• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Hablemos de investigación, desarrollo e innovación

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Son esos los pilares sobre los que las sociedades del mañana se están construyendo y, por tanto, constituyen en conjunto el actual eje de las políticas públicas de países y regiones en los que se ha entendido que lo único que puede garantizar la consecución de prosperidad y bienestar perdurables es el mantenimiento, en el contexto global, de altos niveles de competitividad.

En la Unión Europea, verbigracia, uno de los cinco objetivos prioritarios de la estrategia Europa 2020 es incrementar la inversión en investigación y desarrollo (I+D) vinculada a procesos de innovación hasta que la misma, hacia ese año, alcance 3% de todo el producto interno bruto (PIB) regional, principalmente a través de la creación de condiciones que promuevan una mayor inversión privada, como bien lo planteó en 2010 la Comisión Europea (http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriServ.do?uri=COM:2010:2020:FIN:ES:PDF)

Cierto es que de acuerdo con el balance de los resultados obtenidos en el transcurso de los cuatro años subsiguientes al lanzamiento de la mencionada estrategia –y publicados a principios de 2014 por aquel órgano ejecutivo de la Unión Europea (http://ec.europa.eu/europe2020/pdf/europe2020stocktaking_es.pdf)–, es probable que la inversión de la región en I+D solo alcance el 2,6% de su PIB en 2020; pero más que a la cuantía del gasto, a lo que verdaderamente se le está prestando atención es a su impacto.

De hecho, la cantidad y relevancia de la I+D en un país o región no depende únicamente de lo que en aquella se invierte, porque de ser esto así, no habría mermado la producción científica en Venezuela –como en efecto comenzó a suceder a partir de 2009– luego de que en 2007 –supuestamente– se destinara a ciencia y tecnología 2,69% del PIB nacional, tal y como lo demostró quien esta columna escribe en un trabajo publicado en el segundo número de 2012 de la Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura y como también lo hicieron otros investigadores –por ejemplo, el doctor Ismardo Bonalde–.

Sea lo que fuere, las actuales políticas de la Unión Europea son un buen reflejo de la importancia que el conocimiento y la innovación han adquirido en esta era global dados los grandes retos que, en prioritarias materias como la sanitaria y la energética, se deberán afrontar en las próximas décadas.

Pero además, esa importancia ha puesto de manifiesto las enormes dificultades que entraña su producción, desde las relacionadas con la integración de los actores de los sistemas de ciencia, tecnología e innovación hasta las que tienen que ver con los aspectos operativos tanto de la labor investigativa como de la producción de novedades y mejoras.

De esto último, por cierto, puede tenerse una clara idea con solo pensar en lo que implica la producción de un fármaco, ya que además de las diversas etapas de I+D que van desde la selección y síntesis de la molécula con potencial actividad terapéutica hasta el desarrollo preclínico –pasando por la etapa de preformulación en la que se caracterizan diversas propiedades del principio activo para el diseño de la forma farmacéutica más adecuada–, es necesario experimentar con el nuevo medicamento en seres humanos mediante la realización de una serie de ensayos clínicos que abarcan cuatro fases bien diferenciadas –las tres primeras para obtener datos sobre la farmacocinética, la eficacia y la seguridad del producto, y la fase IV, poscomercialización, para evaluar su uso en poblaciones abiertas–.

Lo revelador de este ejemplo, como se señala en el Tratado de Medicina Farmacéutica –publicado en 2010 por la Editorial Médica Panamericana–, es que solo una de cada 10.000 nuevas entidades químicas supera satisfactoriamente todas esas etapas y llega a ser comercializada, sin mencionar que el proceso de I+D que conduce a ello puede durar entre 10 y 15 años, y costar cerca de 800 millones de euros.

Quiere decir esto que largos, costosos y sistemáticos procesos como el arriba descrito han permitido obtener innovaciones como el acetaminofén; un medicamento que, sea dicho de paso, no podría ser sustituido por una “matica” que con aquel solo comparte el nombre, por lo que sugerencias que apunten en ese sentido, aparte de descabelladas e irresponsables, solo denotan un absoluto desconocimiento del rol desempeñado por la investigación, desarrollo e innovación en el mundo contemporáneo.

Y si hay algo que debe promoverse en la asolada Venezuela de hoy es precisamente el cabal entendimiento de ese rol, a fin de que pueda superarse la tergiversada y perjudicial noción de “innovación” que, por el arraigo de un pensamiento generador de propuestas como la de los “gallineros verticales” y un visceral rechazo a la intelectualidad y creatividad del país –o, al menos, a la orientada a su auténtico progreso–, dio al traste con las valiosas oportunidades que en los pasados tres lustros no le faltaron a la nación.

Otra sería la reciente historia patria si, a través de actividades de investigación, desarrollo e innovación de envergadura, tales oportunidades se hubiesen aprovechado.

@MiguelCardozoM