• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Libre albedrío

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Poder decidir, poder discernir, poder escoger. El debate de la existencia del libre albedrío es viejo. Martín Lutero respondió a Erasmo de Rotterdam quién defendía el libre albedrío y lo negó desde el conocimiento de la teología cristiana en De servo arbitrio (El albedrío esclavo). En las cosmovisiones de algunos antiguos la idea no estaba muy extendida. Entre los griegos aquellos que pretendían tener más de lo que el destino les deparaba cometían hybris, según los Diálogos de Platón, un pecado de juventud, y merecían castigo y desgracia por ello. En el Mahabharata, cuando el guerrero Arjuna no quiere entrar en combate, Krishna le urge que debe pelear porque es su camino y no podría hacer otra cosa.

Hoy en día se avanza y se retrocede a partes iguales en la ciencia respecto a los consensos sobre la naturaleza humana. El consenso general para ser que el libre albedrío existe y el ser humano depende de sí mismo en todas sus decisiones e ideas. El ser humano es una tabla rasa que depende de la educación y de su propia voluntad. Cada acción y cada acto son así porque el individuo así lo quiso. Mi posición frente a esto es que el libre albedrío no existe, que es probablemente un desarrollo de la selección natural indicado para la mera supervivencia. Así como los perros ladran los humanos han desarrollado conciencia. Es el mismo destino de los antiguos griegos e hindúes el que nos sigue guiando.

Hoy en día la ciencia habla, el ADN habla, entre opiniones favorables u opiniones contrarias. Los procesos ocurridos en el cerebro debido a químicos son heredados. Si el ADN no lo es todo, entonces el entorno tampoco ofrece demasiada alternativa de “escoger”. Dentro de la complejidad del cerebro y de la conciencia, el humano puede ser predecible. Ángel ya sin alas, el ser humano podría ser cuantificable, medible, manipulable, desentrañable en todo su ser. Lo es, porque el ser humano es un animal. O fue un animal que dentro de su intelecto pretendió acercarse a lo divino. ¿Un animal racional que vive en un estado más cercano al sueño que a la vigilia? O en piloto automático, como una inteligencia artificial…

Hay un libro de un antropólogo llamado Desmond Morris que se llama El mono desnudo. En este libro, capítulo por capítulo, se explica el comportamiento humano y sus rasgos como individuo y en grupo. La premisa del libro consiste en que el humano puede ser estudiado como un animal, de la familia de los monos, siendo su distintivo su ausencia de pelaje, un mono lampiño.

En el libro de Steven Pinker, La tabla rasa, se alega precisamente que el cerebro humano no es una tabla rasa, una página en blanco que será escrita por la cultura o por el entorno, sino que viene con sus ajustes, predeterminado a sus fallos e incluso a su talento. El carácter, las actitudes, la inteligencia y la proclividad a asuntos como la promiscuidad sexual, la violencia o el altruismo como algo determinado. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que los gemelos comparten pensamientos y gustos de una manera casi telepática. Para mí es un caso común con mi hermano el de alguna manera ser casi la misma persona, saber siempre adivinar, intuir lo que piensa el otro. Porque es lo que pensamos nosotros mismos.

Me viene a la mente una cita de una novela del austríaco Thomas Bernhard, para pensar la voluntad como una manifestación de la supervivencia.

“Quería vivir, y todo lo demás no significaba nada. Vivir y vivir mi vida, como quisiera y tanto tiempo como quisiera. Entre dos caminos posibles, me había decidido esa noche, en el instante decisivo, por el camino de la vida. Si hubiera cedido un solo instante en esa voluntad mía, no hubiera vivido ni una hora. De mí dependía seguir respirando o no. El camino de la muerte hubiera sido fácil. El camino de la vida tiene igualmente la ventaja de la libre determinación. No lo perdí todo, seguí teniéndolo todo.” (El aliento).

Quién ha padecido una enfermedad crónica o que va más allá de la ciencia, es decir, incurable o intratable podrá entender el significado de aquellas palabras. Se mete la mano en el fondo de la noche para sacar fuerzas Dios sabrá de donde y mantenerse con vida. Se mira en el abismo para volver a la vida voluntad determinada de seguir viviendo. Se conquista a la muerte.

Sin embargo, ¿hasta qué punto aquella férrea voluntad de vivir no será un mecanismo de los genes? Una pieza en el mecanismo de los genes, de mantenerse con vida, de encontrar la manera de sobrevivir y pasar los genes a la siguiente generación. Así como un gato encontraría la manera de caer parado un individuo podría encontrar la manera de buscar los recursos en su mente y en sí mismo. El ADN lanzaría una ofensiva desesperada contra las fuerzas de la muerte en que la voluntad conquistaría los resquicios dejados por la naturaleza. Quizá sea una ilusión que hace parecer libertad de decisión la capacidad de pensamiento y estemos todos  arrastrados por “el laberinto múltiple de pasos/que mis días tejieron desde un día/de la niñez”  e inscritos en “la letra que faltaba, la perfecta/ forma que supo Dios desde el principio” como dice Jorge Luis Borges en el Poema conjetural.