• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Mauricio Palacios

La broma infinita o morir de entretenimiento

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Hacía un tiempo llegué a la conclusión, de que La broma infinita, el magnum opus de David Foster Wallace (1962-2008), era una suerte de respuesta literaria al ensayo Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business (Entreteniéndonos hasta morir: el discurso público en la era del show business), de Neil Postman. La clave de este ensayo es como el entretenimiento, particularmente desde la televisión, venía tomando un papel predominante en la vida de la gente, así como también en la política norteamericana. Cuando Neil Postman anunció que los presidentes de Estados Unidos serían elegidos por sus participaciones en programas de televisión fue visto con escepticismo. Su texto parecía en su momento una jeremiada, una exageración, pero lejos de la realidad no estaba.

La visión de Neil Postmanera que el mundo moderno, más que parecerse a una dictadura masiva de vigilancia y castigo como en 1984 de George Orwell (aunque queda la duda, discutible si esto es aplicable a todo el mundo, discutible también porque gobiernos que quieren imitar este libro alrededor del mundo si existen), se parecía a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde las personas vivirían sumidas en la diversión y el entretenimiento, mientras siendo esclavas, perderían toda noción de la realidad al estar sumidas en un estado de felicidad vacua carente de todo pensamiento.

Así la televisión y el entretenimiento serían vistos como un soma, la bebida que en Un mundo feliz sirve para la felicidad y la realización de orgías, así como para no tener que encarar la realidad. El entretenimiento sería el soma de hoy en día, encarnado en la televisión y los medios modernos. Nada nuevo bajo el sol, antaño el circo romano y los carnavales medievales, fiestas de santos y diablos de todos los tiempos, religión y droga para todos en el antiguo y nuevo orden. Solo que nunca antes había existido un despliegue de somas tan poderoso y variado, desde la televisión y las series, pasando por las drogas, el fútbol, la pornografía, alcohol y vicios de siempre, sumado a vicios nuevos en nuestro intrincado circo mercantilizado de placeres de toda índole. Precisamente de esto va La broma infinita de David Foster Wallace.

Cuando se habla de La broma infinita siempre hay un montón de adjetivos y recursos tópicos para hablar de ella aunque no se haya leído. O peor aún, se repiten aunque si se haya tomado el tiempo de leer la novela. Posmoderno, irónico, maximalista, como si el escritor fuera un malabarista de trucos literarios posmodernos en lugar de un autor en busca de comunicar algo. En una entrevista el mismo David Foster Wallace dijo: “Un profesor que me agradaba solía decir que el trabajo de la buena ficción es darle confort a los perturbados y perturbar a los que están tranquilos. Creo que una parte importante de la ficción seria es llevarle al lector, que como todos nosotros está abandonado de alguna manera a su propio esqueleto, acceso imaginativo a sí mismo. Desde que una parte ineludible del ser humano es el sufrimiento, parte de lo que como humanos llevamos al arte es la experiencia del sufrimiento, una experiencia empática por definición, más como una generalización del sufrimiento. ¿Tiene esto sentido? Todos sufrimos solos en el mundo real, la empatía verdadera es imposible”. Más adelante, en la misma entrevista, agrega: “La verdadera buena ficción podría tener una visión del mundo tan oscura como uno desee, pero encuentro de alguna manera también debe describir este mundo e iluminarlo en las posibilidades de estar vivo y ser humano en él”.

A David Foster Wallace le preocupaba la condición humana, también le preocupaba el mundo que le rodeaba y como esto particularmente afectaba el sufrimiento, las relaciones de empatía humana, y como el humano se tornaba hacia las adicciones de toda índole ante el sufrimiento. La broma infinita está llena de esto: adicción a todo tipo de drogas, adicción al éxito, adicción a las relaciones, adicción al entretenimiento, la pérdida del sentido ante la avalancha de sensaciones. El mismo nombre alude a ello y al mismo tiempo al ensayo de Neil Postman. En la contraportada del libro incluso refiere esto: la película La broma infinita, del cineasta James Incandenza, es una película capaz de enloquecer al que la vea. En la distopía geopolítica y futurista en donde está enmarcada la novela, donde los años tienen nombre de marcas y Estados Unidos, México y Canadá forman un solo país, con facciones separatistas quebequesas, una película así es un arma. Una forma de poder. En Estados Unidos muchos novelistas han estado tan obsesionados con el poder como en Latinoamérica solo estuvieron los abanderados del boom latinoamericano. Y de maneras incluso extrañas. Vargas Llosa hoy en día tiene un poder de opinión e influencia mayor que el de muchos políticos, García Márquez y sus relaciones con el régimen cubano, las actividades de Carlos Fuentes, e incluso las opiniones del señorito Julio Cortázar. Pero en Estados Unidos un escritor como Philip K. Dick se sentía perseguido por la CIA. De Thomas Pynchon se asegura en un documental que las razones de su desaparición de la vida pública tienen que ver con que consideraba el contenido de sus obras como elementos subversivos. La literatura es un arte que es capaz de decir cosas sin decirlas, de ser arte sin ser panfleto, de decir uno, dos y tres significados al mismo tiempo. Allí Shakespeare para quienes solo ven la sangre, allá para quienes ven las referencias a Montaigne. Desde los textos religiosos con contenido dogmático en todas las religiones la palabra tiene poder y capacidad de hacer e interpretar la Historia. En la literatura, desde las epopeyas griegas y latinas, Odisea, Ilíada (libro de cabecera de Alejandro Magno), la Eneida escrita por encargo por Virgilio, con su potencial legitimador de imperios; hasta Gargantua y Pantagruel, con su risa provocadora, esa forma de decir las cosas a través de la risa y lo escatológico que permite decir lo que no se debe decir; también la fundación de lenguas enteras, como el italiano con Dante y Boccaccio. La Historia que le interesaba en estas tierras a Arturo Uslar Pietri, como dice en una carta a Alfredo Boulton, respecto a Las lanzas coloradas: “Cuando un libro, con el tono certero y conmovido con que está hecho en el mío, se ha desnudado el alma toda de un pueblo, los hombres que se creen antenas de esa alma no pueden guardar silencio”. Así también en Ulysses se deja leer a James Joyce: “History is a nightmare from which I am trying to awake”. La Historia, el flujo humano, el infierno de los vivos, aquello que la literatura no puede olvidar, y de hecho, la gran literatura nunca olvida, siempre la tiene presente de manera obsesiva.

Allí, en el hecho de la película del cineasta James Incandenza está la conexión subterránea con el ensayo de Neil Postman. La broma infinita es capaz de destruir la civilización, dice la contraportada. El terrorismo de Quebec, por supuesto infiltrado por los servicios de inteligencia, quiere la película. El gobierno quiere la película. James Incandeza, suicida, tiene toda una filmografía fallida. Sus relaciones familiares, interpersonales, con el gremio del cine, con el misterioso personaje “la Chica más bonita de los tiempos”. A pesar de querer comunicar, en su cine hay todo un despliegue técnico en el que apenas consigue un esbozo de emoción. Ante la inundación de entretenimiento vacuo, de carnaval orgiástico de la sociedad en que se mueve, su mayor fracaso es no poder comunicar. En los personajes de la novela la empatía apenas se esboza cuando unos reconocen en otros la misma desdicha que los aqueja. Así como en la película de Mario Incandeza dentro de la novela, la actuación política apenas es una representación, una irrealidad que se proyecta como una obra de teatro realizada por marionetas ridículas. El tablero mundial en La broma infinita es como un juego de niños, como el juego del Escaton en la academia Enfield de tenis, y las idas y venidas del sistema-mundo son como un movimiento geológico que si bien paraliza todo al mundo, también lo hace de espaldas la mayoría de los que habitan en él. Todos están demasiado ocupados sobreviviendo a sus propias adicciones, sus propios vicios, sus propias miserias individuales. El mundo bostoniano de la Academia Enfield de tenis está en ignorancia mutua de la vida de la Ennet House para rehabilitación. La televisión como espejo de la derrota de nuestra mente, como un laxante de las preocupaciones. La depresión y el malestar como un signo de la vida moderna. Todos los temas que la gran literatura hoy en día no podía ignorar y David Foster Wallace no ignoró en La broma infinita, su obra mayor.