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Mauricio Palacios

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Mauricio Palacios

Angustia y soledad adolescente, la obra literaria de Andrés Caicedo

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The day has come

You are the fatalist

You walk on soil that dreams of blood

“Dark Tranquility”, The Fatalist

 

Más allá del morbo de un suicida joven o de un joven genio, la obra de Andrés Caicedo es un corpus en sí mismo, una obra con peso propio y características únicas. Andrés Caicedo construyó en sus escasos 25 años una obra, anclada en la adolescencia y la soledad, además de la ciudad de Cali. Sin Cali, la obra de Andrés Caicedo no tiene sentido, no se sostiene. Andrés Caicedo no es un escritor de toda Colombia. No es de Bogotá ni de Medellín. Andrés Caicedo se respira en Cali y en ningún otro lugar. Además de sus libros, claro está.

«Vivir más de 25 años es una vergüenza» y «deja obra en manos de unos pocos buenos amigos y muere tranquilo» fueron palabras de Andrés Caicedo. Las cumplió a cabalidad. Nacido en 1951, a los 25 años de edad, el 4 de marzo de 1977 se mató con sesenta pastillas de Seconal, aunque solo había visto la luz su obra El atravesado, pagado del bolsillo de sus padres, y poco antes de morir, su obra principal, ¡Que viva la música! Durante su vida también fue crítico de cine, compilado póstumamente en un tomo grueso llamado Ojo al cine, nombre de la misma revista que el mismo llegó a editar y a dirigir. Otro punto a destacar: intentó vender guiones de westerns en Hollywood, y una adaptación de un cuento de Poe a Roger Corman. En aquella época de escritores latinoamericanos en guayaberas y con aspiraciones comunistas y latinoamericanistas, Andrés Caicedo era rockero, era adicto al cine y prefería la adolescencia como estado dorado del ser humano.

Aunque, en el fondo, era mentira eso, la adolescencia como edad de oro. La adolescencia de Andrés Caicedo fue terrible y caótica, llena de problemas de identidad y de una sensibilidad terrible. Esto está presente en sus obras. En Noche sin fortuna, en Angelitos empantanados, en ¡Que viva la música! El escritor chileno Alberto Fuguet, quien compiló cartas, diarios y otros fragmentos de la obra de Andrés Caicedo en Mi cuerpo es una celda dice en una entrevista citada en un artículo de la revista ochoymedio.info: “Las tres hermanas me pidieron el favor personal de que le cortara el pelo, el favor personal de que probara, en el libro que resultara, que no era el rockstar que todos creían: Rosario me dijo: ‘No era Jim Morrison, por Dios, era tartamudo’, la primera vez que hablé con ella”.

Donde otros querían ver a un Jim Morrison o una estrella de rock, había realmente un tartamudo, un nerd que se drogaba para soportarse durante el día, sostenerse con una mano y escribir con la otra. Un muchacho con un complejo de identidad, con dudas sobre su sexualidad, con sueños frustrados desde temprano. Y con una pasión desbordante por el cine y la literatura.

Su novela ¡Que viva la música! trata sobre una adolescente caleña, María del Carmen de la Huerta, «rubia, rubísima», que un día, aburrida de ser una chica buena, comienza a juntarse con los rockeros. Los rockeros consumen drogas, tocan guitarras, y escuchan la música recién venida de Estados Unidos e Inglaterra, el rock and roll de los Rolling Stones, de Jimmy Hendrix, de Janis Joplin. Poco a poco se va alejando de los rockeros para entrar en contacto con el mundo del sur y de la salsa. El perico, las fiestas hasta el amanecer, y un soundtrack que suena como desde la nuca del lector:

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María del Carmen de la Huerta, el mismo Andrés Caicedo travestido, convertido en fémina para bailar como no pudo y con quienes no pudo. «Pepito metralla» le llamaban, porque hasta escribía en las fiestas, tanta era su necesidad de escribir. Así uno podría entender a Caicedo: borracho y triste en un bar donde todos bailan menos uno. Si uno después se droga, mejor. Triste, borracho como Malcom Lowry, con la mente en la escritura y en los años jóvenes que pronto se irán. Con el alcohol cruzado por la marihuana y allí viene la tristeza. Los descensos de Caicedo en los infiernitos de la adolescencia bien son estas palabras de María del Carmen de la Huerta en ¡Que viva la música!:

«Tú, haz aún más intensos los años de niñez recargándolos con la experiencia del adulto. Liga la corrupción a tu frescura de niño. Atraviesa verticalmente todas las posibilidades de la precocidad. Ya pagarás el precio: a los 19 años no tendrás sino cansancio en la mirada, agotada la capacidad de emoción y disminuida la fuerza de trabajo. Entonces bienvenida sea la dulce muerte fijada de antemano. Adelántate a la muerte, precísale una cita. Nadie quiere a los niños envejecidos. Solo tú comprendes que enredaste los años para malgastar y los años de la reflexión en una sola torcida actividad intensa. Viviste al mismo tiempo el avance y la reversa».

«Que no accedas a los tejemanejes de la celebridad. Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes. Tus padres te tuvieron. Que tus padres te alimenten siempre, y págales con la misma moneda. A mí qué. Jamás ahorres. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Elimina las treguas, recoge tu hogar en el daño, el exceso y la tembladera».

Angelitos empantanados son tres historias entrelazadas entre sí, que siguen a Angelito y Miguel Ángel, niños del norte bien de Cali y descienden a «conocer» los infiernos del sur de Cali. Con desenlaces distintos o personajes recurrentes en la obra de Andrés Caicedo, como Solano Patiño, o Héctor Piedrahita Lovecraft. La hilaridad, las situaciones cercanas al cine o el humor son una constante, pero de trasfondo, latente y cada vez más presente en los cuentos, va apareciendo la tristeza, tristeza perenne, de nacimiento, tristeza que no quiere irse, tristeza que lleva a la muerte precoz y planeada de antemano. Se oye el ruido de una ciudad de Cali que existió y ya no existe más, de un adolescente triste y confuso, como miles hubo, hay y habrá, y el tecleo de las palabras en una vieja máquina de escribir. «La vejez de la adolescencia», diría Andrés Caicedo.