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Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

¿Por qué el IVIC?

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La importancia del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC, dentro del sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación es indiscutible, dado que, como recuerda Jaime Requena en su libro Medio siglo de ciencia y tecnología en Venezuela (2003), desde su refundación en febrero de 1959 –cuando dejó de ser aquel Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales creado a mediados de esa misma década por Humberto Fernández-Morán como un proyecto personalista– se convirtió en el gran motor del afianzamiento de la institucionalización y profesionalización de la ciencia en Venezuela.

Ello fue posible gracias al encomiable trabajo que en los primeros años de la institución realizó un equipo de visionarios liderado por el doctor Marcel Roche, quienes implementaron en el naciente IVIC un modelo –inspirado en el del Collège de France– que impulsó una labor investigativa y de innovación sin precedentes en el país y promovió la formación de un talento humano nacional que, en las décadas subsiguientes, fue clave para que otros centros científicos y tecnológicos se consolidaran en Venezuela, como ocurrió con el –otrora– gran foco de la investigación, desarrollo e innovación local y regional en las áreas de hidrocarburos y petroquímica: el Intevep, que, como señala Requena en el citado libro, obtuvo hasta 1998 un total de 236 patentes en Estados Unidos, incluyendo –en 1989– la de la Orimulsión®, una valiosísima innovación que fue vilmente desechada durante la gestión socialista de la Pdvsa del siglo XXI y sobre la que, antes de que tal despropósito ocurriera, se apuntó lo siguiente en dicha obra:

“La Orimulsión® es un nuevo tipo de combustible, que se produce para la exportación. Como combustible es limpio desde el punto de vista ambiental para plantas de generación eléctrica o vapor y compite ventajosamente con el carbón y el diesel, en lo que a costos de adquisición y bondades ambientales se refiere.

“En productos como éste [sic] reposa, en buena medida, el futuro de nuestro país ya que le da una salida comercial a las grandes reservas de petróleo no convencional que poseemos. En efecto, las 42 mil millones de toneladas métricas que constituyen las reservas de arenas bituminosas en la Faja del Orinoco garantizan el suministro confiable (a la rata de 3 millones de barriles diarios de Orimulsión®, hasta bien entrado el siglo XXIII). En 1997, Bitor, la filial de PDVSA encargada de su producción y comercialización, tuvo como resultado la exportación de 3 millones 828 mil toneladas métricas de Orimulsión®. A finales del siglo XX, se producen 5 millones de toneladas métricas ó [sic] 100.000 barriles diarios, pero se espera producir 20 millones de toneladas métricas para el 2006. Del costo de desarrollo de la innovación tecnológica y que fue del orden de US$ 500 millones, la venta del producto durante el año 1997 permitió recuperar US$ 18 millones”. (pp. 146-147)

A logros como ese –hoy lejanos recuerdos como resultado del avance del socialismo del siglo XXI– coadyuvó de un modo u otro el IVIC, sin mencionar que su propia producción aportó significativamente al progreso del país durante los años de la democracia.

Incluso en la actualidad, pese a todos los obstáculos que le ha colocado a la actividad científica y de innovación el empobrecedor modelo que ha devastado a la nación en los últimos tres lustros, permanecen en el instituto muchos científicos que no cejan en su empeño de construir soluciones a muchos de los complejos y graves problemas que agobian a la sociedad venezolana, aunque el hacerlo sea cada día más difícil.

Y es quizás por ese empeño que ahora, entre gallos y medianoche, se ha aprobado en primera discusión un proyecto de reforma de la Ley del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas que no fue previamente discutido con los miembros de la Institución –como se reseñó el 20 de noviembre del corriente en El Nacional (http://www.el-nacional.com/sociedad/IVIC-desconoce-proyecto-propone-eliminacion_0_522547878.html)–; una reforma que se pretende justificar en el supuesto deseo del régimen de que la ciencia venezolana contribuya a la liberación del pueblo y a la soberanía nacional.

¡Patrañas!

Es justamente en dirección opuesta que han apuntado todas las actuaciones gubernamentales en estos años de roja debacle, en los que –ex profeso– se han ido destruyendo una tras otra las capacidades científicas y de innovación del país, con lo que a su vez, tal y como lo expresó quien les escribe en su columna de PolítiKa UCAB del pasado 13 de noviembre (http://politikaucab.net/2014/11/13/la-defensa-de-la-educacion-la-ciencia-y-la-tecnologia), se van:

“… cercenando sustantivas capacidades para el desarrollo […], lo que podría facilitar enormemente el afianzamiento de un perverso modelo en el que a la persona humana se le asigna –de manera solapada– un valor instrumental en función de su utilidad para el logro de mezquinos fines hegemónicos”.

De hecho, siguiendo con el planteamiento realizado por este servidor en dicha columna:

“No resulta, […], muy sorprendente el que el régimen –pese al afán declarativo con el que asegura lo contrario– le dé en la práctica tan poca prioridad a la educación, a la ciencia y a la innovación, sobre todo si se considera que estas son poderosas fuerzas emancipadoras en virtud de que constituyen la fuente por excelencia de las mencionadas capacidades.

Y es que sin una educación que, entre otras cosas, desarrolle competencias para la indagación, el trabajo en red, el emprendimiento y la construcción de soluciones novedosas a los problemas, y sin una cultura científica y de innovación que impulse la creación de espacios en los que los individuos puedan promover sus propios proyectos de vida, se fertilizará el terreno de la mediocridad y de la dependencia; unos rojos pastos propicios para que un puñado de inescrupulosos opresores apacienten en la medida de sus intereses a una aletargada sociedad”.

Se entiende entonces que con el demoledor puño socialista se quiera golpear, al modo en que ya se hizo con las universidades públicas y se intenta hacer con las privadas, a una institución que, en medio de una densa oscuridad, es uno de los faros que con su luz –si así se lo proponen sus miembros– puede ayudar a la sociedad venezolana a hallar la ruta que la conduzca a un mejor destino.

Por ello, como bien se enfatiza en el citado artículo, es necesario:

“… que cada habitante de esta nación reconozca la relevancia de la educación, la ciencia y la innovación, y realmente entienda el rol que estas podrían jugar en la construcción de una Venezuela de libertades plenas y pletórica de oportunidades, a fin de que se asuma con seriedad y como una verdadera necesidad su defensa, porque de lo contrario se favorecería la perpetuación de un régimen al que solo le importa su propio provecho, aun si esto implica la total destrucción del país”.

Y esa defensa se inicia con una firme oposición a cualquier maniobra orientada a debilitar los cimientos de las universidades democráticas y de las instituciones –como el IVIC– con una larga historia de aportes a la nación.

Nada más que agregar –por ahora–.

 

 

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

 

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.