• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

Gran oportunidad, enorme reto

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A la oposición venezolana –incluidos aquellos que, luego de depositar su confianza en un proyecto que no supieron interpretar a tiempo, sienten el amargo sabor del engaño– se le presenta hoy una valiosísima oportunidad de cuyo adecuado aprovechamiento dependerá la definitiva superación del perverso modelo –y del pensamiento que aún subyace tras él– que ha provocado una crisis sin precedentes en dos siglos de historia republicana.

Pero esa oportunidad constituye también su más grande reto por cuanto se vislumbra apenas como una tenue luz en medio de la densa oscuridad en la que proliferan los mezquinos intereses, las peligrosas simulaciones y los maliciosos consejos, por lo que se impone la necesidad de actuar con sensatez para que la paranoia y la sospecha generalizada no impidan la articulación de los venezolanos decentes y talentosos que con anhelo esperan –o, más bien, esperamos– construir un país infinitamente mejor a este que no es ni la indefinida sombra de sus despojos.

Y es imprescindible, además, que los ciudadanos de bien de esta nación –que, al contrario de lo que quisieran algunos, pueden contarse por millones– sepan obrar con la integridad, la constancia y la claridad suficientes para no caer ni en las burdas emboscadas ni en las sutiles redes de quienes ven ante sí el estrepitoso fracaso de sus intentos de dominación y desesperadamente se aferran a vacuas esperanzas.

De esa forma, el aprovechamiento de tal oportunidad, que no es otra que la posibilidad de una verdadera gran unidad –una unidad poderosamente atrayente y ampliamente incluyente–, podría proporcionar a la sociedad civil organizada la capacidad de presión necesaria para que de manera pacífica y constitucional impela la urgente tarea de recomponer las viciadas instituciones del Estado.

Por supuesto, a estas alturas abunda el escepticismo sobre la efectividad de esa presión ciudadana, pero una mirada atenta a los más recientes eventos podría disipar cualquier duda al respecto dado que son evidentes los logros cosechados gracias a la protesta cívica y al incremento de la madurez política de una oposición decidida a restablecer el Estado de Derecho; madurez que, por cierto, le ha permitido identificar y rechazar fórmulas que de manera encubierta contravienen sus principios democráticos.

Sí, porque aunque por ensoberbecimiento a algunos les cueste creerlo, ya la oposición ni pisa peines ni presta oídos a cantos de sirenas de ruines colaboracionistas que, como la hiedra venenosa, trepan en todos los ámbitos y subrepticiamente esparcen su ponzoña.

En todo caso, el masivo rechazo a un modelo que ha deteriorado de modo significativo la calidad de vida del pueblo venezolano, la comprobada irreductibilidad de la protesta pacífica liderada por la juventud y el (auto)desenmascaramiento del régimen ante la opinión pública nacional e internacional, junto con la clara demostración –a través de las aplastantes victorias de Rosa de Scarano y de Patricia de Ceballos– de que a mayor participación de la oposición en un proceso comicial, menor el margen para turbias maniobras, han creado las condiciones propicias para que la unidad democrática sea redefinida y ampliada, en aras de que pueda transitarse exitosamente el arduo camino hacia la libertad.

Ante esa perspectiva cobra especial relevancia la exhortación a que –con conciencia del momento histórico y profundo amor patrio– se evite a toda costa incurrir en errores que se traducirían en un alto costo tanto para la actual como para las futuras generaciones. O, en otras palabras, a no sucumbir a la tentación de anteponer agendas particulares a los intereses del país, sirviéndoselo en bandeja de plata a quienes con insaciable apetito pretenden seguir devorándolo –y que no se dude de que lo harán hasta que de él no quede más que los buenos recuerdos de tiempos remotos–.

La gran oportunidad está a la vista. Tan solo hace falta estar a la altura del enorme reto que hoy se plantea.