• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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A César lo que es de César y a Francisco…

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A César

Sí, a César, César Miguel, el Rondón para más señas –de quien este servidor espera indulgencia por las atrevidas familiaridades–, es inconmensurable el respeto y el aprecio que le corresponden como merecida retribución por sus muchos años de positivos aportes al país y a la humanidad, lo que lejos está de ser una exageración si se toman en cuenta sus importantes contribuciones en los ámbitos cultural y científico.

Verbigracia, El libro de la salsa –incluyendo su respectiva edición en inglés, The book of salsa: a chronicle of urban music from the Caribbean to New York City, publicada en 2008 por The University of North Carolina Press e incluida en catálogos tan prestigiosos como el de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos– constituye una trascendental obra que se ha consolidado a nivel mundial como una de las piedras angulares que desde hace ya algunos años ha venido fundamentando rigurosos estudios académicos sobre ese género, a tal punto que solo en Google Scholar acumula más de una centena de citaciones en libros, artículos en revistas arbitradas de alto impacto y otros relevantes documentos.

Sea lo que fuere, no cabe duda de que César Miguel Rondón es uno de esos venezolanos que representan aquello bueno de la nación que ha ido quedando sumergido bajo el ominoso pantano en el que a la otrora tierra de gracia transformó el incesante diluvio de inmundicias y atrocidades de estos casi 17 años, por lo que no deja de indignar el que, como él mismo señaló en su sentido y memorable editorial del pasado 25 de septiembre (http://www.cesarmiguelrondon.com/opinion-2/editoriales/una-pequena-historia), haya “que aclarar lo que está claro”.

Y es indignante porque tras el injurioso y –por tanto– execrable comunicado de Conatel subyace el intento de promover nuevos odios que disgreguen a una sociedad a la que, pese a todas sus divergencias, une hoy un propósito común: acabar con una despiadada tiranía que de la pujante Venezuela de otros tiempos solo ha dejado unos despojos cuya visión está alentando, en los que en otras circunstancias no lo hubiesen siquiera pensado –como, por ejemplo, Guyana–, el acometimiento de acciones que van en detrimento de los intereses del país.

Se trata esa nueva infamia, en resumidas cuentas, de otro malsano experimento iniciado luego de que la cúpula opresora se convenciera de la imposibilidad de promover su tan apetecida –y fratricida– lucha de “clases” –dada la inexistencia de estas por encontrarse la nación completamente hundida en la más abyecta pobreza– y con el que, por conducto de la excitación de una xenofobia que muy ajena es al sentir del grueso de un pueblo que con afabilidad siempre le ha tendido la mano al extranjero, pretende ahora –aunque en vano– suscitar un seudonacionalismo que desate pugnas entre “defensores” del país y “traidores” a este, recurriendo para ello, entre otras maniobras, a una vil tergiversación de la letra constitucional para convertir en blanco de una inquina camuflada de “amor” patrio a quienes, además de ser considerados enemigos políticos por tan podrida cúpula, sí pueden llamarse orgullosamente venezolanos, más por entrega a esta tierra que por nacimiento –ambas cosas en el caso de César Miguel Rondón–.

Pero ese, como tantos intentos anteriores, es ya un estrepitoso fracaso.

Y a Francisco

A su santidad corresponde una justa reivindicación dados los elevados fines que él persigue –y está alcanzando– con su muy inteligente aunque a menudo malentendido accionar político, cuya efectividad deriva de una postura que, alejada de corrientes que propugnan la infalibilidad de los romanos pontífices, su supremacía como reyes de reyes de la cristiandad y su beligerancia como jefes del Estado Vaticano, traduce de un modo diáfano lo que el más importante de sus títulos expresamente indica pero pocos entienden: la del siervo de los siervos de Dios.

Le corresponde más aún por la absurdidad con la que se le acusa de ser ora un taimado comunista, ora un instrumento al servicio de los oscuros intereses de grupos con enorme poder político y económico, cuando en realidad está fracturando los cimientos de añejos totalitarismos mientras a la par de ello promueve una mayor concientización sobre problemas y riesgos globales, y traza una ruta común para la lucha en pro de su resolución o prevención, de lo que es elocuente ejemplo su encíclica Laudato si.

La reciente visita apostólica a Cuba y Estados Unidos despeja definitivamente cualquier duda al respecto ya que tal periplo ha constituido el colofón de la implementación de una nueva estrategia con la que se desea asegurar la liberación de la región, a medio/largo plazo, de las rémoras ideológicas que la han sumido en un vergonzoso atraso, siendo clave en ello la “normalización” de las relaciones de esos dos países a fin de echar por tierra los antiquísimos argumentos con los que en América Latina se han justificado todo tipo de despropósitos y violaciones de los derechos fundamentales de sus pueblos.

Nadie puede perder de vista que, ante la lamentable claudicación de la sociedad cubana, no convendría en nada la aniquilación de la dictadura castrista por la fuerza –militar– de agentes externos ya que con tal intervención se resucitarían en la región los fantasmas de un “antiimperialismo” que solo favorecería las agendas de opresoras “izquierdas”.

El castrismo tiene sus días contados y, por esto mismo, también las satrapías que, cuan perversos satélites de su vetusta y cruel tiranía, han asolado buena parte de América Latina, por lo que no será poco lo que habrá que agradecer en el futuro a su santidad.