• Caracas (Venezuela)

Maximiliano Tomas

Al instante

Maximiliano Tomas

El derecho (y el deber) de hablar mal de los libros malos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ahora que el delito prescribió, puedo contar cuáles eran algunas de las reglas que teníamos en el suplemento cultural que me tocó dirigir durante ocho años. Por ejemplo: la tapa la elegíamos de acuerdo con una sola razón (nuestro gusto como lectores) y en relación con un sentido de la oportunidad (ediciones, reediciones, conmemoraciones, efemérides). Teníamos en claro que no era para cualquiera: la tapa había que merecerla. Pero al mismo tiempo, y a diferencia de lo que pasaba en otros lugares, no existían las listas negras. Todo aquel que tuviera algo interesante para decir, no ejerciera conservadurismo estético alguno y demostrara no ser un agente de la industria editorial, tenía un espacio en aquellas páginas. La publicidad encubierta estaba prohibida: no aceptábamos presiones o sugerencias para publicar notas sobre novedades editoriales, ni de jefes ni de anunciantes. La restricción empezaba por nosotros: no publicábamos notas sobre la obra de los miembros del suplemento, o de los escritores y críticos que colaboraran seguido en él. Tampoco influíamos ni editábamos los artículos de nuestros columnistas. Finalmente, estaba el tema de las reseñas bibliográficas. Tratábamos de ser abiertos en la selección de los nombres que firmaran en esas páginas, y de promover las críticas que pusieran en juego ideas y conceptos, en detrimento de las que glosaban la trama de los libros.

Deseábamos (aunque no siempre lo lográramos) incentivar la crítica literaria y no el reseñismo profesional. Les dábamos un espacio mayor a las editoriales pequeñas, y no respetábamos ningún prestigio. El libro y el autor debían defenderse por sí solos. Si el libro era malo, la reseña iba a ser negativa. Solo teníamos cierta tolerancia cuando se trataba del primer libro de un autor joven y hasta entonces inédito. Pero si el que había editado una novela floja era un autor consagrado, y sobre todo si era un consagrado, había que ser implacable.

Nada que llame demasiado la atención, ¿no? Sin embargo, pocos espacios de la prensa literaria funcionan de acuerdo con estos parámetros. Y los sitios web y los blogs no vinieron a modificar radicalmente las cosas. Internet no se transformó en esa plataforma de crítica libertaria que muchos esperaban, sino muchas veces en su reverso: un terreno donde se democratizó la indulgencia. Así las cosas, según recuerda Ignacio Echevarría en una de sus últimas columnas , el crítico Lee Siegel, del New Yorker, anunció que ya no iba a escribir artículos negativos. Y un colega suyo, Isaac Fitzgerald, flamante responsable de libros de BuzzFeed, anunció que solo iba a estar de acuerdo en publicar reseñas favorables.

Unos, porque creen que la crítica en contra es una pérdida de tiempo o de espacio. Otros, porque están convencidos de que la comunidad de lectores en Internet debe ser respetuosa y constituirse en un lugar "positivo". Lo cierto es que estas opiniones reavivaron una vieja discusión (disfrazada de pregunta con trampa: ¿para qué sirven las críticas negativas?) que se extendió a través de la cada vez más exigua crítica literaria estadounidense. Y a la que Echevarría, al que si un adjetivo no le cabe es el de benevolente, sumó su posición: "La crítica no es tanto un arte de la comprensión como un arte de la respuesta. Presupone un diálogo, y eso excluye de partida la adoración y la condescendencia".

Pensar a la crítica (literaria, teatral, musical, cinematográfica, social) como una manifestación a favor o en contra de algo es, por decir lo menos, simplificar demasiado las cosas. Pero en lo que respecta a los libros, hay algo evidente: los comentarios a favor siempre están más cerca de la publicidad que del ejercicio del pensamiento. Las críticas positivas serán casi siempre sospechosas. ¿Las negativas no? Tal vez, pero en ellas el autor arriesga más. Elogiar un libro es relativamente fácil (y es por eso, entre otras cosas, que las reseñas positivas abundan y las negativas escasean). Hay una lista de adjetivos aplicables a cualquier prosa, a cualquier historia, a cualquier apuesta formal: se pueden leer todas las semanas en las páginas de la prensa cultural. Pero para hablar en contra de un libro, y al mismo tiempo ser creíble y convincente, hace falta poner en juego argumentos, y defenderlos con palabras y con ideas.

La crítica literaria negativa tiene muchas otras ventajas: sirve como brújula en una industria desbocada de novedades como lo es la del libro, atiza discusiones y polémicas sobre obras y autores, trabaja el ego de los escritores y los obliga a ser menos condescendientes con sí mismos y con los lectores. Pero en aquel suplemento literario preferíamos, sobre todo, otro tipo de crítica: esa que aunque no dejara del todo claro si el libro era bueno o malo (finalmente, toda valoración es subjetiva y depende de múltiples factores) nos empujaba a pensar en algo a lo que hasta entonces no le habíamos prestado la debida atención.