• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Mauricio Palacios

Una observación sobre la naturaleza de la vida

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Now your time has come a storm of iron in the sky

War and murder come again, lucky if you die.

No way to rescue destiny, scream and curse in vain,

You will never be remembered, no one knows your name.

Motorhead, “Brotherhood of man”

 

Llorar no sirve de nada. Apelar a la empatía de los otros tampoco sirve de nada. Sentirse mal por uno mismo no solo no tiene sentido, tampoco tiene ningún valor. Detrás de la civilización, el amor y el cristianismo está un caos biomecánico de competición, asesinato y reproducción y replicación de la vida digna de un documental sobre chimpancés de Discovery Channel.

Los arios de la estepa invadieron los reinos del Mohenjo-Daro y Harappa, los pueblos del mar destruyeron la civilización micénica y sembró el caos en Egipto, siglos después el Imperio Romano acabó con Cartago hasta sus cimientos, para luego ser desmembrada por bárbaros y corroída desde adentro por el cristianismo. Los mayas, incas y aztecas sembraron el terror en sacrificios humanos de una magnitud sangrienta y voraz y sobre esa base sentaron sus imperios, para luego ser borrados del mapa por los conquistadores españoles.

Ya no nos atacamos con lanzas de sílex, y aunque ahora tenemos pistolas y la bomba atómica, también cada día libramos pequeñas batallas dentro de las oficinas, con corbata o traje, en la calle o incluso en la casa. La idealización del pasado, del estado primitivo y virginal, nos lleva a aterradores descubrimientos cuando se observa a los yanomamis, y se entiende como son pueblos con gran mortandad aun por guerras intestinas, guerras para quitarles las mujeres a los otros, y donde prácticamente cada mujer de la tribu ha sido violada.

Desde antes de que tengamos conciencia, nacidos aquí o allá, hombres o mujeres, buena parte de nuestra historia tenía, al menos, sin estar escrita, un perfil y ciertos lineamientos. La lucha por los genes y la supervivencia era un juego que no nos preguntó si queríamos jugar o no. O tomas lo que tienes que tomar, o no tienes nada. Nadie nos va a dar la libertad. ¿Empatía? Tampoco. Tampoco nadie debe esperar demasiado de sus padres, ni de los hermanos, menos de las novias. Ni el gobierno, ni los amigos. No se puede idealizar al amor. La Edad Media de amor romántico y caballeresco tuvo su inicio y culminó hace mucho tiempo, y era propiedad de los caballeros andantes, ni siquiera del pueblo bajo o del clero. Como dice Michel Houllebecq en su poema “El amor, el amor”: «El destino no existe ni la fidelidad,/Mera atracción de cuerpos./Sin apego ninguno, sin ninguna piedad,/Juegan y se desgarran».

En el reino de las abejas hay un ejemplo perfecto. La abeja reina esteriliza a las abejas obreras mediante feromonas, al mismo tiempo que es la única apta sexualmente para reproducirse. Cuando pierde su poder, las abejas obreras se sublevan y acaban con la colonia. Destruida la colonia, las descendientes de la abeja reina emigran para fundar nuevas colonias y repetir todo el proceso. Una repetición cíclica y sin memoria, como la historia humana.

Las enfermedades, las deudas, contaminación, guerras líquidas y sólidas, vigilancia masiva, gobiernos totalitarios y autoritarios explícitos o sutiles de hoy en día. Lo mismo que tu antepasado hace 5.000 o 10.000 años atrás enfrentando flechas y lanzas de tribus enemigas. Nadie te va a quitar los obstáculos, así que es asunto tuyo luchar contra cada uno de ellos o dejarte vencer a conciencia de la propia derrota.