• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

Al instante

Entre escombros

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El génesis de lo que somos como personas está en la niñez. Nos gusta creer en un libre albedrío supremo, todo depende de nosotros; es el eslogan de la era actual, está en los libros de autoayuda, en las historias de superación, en las series de televisión y en lo que dicen los maestros. Quizá todo está desde un principio en los genes. La mala alimentación de una bisabuela al borde de la locura, un cataclismo cósmico en el estrecho de Bering o Gibraltar, una pasión por la muerte o por las tierras lejanas.

Y está la niñez. Dónde creciste, quiénes fueron tus padres, cuál fue tu situación. Este pensamiento trae a mi memoria una cita de la novela de Roberto Arlt Los lanzallamas: “Pocas veces Erdosain retrocedía a los tiempos de su infancia. Ello, quizá se debiera a que su niñez había transcurrido sin los juegos que le son propios, junto a un padre cruel y despótico que lo castigaba por la falta más insignificante”. Y luego viene el joven y el hombre, luego viene un camino continuo de golpes y fracasos, de caminos torcidos y de sufrimiento.

La descripción de la infancia como origen del carácter sigue en esta novela: “Remo había vivido una infancia casi aislada. Comenzó a estar triste (la criatura en esos tiempos no podía definir como tristeza aquel sentimiento que lo arrinconaba solitario en algún ángulo de la casa) a la edad de siete años. Debido a su carácter huraño no podía mantener relaciones con otros chicos de su edad. Rápidamente estas degeneraban en riñas. Su exceso de sensibilidad no toleraba bromas. Cualquier palabra un poco disonante hacía sufrir indeciblemente a esta criatura taciturna. Erdosain se recordaba a sí mismo como un chiquillo hosco, enfurruñado, que piensa con terror a la hora de ir a la escuela. Allí todo le era odioso. En la escuela había chicos brutales con los que tenía que trompearse de vez en cuando. Por otra parte, los niños bien educados rehuían su trato silvestre y se espantaban de ciertas ideas precoces suyas, observándolo con cierto desprecio mal encubierto. Este desdén de los débiles le resultaba más doloroso que los golpes cambiados con otros chicos más fuertes que él. El niño insensiblemente se fue acostumbrando a la soledad, hasta que la soledad se le hizo querida. Allí no podía entrar a buscarlo el desprecio de los chicos educados, ni la odiosa querella de los fuertes”.

Entre escombros, escuchamos que la educación o el entorno material lo es todo. La raíz del problema podía estar ahí desde siempre, en el niño. En el país en formación o en su origen. El individuo se hunde en la nada, las sociedades se pierden, nos arrastramos a los vicios, nos gobiernan dictaduras. Luego rezaremos o buscaremos alguna forma de olvidarlo. Le daremos Ritalin al niño o nos ahogaremos en aguardiente.

Algo bueno saber, después de todo, a qué atenerse. Sin importar las circunstancias de partida siempre queda la voluntad humana, aunque sea menor que el destino, que las circunstancias ya dadas. Dicen que árbol que nace torcido jamás endereza sus ramas. Pero también es al contrario. Por eso tantos viejos y adultos subestiman a los jóvenes; les cuesta aceptar su propia mediocridad o sus malas decisiones en el pasado y ven con envidia como otros, mucho más jóvenes y mejores que ellos mismos a esa edad, servir para algo y luchar mejor en sus problemas, en lugar de seguir el mismo camino gris que los llevó a ellos a sus destinos. Parece bonito creer que los cincuenta años son la mitad de la vida, que todo el tiempo está por delante, pero es mentira; desde niños estamos perdiendo tiempo, ahí está el Tiempo tras nuestras nucas, esperando el mejor momento para sacarnos de plano para siempre.