efectivo uso de la retórica, porque si bien el “por ahora” no pasó de ser un mito que acabó hundiéndose en el negro océano sobre el que se construyó, es conveniente recordar que aquel “blood, toil, tears and sweat” sí contribuyó a evitar a un pueblo su aniquilación.

  

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

 

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.