• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

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Duk Koo Kim: aquel que nunca se rindió

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Watching an old fight film last night

Ray Mancini vs. Duk Koo Kim

the boy from Seoul was hanging in good

but the pounding took to him

and there in the square he lay alone

without face without crown

and the angel who looked upon

never came down.

Sun Kil Moon, “Duk Koo Kim”.

Duk Koo Kim (1955-1982) fue un hombre que nunca se rindió. Se mantuvo 14 rounds sobre la lona en un arduo combate contra Ray “Boom Boom” Mancini, un combate que le costó la vida. En el treceavo round recibió 39 golpes de Mancini sin siquiera ser capaz de devolver los golpes, solo para luego seguir dando golpes e incluso levantarse después de caer repetidamente.

El boxeador de Seúl había escrito antes del combate “Vivir o morir”, en el espejo del baño del hotel, con sangre. Así era su determinación. Vivió y murió de acuerdo con su credo personal. Su historia recuerda la canción de Héctor Lavoe “El día de mi suerte”.

Su diario, que mantuvo hasta 1982, comienza de la siguiente manera: “Con un sentimiento entre el miedo y la emoción, temo que, apenas sabiendo cómo deletrear, quizá me convierta en un hazmerreír por escribir esta historia… En mi segundo cumpleaños mi padre murió. Poco después, sufrí una enfermedad que casi me mata. Mi madre, Yang Sun Nyo, era una mujer muy desafortunada; se casó cuatro veces… me dejaba bajo el cuidado de mi hermana cuando solo era un niño y tenía toda clase de trabajos, incluido empleada doméstica, pero sin mucho éxito. Pensándolo bien, ella solo tenía veinticinco. Nadie puede culparla por querer encontrar la felicidad volviéndose a casar. Mi sueño de la infancia era un plato de arroz caliente”.

Duk Koo Kim habla también en su diario de los hechos que lo llevaron al boxeo, de la mano de uno de los hermanastros adquiridos en el cuarto matrimonio de su madre. “Un nuevo hermano solía llevarme por los alrededores, y forzarme a pelear con los otros niños del pueblo. Los muchachos mayores disfrutaban nuestras peleas, y aún los desprecio por ello. A los seis años estaba aprendiendo a pelear… En aquellos años de infancia podía ver el sol rojo ascender desde el horizonte del océano. Planeaba mi futuro mientras veía el amanecer y la luz brillante del día. Siempre me repetía a mí mismo que debía vivir para hacerlo grande… Solía atrapar y comer vieras y pescado y nadaba lejos, muy lejos… Cuando venía el otoño, solíamos capturar langostas, fritarlas y comerlas… En invierno íbamos de cacería de conejo salvaje”.

Las semillas de la determinación de este boxeador están en esa infancia, pero también en la infancia de las humillaciones. “Cuando era ignorado o humillado, sentía una ira intolerable. Incluso en aquellos días, simplemente no podía soportar mirar al piso. En aquella época no pensaba en las consecuencias de mis acciones. Nunca tuve un hogar feliz, y estaba profundamente insatisfecho. Y ahora y en ese entonces, me volvía iracundo de una manera incontrolable”. Él sabía que si fallaba, que si no daba la cara, no sería nadie. Y todos sus sufrimientos habrían sido en vano. El caldo de cultivo de su determinación del triunfo era su desgracia.

Así lo dice: “Sabía que no podía darme el lujo de ser flojo… Debía crear ‘algo’ para poder cumplir mi gran sueño… Nunca me gustó mucho mi madre cuando era un niño. Me hubiera gustado que ella me criara por sí misma. Supongo que era demasiado joven para saber… pero ahora comprendo a mi madre y me siento mal por ella. Es por esto que debo ser un buen hijo y brindarle felicidad. Para lograr esto debo alcanzar la cumbre… Un chico de pueblo llamado Kim Duk Koo le mostrará algo al mundo… Debo correr y pelear hasta que esté cubierto de sangre y sudor”.

Duk Koo Kim no le podía perdonar a su pasado ser el presente de su vida. Dio la batalla; se fajó a pelear y dio la vida en ello. Murió como un hombre con honor, sobre la lona, antes de dejar ir sus sueños de gloria. La humillación, la pobreza, los malos tratos, todo aquello le daba una llama interna para salir a pelear. Él sabía que no tenía tiempo, que debía pelear estuviera listo o no para la pelea, que debía vivir o morir. A diferencia de Hamlet, que por esperar a estar preparado pierde la batalla sin siquiera darla, Duk Koo Kim prefirió dar la batalla antes siquiera de tener tiempo para meditarla. Pagó por su audacia pero el mundo supo quién era él.

En el último Round, el muchacho de Seúl aún pudo mantenerse en pie, aunque el réferi Richard Greene estuvo a tiempo para detener la pelea y declarar a Mancini campeón. Minutos después de finalizar el combate, Duk Koo Kim cayó en un coma del que nunca volvió a despertarse, para morir cuatro días después.

El combate:

https://www.youtube.com/watch?v=6jJRwoJdLa4