• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Mauricio Palacios

De lo exótico

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El ensayo De lo exótico, de Baldomero Sanín Cano, entra en el terreno de nacionalismo y la literatura. La estrecha relación que se la ha querido dar a la obra literaria como constituyente de naciones o ideales nacionales. Cuando el mismo habla de la artificialidad de la misma clasificación: “Así han pasado al mercado de los valores literarios las denominaciones, sin duda muy artificiales, de literatura francesa, alemana, rusa, escandinava, con que están llenas hoy las obras de crítica y hasta los periódicos de a cinco centavos”.

Hace historia de los “cargos de extranjerismo” desde la época de los romanos hasta nuestros días, en que está mal visto o se quiere coartar la creatividad en beneficio de pretendidas razas o esferas culturales. Habla de la literatura castellana, del Siglo de Oro, y su enriquecimiento no solo de la cultura grecolatina, sino de los italianos. Los endecasílabos en los poetas, así como también la influencia de Bocaccio o los trecentistas italianos.

Pasa a hablar del asunto de los temas. En dos aspectos: los temas en cuanto a imágenes, telón, personajes o lugares; los temas en cuanto a ideas, sentimientos, formas de concebir la vida.

Baldomero Sanín Cano habla, naturalmente, de los aspectos de las influencias en casos concretos: “Tolstoi, el novelista ruso, no es un producto espontáneo, no es una aparición literaria sin precedentes. Como analista fino y penetrante de la sociedad contemporánea, sus paisanos le consideran, con razón, discípulo digno de Stendhal. Hay mucho de Beyle en los cuadros de las bellezas que a Tolstoi le debe la literatura contemporánea. Como pintor de costumbres recuerda a Balzac; la observación amplia, y la habilidad con que conduce a sus personajes, parecen aprendidas en La comedia humana”.

Habla del detrimento que cada generación tiene frente a la siguiente, específicamente en cuanto a la poesía francesa. Pero, respecto a los que opinan de manera contraria, apela a un genio: “Que lo fuese quería Goethe cuando dijo en su epigrama sobre la literatura universal: ‘Que bajo un mismo cielo todos los pueblos se regocijen buenamente de tener una misma hacienda”.

Pero Baldomero Sanín Cano apunta a un caso muy curioso. Hay una doble situación de exotismo en nuestro propio continente. El aspecto indígena como algo exótico desde la visión europea, desde las castas altas de la sociedad, así como el aspecto europeo desde la parte indígena o mestiza. Nosotros mismos somos nuestro exotismo.

Baldomero Sanín Cano es premonitorio en discusiones que aún hoy en día causan polémica. Aún hoy en día hay autores que exigen literatura nacional, costumbrismos, realismos. Baldomero Sanín Cano hace esta apología de la literatura como algo universal, al igual que Goethe lo hizo en su tiempo, cuando acuñó el término Die Werliteratur. Es claro que en Colombia y en todo el continente iberoamericano en esa época los países buscaban el nacionalismo para las nuevas identidades nacionales no solo a través del consumo y los medios unificados (mercado, producto y radio, televisión y periódicos), sino también de un arte nacional, en este caso, la literatura. Ejemplos hubo muchos: Rómulo Gallegos, José Eustasio Rivera, Ricardo Güiraldes, que si bien no dejan de ser grandes novelistas, tienen sus proyectos estéticos basados, con conocimiento o no, en proyectos de construcción de nación. La crítica que hace Baldomero Sanín Cano a Rubén Darío, no tiene pérdida. Este, Darío, siendo un autor enmohecido, superficial en cuanto a su trascendencia histórica tanto frente al continente iberoamericano como en sus aspiraciones dentro de las formas de pensamiento francesas.

Desde mi punto de vista, la voz que levanta aquí Baldomero Sanín Cano es una voz que sigue sin ser oída. Borges también habló al respecto en El escritor argentino y la tradición. Autores de otras latitudes, como Milán Kundera, refieren lo mismo en libros de  ensayos como El telón. Parece obligatorio escribir desde “la tradición”, como si la tradición no fuera toda la literatura occidental, o aun, la literatura a secas. Se enmarcan en clasificaciones totalmente superficiales, como en Venezuela en cuanto a los motes de “literatura urbana” o hablan de una “tradición venezolana” que no existe, y si existiera, aún es demasiado diversa y al mismo tiempo escueta como para encasillarla de una manera tan definitiva.

En pleno siglo XXI, los autores iberoamericanos que crecimos o tuvimos desde temprana edad el Internet no tendremos la ceguera de “nuestros mayores”, mas podremos compartir audacia con nuestros “abuelos”. Los autores entre el boom (García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Cortázar), y otros anteriores, a mi juicio realmente los grandes, como Onetti, Carpentier, Augusto Roa Bastos, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges o Alfonso Reyes, fueron vastos en su capacidad de apropiarse de la literatura de manera universal, sin la ceguera de los nacionalismos insensatos, sin por eso dejar de entenderse con la realidad de sus respectivos países, o de apropiarse de nuevas formas de narrar. Los nuevos autores en los albores del siglo XXI no crecimos a la sombra del boom, o esos otros grandes, pero tampoco nos deberíamos quedar tan fácil en la novela chata, en la novela narco, la novela de estallido social, la novela autoficcional profesoral masturbadora solipsista, y afortunadamente para nosotros, si nos sabemos mover, si damos buen uso a la biblioteca y al Internet, podremos en cambio mirar el mundo más como esos autores que no se quedaron en la miopía y el astigmatismo de su terruño local, con su folklore neocostumbrista. Y no debemos olvidar que Borges hablaba de compadritos para hablar también del tiempo, la muerte y la eternidad.