• Caracas (Venezuela)

Mauricio Palacios

Al instante

Desolación de zorro peruano

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El zorro de arriba y el zorro de abajo, del escritor José María Arguedas, es una novela hermosa, desgarradora y violenta. A caballo entre la novela inconclusa y el diario suicida, va tejiendo poco a poco un universo simbólico y personal de uno de los mayores escritores latinoamericanos del siglo XX. Fue la última novela del gran escritor, quien se suicidó en medio de su escritura, y dejó el manuscrito junto a un diario que registraba la profunda depresión por la que pasaba en sus días finales.

El pueblo de Chimbote, pueblo pesquero recién industrializado, sirve de telón de fondo a los personajes de Arguedas, donde la degradación de los pescadores, antaño afincados en la tradición y la vida comunitaria, va de la mano con la abundancia de dinero y el contacto con vicios como el alcohol, la droga y la prostitución.

Personajes que parecen sombras, lenguaje ensombrecido, personajes que parecen vivir y seguir su camino aunque no concluyan completamente, como cuando entrevistan personas en la televisión, transcurrido su tiempo, siguen fuera de la pantalla. Personajes destrozados, duros y frágiles, también pérfidos y sin esperanzas, como el Mudo, homosexual degradado y entregado a trabajar para sobrevivir, como don Ángel, empresario y especulador sin escrúpulos, la Argentina, prostituta de lujo que oficia en Chimbote, los misioneros y monjas estadounidenses, los voluntarios gringos que prefieren la vida entre indios, el loco Moncada, predicador loco algunos días y trabajador corriente otros, y toda una multitud de individuos arrojados al abismo humano más atroz.

En el diario José María Arguedas habla de la lucha contra la depresión, la pérdida de las esperanzas, las frustraciones políticas, el desastre social en el Perú, y se trasluce una batalla a pulso de escritura contra la muerte venida de mano propia. Él mismo lo dice, y aunque no lo dijera, allí está la batalla, contra la muerte, a punta de hacer vivir a personajes un día más, una palabra más sobre el papel. No es fácil determinar las causas que llevan a alguien al suicidio, incluso con acceso a un diario final.

Los personajes, el mismo Arguedas, las emanaciones del zorro de arriba en diálogo con el zorro de abajo, los espíritus incaicos en letargo y espera ante el avance de la historia, la voluntad final de Arguedas, hacen de este libro, un libro completo, a pesar de no haber sido terminado narrativamente.

Notable y curioso es como Arguedas se defiende de Cortázar, de los ataques que este le hacía en periódicos y entrevistas. Dice Juan Carlos Onetti al respecto en una entrevista en el diario El País: «Este escritor peruano había criticado el desinterés de Cortázar por los problemas latinoamericanos de los indios y este hombre vivía dedicado, tenía una granja para niños indígenas.... Arguedas, en una declaración, elogiaba el talento de Cortázar pero lamentaba que no se preocupara por la gente pobre, los humildes, sobre todo los indígenas, de Latinoamérica y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: Ud. está tocando una quena en el Perú y yo dirijo una orquesta sinfónica en París. Es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que era uno de los hombres más dulces que he conocido».

Ironías de la vida, porque desde mi punto de vista, frente a la cursilería e histeria narcisista de Cortázar y su obra, Arguedas escribe con sangre, con una misión, desde el corazón, porque le nace, el río profundo le obliga a escribir. Arguedas, equivocado o no, menos o más escritor según algunos criticones, escribía contra y con un pulso de Atlas, con una carga y con una fuerza que pocos escritores pueden llegar a tener. Y es que además de escribir con ese ímpetu también escribía gran literatura.

Si la escritura lo mató o la escritura retrasó su muerte, si sus ideas eran erróneas o no, en El zorro de arriba y el zorro de abajo Arguedas deja un testimonio final de la obra de toda una vida llena literatura de verdad, y sobre todo, de honestidad de quien se deja la piel en las palabras, en sus ideas y en el ideal de la literatura.