• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

Al instante

Muerte abstracta

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Hace poco entré en una iglesia por un impulso extraño y fuerte, que no me quise explicar, pero al fin y al cabo me hizo entrar y sentarme –arrodillarme, de hecho– y quedarme allí. Mientras cerraba los ojos presentí la entrada de un grupo amplio de gente. Rápidamente pude ver cómo era una procesión, no solo eso, llevaban un ataúd con ellos.

Un ataúd de madera, grueso, un grupo de personas que debía ser la familia de la persona muerta. Aunque me sentía completamente ajeno al rito, decidí que por respeto, prefería quedarme dentro de la iglesia durante la misa. Una misa fúnebre. No era el único ajeno allí, también estaban unas señoras y un hombre que parecía ser obrero de construcción. Nosotros estábamos en los asientos traseros, los que formaban parte del cortejo fúnebre en la parte delantera de la iglesia.

Mientras estaba allí, escuchaba el nombre de la persona fallecida y los rezos y plegarias elevadas. Era un nombre de señora, pronto me imaginé a la señora como una anciana que había fallecido después de haber vivido toda la vida proyectando su vida sobre su familia. Hijos, nietos, el paso de las décadas y de los gobiernos, de los encontronazos políticos y de los jóvenes, las modas que fueron y vinieron. La transformación de Bogotá desde una ciudad provinciana y elegante hasta el caos que era hoy en día. El advenimiento de la globalización y de los cambios en los medios. El auge y caída de los que fueron jóvenes promesas, luego mayores ilustres que ahora además también estaban muertos, como García Márquez.

Tuvo suerte y me sentí bien por ella, aunque ella no me hubiera invitado a su misa mortuoria, sentí que era alguien que al parecer había vivido. Al parecer, por lo menos, había muerto de vieja. No todos tienen tanta suerte.

Las cifras de muertos por violencia en Caracas son anormales, exageradas, brutales. Y ahí están, cifras. La morgue llena. Un amigo que estudia medicina, me contaba cómo en la morgue el olor a formol y muerte impregnaba incluso el aire fuera de ella. Filas de personas esperando respuesta por sus muertos. Adentro, muertos y más muertos amontonados. Muertos por bala y por cuchillo, alguno si acaso por enfermedad o razones desconocidas.

En Centro Memoria, en Bogotá, las lápidas seguían donde siempre, probablemente ignorando cualquier asunto respecto de los diálogos de paz. Los muertos de la guerra en Colombia, también en cifras y abstracciones. Allí estaban las tumbas, pero por supuesto que cualquier esperanza no estaba allí. A ellos ya no les podía importar ser una cifra o un símbolo. A los muertos de la morgue en Caracas tampoco. La esperanza siempre está en los vivos, de cambiar las cosas.