• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

Crónica enfermedad del sistema de salud venezolano

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En los últimos meses, como si de una novedad se tratase, la atención se ha ido centrando en la crisis del sistema nacional de salud, la cual no sorprende a los que –como quien les escribe– han dedicado parte de sus esfuerzos a estudiarla y a promover el desarrollo de alternativas para su resolución, principalmente en los espacios académicos dentro de los que ayudan a formar gerentes que, junto con ellos, deberían ocupar posiciones de toma de decisiones estratégicas en aquel, sin que esto haya sido posible en época reciente ni probablemente lo sea en el mediano plazo; y quizás –Dios tenga misericordia–, ni siquiera en más tiempo.

No obstante, lo que sí causa verdadero estupor es que el franco deterioro que ha sufrido todo el sistema sanitario venezolano en los últimos años no haya sacudido a tiempo la conciencia de toda la población, destinataria, a fin de cuentas, de los servicios que cada vez con mayores dificultades –pero con la misma vocación y entrega– siempre han prestado profesionales venezolanos formados en universidades con una larga trayectoria en el país, arriesgando incluso su vida en las instalaciones de grandes y pequeños centros asistenciales sin cejar en su empeño de dar respuestas a los múltiples y crecientes problemas de salud de la colectividad.

Muchos –aunque intuyéndolo– se preguntarán cómo fue que sobrevino el colapso luego de que por largo tiempo se proclamara que Barrio Adentro era un milagro sin precedentes en la historia universal de la atención sanitaria. La respuesta, simple: la creación de esa “misión” solo agravó un problema de larga data al incrementar la fragmentación del sistema –extraordinariamente retratada en los documentos del Proyecto Pobreza liderado por la Universidad Católica Andrés Bello–, que ya antes de aquella contaba con tres subsistemas formalmente establecidos –el público, el de la seguridad social y el privado– y con todo un conjunto de servicios de salud mantenidos en paralelo por organismos y empresas del Estado, gobernaciones, alcaldías, universidades, institutos de previsión y otros actores.

Tal proliferación, lejos de traducirse en una mejora del sector, solo condujo a que no se ejerciera suficiente presión sobre los tres subsistemas formales –principalmente a nivel de la red de atención pública y sobre el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales– para que en ellos se emprendieran acciones orientadas al logro de prácticas eficientes; prácticas que junto a intervenciones eficaces constituyen uno de los requisitos fundamentales para el logro de una calidad sostenida y de una amplia cobertura de los servicios de salud, lo que por demás no es una idea nueva en el área de la gestión sanitaria si se considera que las conocidísimas recomendaciones proporcionadas por Archibald Cochrane a principios de la década de los setenta del siglo XX, como resultado de la evaluación del sistema de salud británico, no solo sirvieron para robustecerlo sino que posteriormente dieron lugar a múltiples iniciativas de alcance global, sin que al parecer ninguna llamase la atención de políticos y gerentes del sector en Venezuela.

Y ya el lector adivinará que con la incorporación de Barrio Adentro solo se precipitó el desastre, sobre todo luego de que por intereses políticos se tomara una de las peores decisiones en la larga historia de la salud pública nacional: nada menos que la importación de personal cubano, carente de importantes competencias desarrolladas y fortalecidas durante décadas por los profesionales venezolanos, siempre a la vanguardia de los avances científicos y tecnológicos en las innumerables disciplinas que componen el extenso campo de las ciencias de la salud.

Pero no conformes con esto, los mismos que avalaron ese intrusismo al comprar las bien compuestas ficciones de la isla caribeña, optaron sencillamente por mirar en otra dirección cuando se percataron de que esos bien formados profesionales de la salud venezolanos –muchos de ellos jóvenes con títulos de posgrado –emigraban masivamente buscando en otras latitudes la consideración, el respeto y las oportunidades que su nación no les ofrecía; y por supuesto, qué país no querría abrirle las puertas de par en par a un talento en el que no necesita invertir y que puede integrar casi de inmediato su fuerza laboral especializada dentro de uno de los sectores que más gastos genera.

Lo más lamentable es que ante tales eventos aquellos irresponsables funcionarios no fueron los únicos en apartar la mirada, permitiéndose así la materialización de lo vislumbrado y advertido por algunos –sin necesidad, por cierto, de grandes esfuerzos de análisis prospectivo–: de un lado, el colapso de los subsistemas público y contributivo por insuficiente personal calificado, falta de insumos y deterioro generalizado de equipos e infraestructura; y del otro, la merma progresiva de la capacidad de las clínicas privadas para cubrir las urgentes demandas de salud de la población –ahora agravada, entre otras cosas, por un menor acceso a las divisas–.

A esto se ha tenido que llegar para que ahora sean muy pocos los venezolanos que apartan la mirada ante la crónica enfermedad de su sistema sanitario.