• Caracas (Venezuela)

Maximiliano Tomas

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Maximiliano Tomas

Por una literatura que genere nuevos lectores

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En literatura no existen cánones perdurables y la última moda siempre se transformará en la más vieja: a todo autor, por más exitoso que le guste pensarse, le llegará la hora de ser negado tres veces y crucificado. En su última columna, el crítico español Ignacio Echevarría cita al crítico inglés Frank Kermode, que en su momento hizo el experimento de leer de nuevo El guardián entre el centeno, la novela de J.D. Salinger alabada por generaciones de lectores. Kermode no solo le descubrió las costuras al libro, sino que su decepción dejó paso a una incomodidad intelectual mayor: para él se trataba de una novela concebida para satisfacer los gustos de un nuevo tipo de consumidor de cultura, nacido y criado en el siglo XX. Algo que podría llamarse "lector corriente", no muy culto ni sofisticado, pero al que le interesaría pasar por las dos cosas. Un lector para el cual (suponemos, siguiendo su razonamiento) las editoriales inventaron la categoría de "literatura de calidad". Para Kermode, Salinger sería uno de los más exitosos representantes del género, y nosotros no podemos dejar de evocar nombres como los de Paul Auster, Haruki Murakami, Patrick Süskind o Alessandro Baricco (y los de nueve de cada diez escritores argentinos contemporáneos, sobre todo si escriben novelas de género o ganaron importantes premios literarios).

¿Pero qué sería lo que diferencia a la "literatura de calidad" de la literatura a secas, si es que algo así existe? Echevarría escribe que a la primera se le puede adivinar la fecha de vencimiento pero a la segunda no. Que mientras una se muestra "a favor del lector" la otra buscaría "confrontarlo tanto a él como a su tiempo". Una oposición, en fin, entre una literatura "que trata de conmover al lector y otra que trata de moverlo de su lugar, arrancarlo de su autosatisfacción".
Se ha dicho una y mil veces y de diferentes maneras: existe una literatura que busca ser consumida como entretenimiento (desde la más auténticamente comercial, que no disfraza sus intenciones, a la mala fe de la "literatura de calidad") y reafirma al lector en sus creencias y expectativas. Y hay otra (o sería más preciso decir "otras") que demanda del lector una dedicación y una atención completa, y que así y todo no asegura ninguna recompensa, aunque pueda deparar momentos de disfrute (como oposición al mero placer).

Se trata, por supuesto, de una literatura que no suele convocar la atención de los grandes sellos editoriales ni para la cual se destinan importantes presupuestos de marketing o publicidad. Sus autores no aparecen en las revistas de actualidad ni van a la televisión ni firman ejemplares durante horas en la Feria del Libro. Se trata, sobre todo, de una literatura que no tiene lectores, o para la cual no existen aún: una literatura que tiene el desafío y la responsabilidad de crear sus propios lectores. Y sin embargo, y afortunadamente, escritores así surgen todo el tiempo (en la Argentina podemos mencionar a J.P. Zooey, Ramiro Quintana, Leonardo Sabbatella, Roque Larraquy, Iosi Havilio o Matías Alinovi, entre otros), y sus libros, que se internan en poéticas y territorios poco transitados, son los que renuevan y vigorizan la tradición literaria local.

A esta lista podríamos agregar el nombre de una autora que nació en Buenos Aires en 1977 pero que vive desde hace algunos años en Francia: Ariana Harwicz ya había llamado la atención de la crítica con su primer libro, Matate amor (2012), pero su apuesta narrativa se vuelve más extrema en La débil mental, su segunda novela. Una de las virtudes de este tipo de literatura es la resistencia a la categorización, así que no perderemos el tiempo. No es tanto lo que pasa lo que importa (cómo glosar una trama sin banalizarla) sino la intensidad de lo que sucede. Se puede afirmar, eso sí, que pocas veces la relación entre madre e hija se ha visto tratada de la manera en que lo hace La débil mental. Y que Harwicz logra, en apenas cien páginas de un poder narrativo hipnótico, exponer al amor y a la pasión sexual sin máscaras: el enamorado como un peligroso monomaníaco, atrapado en toda su irresistible y salvaje estupidez.