• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Espectros de la injusticia

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El que va tras la justicia […] encontrará vida, justicia y honor. (Prov. 21:21)

 

Los pueblos, por lo menos en esta era de progresiva expansión de libertades, no han dudado en censurar a los que en algún momento se han mostrado afines a regímenes abiertamente contrarios a la esencia emancipadora de la humanidad, dependiendo la severidad de tal reprobación de aspectos como la relevancia social del vituperado, su grado de vinculación con los opresores y la lesividad de sus acciones derivadas del trato con estos.

Casos emblemáticos se cuentan por miles, como el de mademoiselle Coco Chanel, a quien sus conciudadanos franceses –así como los demócratas y defensores de los derechos humanos de todo el orbe– nunca miraron con los mismos ojos luego de que, años después, salieran a la luz detalles de sus supuestas actividades clandestinas tanto al servicio de la Abwehr, la agencia de inteligencia militar nazi comandada por Canaris durante la Segunda Guerra Mundial, como al de las Schutzstaffel, las inefables SS; o el del duque de Windsor, jamás perdonado por haber colaborado con la Alemania nacionalsocialista durante el mencionado conflicto bélico, traicionando así a una sociedad que se había mostrado con él indulgente cuando, tres años antes de iniciado el mismo, decidió –“por amor”– abdicar al trono inglés a favor de su hermano Jorge, el padre de la futura Isabel II.

En fin, se trata de una muy abigarrada lista en la que se pueden hallar nombres de intelectuales, científicos, empresarios, artistas, deportistas y muchas otras figuras criticadas, en mayor o menor grado, por diversas razones que van desde una simple simpatía –aunque en algunos casos solo inicial– hacia movimientos políticos devenidos en totalitarismos –para los que, al menos en la última centuria, se han empleado eufemismos como “dictaduras de izquierda” o “dictaduras de derecha” sin que en realidad se diferencien unos de otros–, hasta una condenable complicidad, bien por la pública aprobación de las tropelías e inenarrables crímenes de los opresores, bien por algún tipo de participación en estos.

Cuando ha sido ese el caso, además del juicio de la opinión pública global se han llegado a activar mecanismos legales para imponer las penas que amerita lo que a todas luces es un vil proceder –indistintamente si deriva de unas determinadas convicciones o de meros intereses–, por lo que si la auténtica justicia se ha mostrado siempre presta a sancionar a individuos de esa calaña, ¿cuánto más implacable no debe ser con aquellos que, teniendo la sagrada responsabilidad de participar en su administración, utilizan sus privilegiadas posiciones para perjudicar a los inocentes que se oponen a los crudelísimos designios de los tiranos con ellos coaligados?

No sorprende, por tanto, que en el mundo libre se trate con particular dureza a quienes, en la procura de lo que consideran su propio “beneficio” y sin siquiera detenerse a pensar en lo que podrían acarrearles sus actuaciones una vez derrumbados los cimientos que sustentan su poder, hacen de las leyes e instituciones judiciales instrumentos de amedrentamiento y represión que emplean ora con ciego furor y mórbido deleite, ora con nauseabunda sumisión, empantanándose con ello en un fango de indecencia y criminalidad del que es imposible emerger sin indelebles máculas.

Con todo, aunque tarde o temprano la justicia internacional acabe por alcanzar a quienes intentan torcerla, es inquietante que ya bien entrado el siglo XXI todavía se atente contra aquella de formas que ese mismo mundo creía superadas y que, por ende, eran con impasibilidad contempladas en la gélida vitrina de la historia.

Quizás por esa impasibilidad es que han proliferado personajes que hoy lucen como siniestros espectros de figuras del pasado, tales como Freisler, aquel infame juez y presidente del Volksgerichtshof, el Tribunal del Pueblo del Tercer Reich, y artífice de innumerables atrocidades como las sentencias a muerte por decapitación en la guillotina de los miembros de la Rosa Blanca –por la sola elaboración y difusión de una serie de manifiestos en contra del régimen nazi–, o como Vishinsky, el inmisericorde fiscal soviético que durante el período de la Gran Purga ordenada por Stalin procesó y logró que se ejecutara o se enviara a campos de trabajos forzados –que a menudo era como lo primero– a muchos adversarios políticos de este, acusados de estar involucrados en una supuesta conspiración de dimensiones tan colosales que por miles se contaron en esos años los cargos de intento de magnicidio, sabotaje, espionaje y hasta de algo así como “terrorismo económico” –lo que si a algún lector resulta familiar, no es pura coincidencia–.

Dios nos ayude.

 

@MiguelCardozoM