• Caracas (Venezuela)

Maximiliano Tomas

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Maximiliano Tomas

La revolución es un sueño eterno

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Hace pocos días una de esas tormentas tropicales que caen cada tanto sobre Buenos Aires me encontró dentro de un colectivo. Hacía mucho calor, las ventanillas estaban cerradas y en cada parada subían algunas personas más. La formación se fue llenando. Estábamos tan cerca uno del otro que no pude ignorar la furia con que la mujer que tenía a mi lado tecleaba en su teléfono celular. Pasaron dos, tres paradas, y ella seguía escribiendo, envuelta en un profundo silencio. En cierto momento, sin ninguna dificultad, pude ver lo que escribía. Era un mensaje repleto de consonantes repetidas y signos de exclamación, en el que compartía su callada indignación con sus contactos de Twitter: "¡¿Vas a seguir subiendo pasajeros, animal?! ¿No ves el calor que hace y que ya está lleno?". Revisó el mensaje una o dos veces, retocó la frase y apretó el botón de enviar. Luego, chequeó la publicación y sonrió brevemente. Bajó el teléfono. Al parecer, se había desfogado. Ahora podía seguir sufriendo en silencio.

La situación me resultó tan absurda (¿por qué no hablarle directamente al chofer, que estaba a apenas dos metros? ¿Qué podían hacer sus contactos para ayudarla?) que estuve tentado de preguntarle por qué lo había hecho. Me bajé del colectivo y caminé algunas cuadras pensando en aquella furia sublimada a través de las redes sociales. Y recordé otros dos hechos, protagonizados por personas que conozco y aprecio, y que habían tenido una reacción similar, aunque frente a situaciones poco frecuentes. Los casos son conocidos y saltaron del micromundo de Twitter al macrouniverso de la televisión abierta, así que no hace falta dar detalles.

En las sociedades capitalistas occidentales, las redes sociales han encontrado casi siempre otros destinos: publicidad abierta o encubierta, placebo afectivo, espacio de catarsis o foro de violentas agresiones verbales

Primer caso: al final de un día muy agitado, una chica toma un taxi y descubre, a la mitad del viaje, que el chofer es su padre, al que no ve desde hace treinta años. Durante el trayecto no puede dirigirle la palabra. Cuando llega a destino, paga y se baja. A los pocos minutos, comparte en Twitter la historia, que se viraliza y es emitida por la televisión y publicada por los diarios. Segundo caso: al volver del trabajo a su casa, un hombre se topa con un intento de linchamiento a un ladrón en plena Ciudad de Buenos Aires. En lugar de tomar partido decide mantenerse al margen, observando la situación con angustia, mientras relata en directo por las redes sociales lo que sucede e intenta extraer algunas conclusiones. Los diarios y los noticieros se hacen eco de la historia durante todo el día siguiente. En el primer caso, lo que llamó la atención del público fue, al parecer, la casualidad y la potencia de un relato de destinos cruzados. En el segundo, el nivel de violencia de la sociedad contemporánea y la brutalidad que aflora en el momento menos pensado y a la vista de todos. Pero no recuerdo haber leído nada acerca de las razones por las que los protagonistas de estas historias, al igual que aquella chica del colectivo, se sintieron impulsados a mediatizar su reacción en lugar de manifestarla, como se hubiera hecho hasta hace poco tiempo, en el marco de la realidad inmediata.

Los avances tecnológicos no habilitan juicios de valor: una plataforma de publicación puede ser utilizada, de manera indistinta, con fines nobles o pusilánimes (otra cosa es ignorar que detrás de la información que los usuarios proveen a compañías como Facebook, Twitter o Google existe un negocio de miles de millones de dólares. Acaba de publicarse una novela que imagina hasta dónde llegarán las empresas en su afán de descubrir y anticipar hábitos de consumo y potenciales clientes: se llama El recurso humano, está firmada por Nicolás Mavrakis y da un poco de miedo). Pero hace algunos años quedó demostrado que en sociedades y culturas de desarrollo tardío, la tecnología conserva su cuota de poder utópico, y la potencialidad de las redes sociales no tiene límite. El valor de uso de Facebook y Twitter se reveló por completo en el derrocamiento de los gobiernos autoritarios de Hosni Mubarak en Egipto o Zine El Abidine Ben Ali en Túnez. En las sociedades capitalistas occidentales, en cambio, las redes sociales han encontrado casi siempre otros destinos: publicidad abierta o encubierta, placebo afectivo, espacio de catarsis o foro de violentas agresiones verbales. También pueden utilizarse, como lo hizo aquella chica del colectivo, para esquivar una reacción que debiera haber tenido lugar en la esfera pública: un avatar que evita la incomodidad de la interacción social o el pasaje al acto. Un uso privado, anodino y bastante triste, que en lugar de cambiar nada suele dejar las cosas tal cual son. ¿Eso es todo lo que podemos extraer de lo que Internet tiene para ofrecernos?