• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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El triunfo de la muerte

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“Yo creo que el común denominador del universo no es la armonía,

sino el caos, la hostilidad y el asesinato”

Werner Herzog


El triunfo de la muerte es un cuadro de Brueghel, que también inspira el nombre de una novela de Gabriele D’Annunzio, así como el prólogo-primer capítulo de Submundo, obra del escritor estadounidense Don DeLillo. El título de estas obras me parece sugestivo porque señala una relación entre arte y muerte, entre la vida que llevamos y su aparente estabilidad, hasta que irrumpe la muerte en escena, sin importar origen ni jerarquía, la muerte igualadora de hombres. De una forma u otra, por alusión, cada una de estas obras cargó con el título en su respectivo contexto.

El tema de la muerte estaba muy arraigado en la cultura medieval. Temas como el reflejado en La danza de la muerte (Miraguano Ediciones), un códice encontrado en El Escorial, en España, donde se relata en verso la invitación de la Muerte a todas las castas de la sociedad a unirse a su danza.

El cuadro de Brueghel es un golpe a los sentidos. Macabro y oscuro, las imágenes producen una sensación de pesadilla y apocalipsis. En el lado derecho de la obra aparecen las hordas, los ejércitos de la muerte que intervienen para arrasar el mundo de los vivos. Uno de los vivos desenvaina una espada en vano, pues las huestes de la muerte son mayoría y ya están en control, ejecutan a los vivos y cometen atrocidades. Cual visión de Atila con sus demonios a caballo arrasando los Campos Cataláunicos o Gilles de Rais ejerciendo masacres en nombre de Juana de Arco.

La muerte ha tomado posesión del cuadro y muy posiblemente del espectador, que presumiblemente estará bajo el hechizo del miedo de los vivos próximos a ser eliminados. Sobre un caballo raquítico, un esqueleto alza una hoz. Hacia la izquierda de la pintura, en un estrado, un senado de esqueletos vestidos con togas blancas se ubica imponente y tres de ellos tocan trompetas. Los muertos, las calaveras, arrastran a los vivos hacia un gran ataúd. Arriba de este ataúd un esqueleto toca unos tambores.

En la novela de Gabriele D’Annunzio el clímax que contrasta la vida con la muerte, además de la actitud vitalista del protagonista en contraste con la cadavérica figura de su amada y su vientre estéril, es cuando se suceden dos pasajes de rituales religiosos contiguos y prácticamente mezclados entre sí. Los rituales de celebración cristianos son horribles en la voz del narrador, con millares de indigentes, enfermos y leprosos, así como las manifestaciones de mendicidad más sinvergüenzas y opresivas. El lector pasa a estar en la perplejidad con el narrador-protagonista, ante el horror de aquellas festividades que parecen celebrar la enfermedad y lo cercano a la muerte. El contraste llega cuando el narrador es partícipe de los rituales ancestrales de las campiñas italianas, de remotos tiempos romanos y aún más allá en los confines de las celebraciones de la Tierra, en donde la narración pasa de un paisaje gris a uno soleado, de uno de leprosos y enfermos a uno de jóvenes musculosos y jóvenes hermosas de cuerpos bien tallados, en armonía con la vida y la naturaleza. Allí la frontera entre la vida y la muerte, entre el protagonista y su amada, van cobrando vida hasta precipitarse finalmente sobre el desenlace de la historia.

En contraste, el primer capítulo de la novela de Don DeLillo, realmente un prólogo narrativo, tiene más un lado de comicidad y sus referencias a la muerte están sublimadas en la metáfora. Allí un muchacho negro logra colarse al estadio de beisbol en un mítico partido entre los Yankees y los Dodgers. En ese estadio también se encuentra el director del FBI en aquellos tiempos de la Guerra Fría, John Edgar Hoover, quien comparte el espectáculo con nada más y nada menos que Frank Sinatra. El partido es ganado por los Yankees y el muchacho negro logra atrapar una pelota junto con un señor que se le sienta al lado y decide jugarse todo para escapar como dueño de ella. En medio del partido también John Edgar Hoover encuentra un ejemplar de la revista Life que contiene una reproducción del cuadro de Brueghel, El triunfo de la muerte. En medio de todo aquello, risas con Frank Sinatra y otro cómico de renombre, se entera de algo que tenía en vela al mundo en aquel entonces: las pruebas soviéticas con la bomba atómica. Prólogo perfecto para una novela que versa sobre la paranoia nuclear y los peligros del azar que encierran este tipo de armamentos.

El cineasta alemán Werner Herzog dijo alguna vez que “la civilización es como una fina capa de hielo sobre un profundo océano de caos y oscuridad.” Con una metáfora un poco fuera de contexto, la civilización es como un morrocoy y quien haya tenido varios morrocoyes juntos en una casa lo sabrá. Detrás de aquel animal lento y de apariencia noble está un animal que se come a sus crías, que come excrementos, que copula sin permiso ni previa seducción con cualquier morrocoy, sea macho o hembra, carroñero y hasta carnívoro, con la habilidad especial de poder pasar largo tiempo sin agua y comida en condiciones degradantes. Hoy en día, con los sostenes religiosos de la obra y época de Brueghel cada vez más diluidos en el escepticismo del mundo moderno y la fe en la ciencia, cuadros como El triunfo de la muerte no dejan de tener un toque imperecedero, un impacto y una verdad que los hace necesarios y contemporáneos con la realidad que se vive en muchos rincones del mundo, una realidad que siempre ha estado allí.