• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

Al instante

Lectura y enfermedad

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La enfermedad puede paralizar la vida y las actividades. El cielo se torna negro y más nunca será lo mismo: estás enfermo, guardas cama, apenas puedes moverte. Podrías morir pero un fuego interno te mantiene en pie de guerra: no morirás. En ese tiempo de retiro obligado, de meditación impuesta, la lectura aparece como un respiro, una ventana al mundo. También como veneno, valdría decir.

El escritor venezolano Salvador Garmendia tuvo que guardar tres años de cama debido a la tuberculosis, y durante este tiempo se dedicó a leer. Su hermano le leía Don Quijote, le decía que probablemente no iba a entender todo el idioma, que le diera tiempo a las palabras, a la historia. Sin ese tiempo en cama probablemente no tendríamos  la obra de Salvador Garmendia. Todos esos libros que fermentaban en su mente, esa imaginación que volaba al paso de Rocinante y jumento. ¿Qué sería de aquella obra sin la tuberculosis, enfermedad de los románticos?

Dice Roberto Bolaño en su ensayo Literatura + enfermedad = enfermedad: “Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre”. Y aunque quizá esa cita no me diga nada propiamente dicho, de alguna manera me lleva el pensamiento a la idea de que la lectura y la enfermedad (libros mohosos, libros viejos, estar en cama) llevan a enfermarse más y a querer estar más enfermo. Estar enfermo de alguna manera llama a querer estar más enfermo, como para salir purificado por el dolor y el asco. Estar enfermo me da ganas de leer a Beckett. Y leer a Beckett realmente no es leer, está en otro orden, en otro ámbito de acciones. Leer a Beckett es como intentar suicidarse, meter la cara en el culo de una prostituta o consumir drogas o alcohol sin comer. No lees a Beckett por cultura, un escritor no lo lee para influenciarse. Quien piense eso no lo leyó bien, no entendió nada. A Beckett se lee para destruirse, para acabarse por dentro.

Leer insomne, lleno de frío o de fiebre. Vomitar sangre, sentir la mirada de ese monstruo en el espejo que te mira al día siguiente, como diciéndote que no podrás escapar, que eres un personaje más, un personaje muerto. La necesidad de lectura aumenta. La necesidad de tirar también. Si la vida es finita… ¿por qué desperdiciarla? La vida es finita y acabará con uno. ¿Y si no leí todo lo que quería leer? ¿Todas esas mujeres que se perderían de disfrutar mi presencia? Luego se empieza a mesurar eso de la mortalidad. Probablemente no haya riesgo, te dices. Es algo pasajero, que detienes a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Una biblioteca infinita, calles con desfiles de mujeres y tu sonrisa que recibe su faz con picardía.