• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Mauricio Palacios

Entre cadenas de fibra óptica

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Imposible el anonimato. Imposible mantenerse sin dejar huella, de incógnito. Siguen nuestros pasos de manera omnipresente. Lo tenemos en los celulares smartphones. Lo tenemos en nuestras computadoras y laptops.

También en las tarjetas de transporte público en algunos países, con nombre, apellido y cédula. En nuestros pasaportes con sus chips. En cada anuncio personalizado en nuestro buscador de Google, en el historial que borras porque crees que así nadie verá lo que estabas viendo.

Desde el IP y la ubicación correspondiente hasta la vida personal proyectada en Facebook; todos vigilados, todos observados en nuestras bellas vidas, sonrientes en nuestro panóptico de fibra óptica. Twitter para seguir y retuitear, para dejar rastros de nuestra mente en 140 caracteres.

El panóptico, para Jeremy Bentham, según Michel Foucault, consistía en una estructura arquitectónica en forma de anillo en medio de un patio con una torre en el centro, en que un vigilante tenía posibilidad de ver a todos sin ser visto.

Vigilancia ininterrumpida y permanente, donde no solo se vigila sino que se sabe todo del individuo vigilado. El Internet como un panóptico hiperconectado y global. Sustractor de pensamientos y vigilante de los mismos.

Cada búsqueda en Google, cada movimiento en redes sociales, foto sí y foto no. Toda nuestra vida en un perfil de Facebook, que no es la realidad, sino la proyección de una realidad que nos creamos, así para nosotros y así para los otros. Todo un bucle extraño y poco grácil, a decir verdad.

Posibilidades de acceso al pensamiento (¿control mental?): muchas personas (y eso lo demuestra el mismo Google) vierten lo que piensan, planean o buscan en la red. Agreguémosle a eso smartphones, con acceso a Internet 24/7. Búsqueda y compartir de datos 24/7 (o hasta que el usuario duerma).

Posibilidades de acceso a la actividad diaria: Twitter en sus 140 caracteres, las fotos en Instagram, el eterno Facebook.

También el registro de cada compra y cada intercambio: Amazon, Ebay, Itunes y más en el porvenir. Quién sabe si después Amazon será también una lotería, como La lotería en Babilonia de Jorge Luis Borges. Nadie nos preguntará si estamos jugando, y para hacerlo más entretenido luego no solo recibiremos premios sino también castigos.

Zuckerberg y Bill Gates como demiurgos que todo saben de nosotros. Maestros de las marionetas, titiriteros de todos nosotros los usuarios.

Todos ahora conectados, como si fuéramos una sola entidad unida por redes y conexiones inalámbricas. Una sola entidad que piensa y recuerda en buscadores, siempre bajo la atenta mirada de un vigilante que sigue todo de cerca.

Una sola entidad autorregulada por distracción y contención. Pero que nada se le escapa.

Conectados por la fibra óptica rumbo a la noosfera que profetizaba el padre Teilhard de Chardin, teólogo y paleontólogo, a la especie humana. Rumbo a convertirse en una sola conciencia, en una sola entidad. Solo que esa conciencia no será divina, sino de videojuego y red social, de Call of Duty e histeria selfieca. ¿Facebook como una teofanía? Explicación posible de la noosfera.

Hiperconexión en nuestra terrible soledad.

Aunque todo sea panóptico y marketing. No hay salida que nos salve de que sepan cuando estamos en la playa o donde quiera que estemos. No hay historial que se borre y te eluda de la vergüenza de la pornografía o las páginas de citas. Todos conectados en la red tela de araña. Con la mirada fija en la pantalla, Kit Kat o Lollipop, o lo que el futuro nos depare.

Absortos frente a las pantallas de nuestros celulares, sin movimientos de parpado, como descifrando la piedra de Roseta, como descifrando algoritmos interminables. Pero de eso no hay nada, solo imágenes y palabras por microsegundo, vacuas e inertes, para que no nos sintamos tan solos.

Adictos al PDF y al MP3 (cómo no), siempre sin parpadear, siempre tan libres y anárquicos en el Internet (cómo no). Y quién sabe si próximamente tendremos conexión directa al cuerpo y no nos haga falta Wi-Fi (como en Neuromancer, novela de William Gibson).