• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

Crisis, crisis y más crisis

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Sí, concierne a todos.
Así es; por eso hay que opinar y actuar para evitar una “desprofesionalización” del periodismo que facilite la labor tergiversadora de la información a favor de los intereses de los sátrapas de turno.

Ya basta de actitudes hipócritas y absurdos argumentos con los que se pretende justificar la inacción, como aquel que reduce el problema a un asunto de carácter estrictamente gremial; argumento que, lejos de ser válido, no es más que otro de los tantos efugios con los que muchos intentan mantenerse en eso que llaman “zona de confort”.

Lo que está en juego no es una carrera universitaria, sino el derecho de cada venezolano al acceso a información oportuna y veraz; derecho cuyo ejercicio depende de la disponibilidad de esa información, para lo que a su vez se requiere de profesionales con competencias que permitan su búsqueda, adecuado tratamiento y difusión.

La complejidad de esto no debe ser desestimada –como así desean quienes se empeñan en que el país transite hacia una conveniente era de desinformación–, porque el desarrollo y fortalecimiento de tales competencias, como ocurre en todas las áreas, solo es posible mediante una sólida formación y una dedicada práctica profesional.

Y más allá de esto, que no se olvide que la actual situación de la nación es consecuencia, entre otras cosas, del abandono de individuos y grupos a su suerte, bajo la falsa premisa de que lo que a ellos afecta no compromete el bienestar de toda la sociedad.

La razón del pueblo y la geométrica barbarie del poder socialista.
En estos turbulentos tiempos, vivir en Venezuela se ha convertido en un constante desafío a la razón, ya que cada dos por tres se emprenden acciones que van en contra de toda lógica –o al menos, en contra de la lógica del desarrollo humano–, aunque tales dislates no son resultado del azar o la improvisación –como algunos aún insisten en creer–, sino medios para un fin: el afianzamiento y la perpetuación de la plutocracia que ha prosperado gracias al nefasto socialismo del siglo XXI.

El que funcionarios o personas vinculadas al régimen, por ejemplo, aseguren con desfachatez y sorna –surgidas de sus malas entrañas– que el cacareado sistema biométrico para el control del “abastecimiento” no solo será beneficioso para el pueblo sino que lo colocará un peldaño más arriba en la empinada escalera del progreso, es –además de un despropósito– un claro intento por forjar una “realidad” en el imaginario colectivo que en futuras miradas retrospectivas, a través de un deformado cristal, haga lucir a los portadores de miseria como salvadores de la patria.

Claro que los euclidianos geómetras del poder socialista están lejos de acertar en sus cálculos, dado que para el logro de una mistificación de esa naturaleza se requiere de mucho más que la burda imitación de prácticas goebbelianas desde el aparato comunicacional hegemónico.

De hecho, la efectiva imposición de una suerte de creíble “historia” contada por los vencedores –si es que llegaren a vencer los violadores de derechos humanos del siglo XXI– solo podría ser posible mediante un “formateo” de la memoria de decenas de millones de venezolanos; un formateo que no deje rastro del hambre, de las expoliaciones, de las torturas o de la pérdida de seres queridos a manos de la delincuencia o a causa de un sistema de salud en ruinas.

Si no pudieron los tiranos del mundo del siglo XX imponer “historias” perdurables, mucho menos podrán hacerlo quienes en el nuevo siglo carecen de la motricidad fina política necesaria para colocar una pieza sobre otra sin que ambas colapsen.

Y entre la razón y la barbarie, la crisis.
A estas alturas de los acontecimientos, “crisis” no es ya un vago término empleado para referirse a la debacle del país, sino un estado emocional que minuto a minuto se agrava al afrontarse las labores cotidianas.

Es así que los trabajadores de los distintos sectores e industrias nacionales –o al menos de los que todavía quedan en pie– están en crisis, por cuanto no cuentan con los recursos mínimos para llevar a cabo sus actividades y satisfacer las enormes demandas de la sociedad venezolana.

Los estudiantes también están en crisis, porque además de no poder enfocarse plenamente en su proceso de enseñanza-aprendizaje –al verse obligados a sobrevivir en un medio hostil–, no están recibiendo una educación de calidad dadas las múltiples carencias de escuelas y universidades –tales como escasez de insumos y personal, y deterioro de equipos e infraestructuras–.

Pero lo que verdaderamente parte el alma es que nuestras madres están en crisis, ya que pese a la fortaleza que las caracteriza, se les hace cada vez más difícil sobreponerse tanto al generalizado desabastecimiento como al creciente costo de los pocos productos que con inenarrable esfuerzo logran conseguir.

Sin embargo, somos afortunados de tener madres que nos alientan e impulsan a través de su ejemplo de lucha y tenacidad, y de su enorme ascendiente moral.

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.
** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

@MiguelCardozoM