• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

Al instante

Infinidad y tiempo humano

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En un célebre y antiquísimo cuento chino de la dinastía Tang, El gobernador del estado tributario del sur, del escritor Li Gongzuo, se presenta la historia, en síntesis, de un hombre que se despierta y vive una vida entera dedicada a servir a un rey, ser el gobernador de una lejana provincia del sur, casarse, tener hijos y todas las vicisitudes de una vida de lucha para luego despertar y darse cuenta de que no fue su vida sino un sueño, que tuvo completamente en una tarde, y para colmo, lo vivió entre una colonia de hormigas que estaba cerca de donde él dormía. Luego de una lluvia queda destruido todo aquel reino de hormigas y este hombre, deprimido, decide desertar de la vida y hacerse monje taoísta.

Hoy en día hay una sensación metafísica de fin de los tiempos, de apocalipsis próximo, de conclusión del mundo o de un período histórico. Sin embargo, antaño, emperadores chinos y persas quisieron hacerse con elixires de la inmortalidad pero tuvieron que vivir y morir de acuerdo con la naturaleza. Se habla de tiempos de crisis, de peligros para el planeta, ya no se reconoce en la vida la presencia de la muerte, que en la Edad Media era considerada la gran igualadora, donde reyes y campesinos bailarían su danza.

Los milenarismos existían ya en el año 1000. El mundo acabaría y comenzaría el reino de Dios. Pero no acabó, el mundo siguió. La caída de Roma pudo haber sido vista por los antiguos romanos como un fin del mundo, pero era su mundo, el mundo tal como ellos lo conocían el que terminó por acabar. Como dice el Tao Te King, lo suave y lo blando vencen lo duro y lo fuerte. Las formas tomadas se derrumban antes que aquellos flujos que, como el agua, carecen de forma.

Como partículas ínfimas estamos en un complejo sistema de realidad que a pesar de los avances científicos no llegaremos a entender del todo. Como el hombre que en renuncia decide hacerse monje taoísta, podríamos estar viviendo como comandantes de ejércitos de hormigas, ante la infinidad de un universo que puede borrarnos como una lluvia a un hormiguero.