• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

Al instante

Los retornados

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Mi padre nació en Luanda en 1960, al inicio de todo este polvorín. Sus recuerdos idílicos de infancia están mezclados con la emoción de la guerra desde los ojos de un niño y los horrores y los escenarios extremos de violencia y salvajismo; todo eso en el remolino que es su memoria desde el 60 hasta el 75, cuando luego de otorgada la independencia, toda mi familia salió huyendo de Angola en medio del fuego cruzado. Este es la historia del mayor movimiento de masas en la historia de Portugal, aquellos que vivieron el sangriento fin del último imperio colonial y fueron víctimas de la ceguera ideológica que en tantas ocasiones caracteriza a los revolucionarios.

Mi papá me cuenta sobre salir a cazar pajaritos, el color de la tierra, las enormes sabanas, los partidos de fútbol, unos árboles enormes y gigantescos llamados imbondeiros, de cuando Eusébio jugó con el Benfica en Luanda, de escaparse de la escuela para quedarse leyendo libros de historia bajo un árbol, las gigantescas bandadas de pájaros que cubrían el cielo convirtiendo el día en noche, de meterse en la casa del vecino a robarle las gallinas, de una vez en la que sostuvo un duelo de miradas con una serpiente que estaba erguida mientras él estaba indefenso en el suelo, de la relación cariñosa y fraternal que él y todos sus hermanos tenían con Bernardo -el criado que era uno más de su pandilla-, de acercarse a ver el hueco que dejó la primera bomba que cayó en el barrio con tan sólo dos años de edad (presumo, uno de sus recuerdo más tempranos), de cuando comenzaron los saqueos y alguien abrió un hueco en la pared de una familia blanca y la mujer del hogar se defendió cortando los brazos que entraban por el hueco, del ruido de los morteros en la noche, del ruido de las balas de los fusiles cuando pasaban rozando, de las chispas de luz que se prendían en el monte cada vez que alguien disparaba, de cuando Bernardo se quedaba por las noches tocando latas de aceite como un tambor con la certeza absoluta de estar comunicándose con su familia a kilómetros de distancia, de él y mis tíos ayudando a mi abuelo a recoger la cosecha y en el camino ir lanzando patillas desde la parte de atrás del camión a los transeúntes incautos…

La Angola de la que mi padre me cuenta no es exclusiva de su memoria, sino compartida por la mayoría de los retornados y sus hijos, como si los recuerdos fueran una cascada que cae a través de las generaciones. Una tesis llamada “Os filhos dos retornados” de Bruno Machado recolecta testimonios de muchísimos retornados y sus hijos, así como de portugueses cuyos padres no vivieron allá. Machado llega a la conclusión de que todos los hijos de los retornados de alguna forma hemos recreado a África en nuestra imaginación gracias a las historias de nuestros padres, viviendo la experiencia de tal forma que muchos argumentan sentirse de alguna forma cultural ligados a África. En este punto es importante para mí decir que yo soy más afrodescendiente que Morgan Freeman, dejo eso ahí para la reflexión.

El componente en común de todas las historias es el mismo: recordamos una África intensamente natural y principalmente sensorial (el color rojo del sol, el olor de la tierra mojada), con mucha convivencia social, donde las mujeres podían tener bastante más libertad: trabajando junto a los hombres, yendo de cacería, andando en moto, participando de forma más activa y liberada en las dinámicas sociales de una forma en la que no podría haber pasado en el Portugal cerrado y conservador. En definitiva, una África opuesta al gris del Portugal continental. Sólo hacia el final de la historia recordamos algo de oscuridad, traiciones políticas y nombres que se desprecian en todas las casas de retornados: Mario Soáres, Rosa Coutinho, Almeida Santos, etcétera… Los que hemos sido expuestos a estas historias heredamos un sentimiento de orfandad o, al menos, una noción de pérdida.

La tesis evidencia la imposibilidad de conciliar las distintas versiones de la misma historia. Por ejemplo, una mujer de 26 años, hija de retornados, responde así cuando le preguntan sobre cómo se imagina la vida cotidiana allá:

Pienso en mucha unión entre las personas, pienso en convivencia, imagino a las personas viviendo bien, sin hambre como hay hoy. Pienso en igualdad… Mis padres tuvieron profesores africanos, los criados que eran negros eran respetados, esto por lo que oí decir. Destaco la libertad que allá tenían, más que acá con certeza, y especialmente las mujeres, incluso por la ropa que vi en las fotografías, aquella ropa de los años sesenta, las minifaldas, y acá pienso en mujeres vestidas de una manera más anticuada. Allá las mujeres salían al café, iban a todos los sitios que iban los hombres, eran vidas más libres pienso yo”.

Mientras que, ante la misma pregunta, un hombre de 24 años que no es hijo de retornados respondió:

“La idea que me viene a la cabeza es tipo apartheid, con blancos y negros no realmente separados pero existiendo segregación igual, tipo el sur de los Estados Unidos antiguamente. Pienso en blancos con posesiones, buenos carros y todo lo demás y los negros trabajando, normalmente de forma forzada”.

Y otra mujer de 25 años y que tampoco es hija de retornados dice esto:

“No veo nada de positivo, ni entiendo cómo es que las personas no tienen vergüenza en hablar de la vida en las colonias y esas cosas, porque sinceramente aquello debía ser sólo lords viviendo a lo grande y los negritos trabajando para ellos.”

El asunto de la raza es un tema complicado y susceptible a ser juzgado atemporalmente hoy en día porque es muy fácil que confundan el “pero todos lo hacían” con una defensa, cuando es la realidad: todos lo hacían. Mi padre y mis tíos estudiaron con negros, jugaron con negros, trabajaron con negros y otros portugueses en varias circunstancias fueron criados y curados por negros. Mientras que, en la misma época y en gran parte de un Estados Unidos no-colonial, al igual que una Sudáfrica no-colonial, los negros no podían comer en la misma mesa que los blancos, o beber del mismo bebedero, ir a la misma playa o sentarse juntos en un autobús. Pero al mismo tiempo en el que digo esto, también alguien podría decir que las condiciones de trabajo en gran parte de las colonias para los negros eran casi esclavistas y mientras que muchos blancos tuvieron hijos con negras, virtualmente ningún negro tuvo un hijo con una blanca. Y tendría también razón. Mi punto con esto es que es muy fácil asumir narrativas totalizadoras que sólo nos lleva a desconocer parte de la historia. Y esa es la cuestión: en esta guerra de las memorias, en la batalla por ver cómo conciliamos tantas narrativas sobre la misma historia, nos embriagamos de una voluntad totalizadora que nos lleva a sentencias morales que reducen la realidad. Esta es una manera de decir que ni todos los blancos eran explotadores, ni todos los negros eran oprimidos. O también de otra forma: ni todos los explotadores fueron blancos, ni todos los oprimidos fueron negros. Y principalmente: la vida de tantas personas no puede ser reducida a esas dos categorías, vaya interpretación marxista del mundo pensar que sólo existen oprimidos y explotadores.

 

La sangre

El 15 de marzo de 1961 en el norte de Angola comenzó para algunos la Guerra de Independencia, para otros la Guerra de Ultramar, para otros la Guerra Colonial y para todos la carnicería. Al menos 800 blancos y miles de trabajadores negros de origen bailundo (un grupo étnico del sur de Angola) fueron asesinados por la guerrilla entonces conocida como União das Populações de Angola (UPA), posteriormente Frente Nacional de Libertação de Angola (FNLA).

Debido a las lluvias (que habían sido tomadas en cuenta para escoger el día del ataque) las tropas portuguesas tardaron días en llegar a las zonas afectadas. En algunos lugares remotos se demoraron incluso seis meses en hacer rondas de reconocimiento. El escenario era el mismo en todas las haciendas que visitaban: mujeres blancas y negras desvientradas, bebés aplastados contra las paredes, hombres completamente mutilados con catanas (una especie de machete), decenas de cabezas clavadas en estacas en la tierra, cadáveres descompuestos por la humedad y el calor del trópico.

En el documental A Guerra de Joaquim Furtado, se puede escuchar a Holden Roberto, fundador del FNLA, justificar los hechos diciendo que a pesar de que no había planeado que las cosas sucedieran de esa forma, “el pueblo reaccionó y fue incontrolable”. También se puede oir a sus compañeros de la época explicando la estrategia: primero se les dice a los criados cómplices que le escondan el arma al patrón antes de que despierte para que, llegado el momento, no se pueda defender. O si es un establecimiento se le dice al gerente que quieres dos kilos de azúcar y cuando se agacha le das con la catana en la cabeza. Y si la catana no mataba a la primera, se repetía dos o tres veces. “Porque estábamos irritados con la opresión y ya no teníamos ese sentimiento de lástima”. Cuando le preguntan a uno sobre los niños muertos, dice: “No podemos decir que no matamos a esos niños… Porque la guerra no escoge”.

Portugal fue tomado por sorpresa y costó mucho para que se entendiera la gravedad de la situación, en parte porque incluso las autoridades coloniales subestimaban la escala del movimiento armado y en parte porque en el Portugal continental el régimen dictatorial de Salazar (que gobernaba al país desde la década de los 30) tenía bastante interés en demostrarle a una comunidad internacional cada vez más enfática en la descolonización africana que en las provincias ultramarinas –no colonias, insistían– se vivía en paz y armonía.

La verdad es que nadie lo vio venir y en Angola –un territorio mayor que Francia y España juntas– sólo había 1.500 soldados blancos venidos de Portugal y 5.000 soldados nativos. Tardarían meses luego de las primeras masacres en ser enviados batallones de paracaidistas y tropas especiales que se dedicarían a la contrainsurgencia en la densa selva africana. Una guerra brutal y sin descanso se lucharía en todas las colonias portuguesas durante casi quince años, produciendo muchas masacres –de lado y lado– y más de 8.000 muertos y 15.000 heridos con deficiencias permanentes sólo en el bando portugués.

El 25 de abril de 1974 un grupo de militares simpatizantes de la izquierda tomaron el poder en Portugal en lo que se conoce como la Revolución de los Claveles, derrocando la dictadura y estableciendo como su prioridad inmediata en política exterior la descolonización. A partir de ahí, distintos pactos entre el nuevo gobierno portugués y las guerrillas marcaron la pauta de un proceso acelerado y caótico.

Los líderes de las tres principales guerrillas angolanas (FNLA, UNITA y MPLA) se reunieron con el nuevo gobierno portugués para firmar un acuerdo que obligaba a la formación de un gobierno de transición y la convocación de elecciones generales para conceder la independencia. Las guerrillas participarían como partidos políticos en la elección de un gobierno democrático y el mando del poder sería entregado pacíficamente a la que ganara. El detalle es que los portugueses sabían con toda anticipación que el acuerdo era una farsa. Las diferencias entre cada una de las guerrillas (motivadas también por la participación de muchas otras naciones como si se tratara de apostar por caballos diferentes en el hipódromo) mezcladas con la indiferencia, incapacidad y mala intención llevó a que el gobierno izquierdista portugués le entregara el poder –y con él los puestos militares y parte del armamento– a la guerrilla más afín con sus intereses ideológicos: el MPLA.

Ahí comenzó la segunda etapa de la que sería la guerra más larga del continente africano, desde 1961 hasta el 2002 Angola estuvo en guerra, primero contra los portugueses y luego contra ellos mismos. Siendo un territorio rico en diamantes, oro y petróleo, Angola fue uno de los escenarios calientes de la Guerra Fría y muchos países inyectaron armas, dinero y hombres a facciones distintas. Uno de los tantos laboratorios geopolíticos donde todo el que quiso experimentó con el abismo de la inevitable condición animal del ser humano. Por ejemplo, el FNLA, los que cometieron la masacre con la que abrí el artículo, recibió –entre otros– el apoyo de Estados Unidos, China, Rumania, España, Zaire y Túnez. Estos últimos en una ocasión los armaron contrabandeando armas hasta las fronteras angolanas en 1960 a través del ejército tunecino que participaba como cascos azules en misiones de la ONU.

Los cubanos estuvieron allá, los sudafricanos también, los chinos, los rusos y los estadounidenses igual. Es difícil saber si todo eso podría haber sido evitado con una descolonización ordenada, pero lo cierto es que independientemente del destino posterior de Angola, la Revolución de los Claveles (que al igual que la Guerra Fría le debe su nombre a decir que no disparó ni un solo tiro) bien podría responsabilizarse de unas cuantas muertes. Las ideas importan, y este es uno de esos casos en los que se puede decir con total claridad que las ideologías matan. Porque algunos hombres mataron si tenían que salvar vidas humanas y en lugar de eso se pusieron a discutir la lucha de clases.

 

Volver

Al principio de la guerra, mi abuelo trabajaba en un almacén. Un día, un empleado suyo llegó confesando arrepentido un complot inminente para asesinar a los blancos de la empresa en las revueltas del 61. Había una lista con los nombres de los que iban a matar, el nombre de mi abuelo incluido. Entonces denunció el acontecimiento a la policía y varios de los involucrados fueron presos y otros murieron en enfrentamientos. Cuando mi padre ya estaba un poco mayor, se apareció en la casa uno de los conspiradores luego de pasar más de diez años preso. “Gordo, grande, como de 1,90”. El hombre levó a mi padre y varios de mis tíos al mercado a comprar pajaritos para luego meterlos en una jaula y regalársela a mi abuelo como ofrenda de paz.

Mi abuelo no lo perdonó.

Luego de la revolución en Portugal, la censura del nuevo gobierno comunista restringía los reportes que apuntaban al miedo de la población portuguesa en África. Decían, por ejemplo, que no existían riesgos para la vida de los blancos allá durante la descolonización. Llegaron a decir que sólo había una pequeña minoría de personas necias que temían perder sus privilegios y se hacían ecos de rumores y chismes. De alguna forma, la línea oficial del “todo está bien en África” de la dictadura fue mantenida, con otras intenciones, por la revolución.

Cuando comenzaron a llegar por montones y a acumularse en los puertos y aeropuertos tuvieron dificultad en encontrarles un nombre. Los llamaron africanistas, colonos, ultramarinos, repatriados, desalojados, refugiados y fugitivos, palabras que son parecidas pero que no significan lo mismo. Hasta que finalmente encontraron la palabra: retornados. Entre 500 mil y 800 mil personas serían calificadas bajo este término. Ser retornado implicaba una condición de tránsito que los acompañaría dentro de Portugal, eran personas que estaban volviendo a ser una cosa que había dejado de ser. El retorno no se acababa al llegar a Lisboa, no, el retorno continuaba. Además, tenía otra implicación semiológica: si uno es retornado pues entonces no se puede sentir africano, aunque hayas nacido allá no pertenecías ahí. Lo cual borraba la posibilidad del deseo puro y sincero de mi familia y tantas otras, que era quedarse a vivir en una Angola plural e independiente. Porque tomando en cuenta que los portugueses tenían 500 años en Angola, ¿a qué retorna un portugués nacido en allá? Y si bien el 63% de los retornados nacieron en Portugal, la proporción se invierte entre los más jóvenes: 75% de los menores de 20 años eran naturales de las colonias. ¿Por qué retorna un portugués con dos o tres generaciones de ancestros en Mozambique? ¿Por qué los medios, la oficialidad y la sociedad portuguesa les negaron el derecho de asumirse como africanos? ¿Por qué muchos siguen pensando –como vimos anteriormente– que es una vergüenza que extrañen sus vidas en las colonias?

Siguiendo esa larga tradición de las revoluciones de izquierda, la información que recibía el público portugués era estrictamente manipulada para establecer una única línea de pensamiento: 1) La descolonización era un gesto fraternal y pacífico. 2) Cualquier portugués que se sintiera víctima de la descolonización era egoísta y fascista. La Comisión Ad-Hoc para el “control de la prensa, radio, televisión, teatro y cine” se encargaba de penalizar a los medios que contradijeran la versión oficial. Dice la periodista Helena Matos que al periódico Barranda lo multaron por “poner en duda la legalidad del proceso de descolonización”Y al periódico Resistencia, en un orden de palabras que para ser revolucionario suena bastante conservador, lo multaron por “poner en duda el patriotismo de las más altas instancias del régimen vigente”. A otro de los periódicos, llamado Tempo Novo, se le suspendió la circulación durante 60 días por haber publicado un artículo que consideraban “contenía ofensas al Ministro de Asuntos Exteriores, Mário Soares”.

Mientras hacían esto también promulgaron leyes que imponían penas de dos a ocho años de prisión para aquellos que hicieran transferencias superiores a cierto monto entre los diversos territorios nacionales o compraran en divisas de cualquier otro territorio nacional. También se dificultó la exportación y salida de monedas metálicas, joyas, oro, plata, títulos de crédito, antigüedades y en general cualquier cosa que la gente quisiera poner a salvo en Portugal para asegurar algo de dinero. En el caso de Mozambique, por ejemplo, los empleados públicos no podían dejar sus puestos de trabajos y los productores no podían dar señales del abandono de sus propiedades. No los estaban forzando a quedarse, porque sabían que eso no iba a resultar, los estaban forzando a huir en lugar de irse.

Muchas familias súbitamente lo perdieron todo y fueron reducidas a la más extrema pobreza. Muchos se volvieron locos, otros se suicidaron, innumerables dramas personales nacieron de esta ruina forzosa. Hasta el día de hoy, ningún representante de la oficialidad portuguesa le ha pedido disculpas a los retornados ni mucho menos los han indemnizado por forzarlos a perder sus posesiones.

En el 75 había de todo menos tranquilidad en las colonias. En medio de rumores de que iban a atacar el barrio, de que los rebeldes ya estaban cerca, saqueando y quemando las casas mientras asesinaban a todos los que encontraban, mi familia dejó su hogar para concentrarse todos en una sola casa de algún otro familiar, durmiendo decenas de personas en el suelo de una sala con tal de salvar sus vidas.

Al mismo tiempo lanzaron una última expedición para conseguir salvar todo lo que pudieran de la casa en la que habían vivido desde hacía más de veinte años. Mi tío Antonio no sabe explicarse cómo lograron mover tan rápido y entre tan pocas personas cosas tan grandes como neveras y muebles. Atrás quedaron los perritos y todo lo que no se pudiera llevar a Portugal. Al momento de dejar la casa, mi padre con 15 años y sin saber manejar tuvo que maniobrar un camión atado a otro camión que iba adelante y en el que estaban mi abuelo y mi tío. Por encima sonaban las balas y los morteros explotaban a un lado y otro del camino de tierra. De pronto, en medio de la huida en ese convoy improvisado que tan solo pretendía salvar los objetos que representaban los retazos de una vida entera que podía ser destruida para siempre (todas las fotos familiares, todos los discos, todas las piezas que ayudaran a contar la historia de mi familia en África desde mi bisabuelo), la cuerda que ataba a los dos camiones se rompió y mi padre quedó estancado, solo, bajo el fuego cruzado. Los militares portugueses de un puesto próximo se acercaron gritando que huyeran porque estaban en medio del combate entre dos guerrillas mientras mi tío y mi abuelo volvían a amarrar la cuerda y a arrancar a toda velocidad.

Muchos no tuvieron la misma suerte. En varios lugares de las colonias el ejército portugués se retiró e incluso entregó las armas a las guerrillas, muchos portugueses mientras intentaban escapar quedaron desprotegidos y fueron asesinados. Poblaciones enteras abandonadas a su suerte, personas quemadas vivas dentro de sus carros, familias que fueron dejadas atrás para ser tragadas por un remolino de odio racial y fanatismo (un fanatismo que pensaba, por ejemplo, que las balas de los blancos eran agua y no les harían daño). Todo esto justificado por quienes les dieron la espalda bajo el argumento de que un negro con un machete tiene derecho a estar molesto pero un blanco decapitado no se puede quejar de lo que era previsible. Esta es la ética que sólo existe subordinada a la ideología, en este caso una ideología que sigue apareciendo como un brote, la que tiene décadas justificando tragedias en nombre del Poder Popular en lugares tan distantes en el tiempo y el espacio que escuchar canciones de las guerrillas angolanas es oír exactamente las mismas frases que me hicieron dejar Venezuela más de cuarenta años después.

Mi familia fue saliendo como pudo, como la gente lo hacía: en medio de vuelos humanitarios de la Cruz Roja, aviones de carga sin asientos donde los pasajeros tenían que ir parados por horas como si fuera un autobús, en buques de carga durmiendo sobre la cubierta por más de una semana en el Atlántico o cruzando hacia Sudáfrica en caravanas kilométricas por carretera. Mi tía Alice, por ejemplo, tenía dos hijas pequeñas e hizo todo el vuelo entre Angola y Portugal sin poder darle ni un vaso de agua a su hija enferma y casi recién nacida.

Los siete hermanos llegaron a Portugal en pleno invierno a refugiarse unos en la casa de la madre de mi abuelo y otros en casas de la familia extendida, al igual que la mayoría de los retornados regresaron a zonas donde tenían vínculos familiares. En pleno invierno –con esa humedad atlántica típica de Portugal–, sin tener ningún tipo de ropa abrigada, sólo camisas y jeans. Si yo, que experimenté el invierno portugués con toda la ropa que quise y calefacción, sufrí tanto, no me puedo explicar el shock físico y casi cosmológico que representó para mi padre y sus hermanos haberlo perdido todo en la guerra y llegar a un entorno tan desconocido, en medio de una aldea en condiciones prácticamente medievales y con una población nativa que los menospreciaba. Mi padre y sus hermanos dormían en colchones rellenos de los desechos del trigo, en una casa con paredes de piedra y un horno que eran dos bloques y una fogata por debajo.

Mi abuelo, que se quedó atrás para intentar enviar algunas de las cosas que había conseguido salvar, estaba desaparecido. Pasaron semanas hasta que tuvieron noticias de que estaba detenido por los propios militares portugueses. Al parecer, cuando llegó su turno de embarcar las cosas un capitán portugués le dijo que ya estaba lleno y no podía. Mi abuelo, cuyo hijo mayor también pertenecía al ejército, discutió con él. Así que lo metieron preso y sólo semanas después el resto de la familia pudo realizar gestiones para que lo liberaran. No logró enviar mucho.

Mi abuelo pasó de tener abastos y fincas a recoger papel y aluminio en las calles para mantener a su familia.

El Portugal al que llegaron –concuerdan la mayoría de los retornados–, era bastante distinto a la metrópolis que les habían vendido. 65% de Portugal estaba conformado por pueblos de menos de dos mil habitantes. El analfabetismo entre los portugueses europeos llegaba a 30%, mientras que entre los retornados era sólo 6%. 5% de los retornados habían concluido la educación superior, mientras que en la población europea sólo 2% lo había hecho. 

Les decían que eran racistas, que estuvieron allá explotando a los negros y ahora venían a robarles el trabajo a los portugueses. De manera que primero fueron blancos racistas en fuga y luego al quejarse de las injusticias y la discriminación pasaban a ser retornados resentidos. Había también otro término para burlarse de los que se lamentaban de haberlo perdido todo: “tinhas”, del “eu tinha” (yo tenía).

En la época colonial los estatutos de nacionalidad especificaban que todos los nacidos en suelo portugués eran portugueses (aunque existiendo hasta cierto momento un régimen de naturalización llamado assimilação al que sólo una minoría de los nativos accedieron), luego del cambio en el gobierno una nueva ley le negó la nacionalidad a todos aquellos que habían nacido en las colonias antes de la independencia y no podían demostrar que habían tenido antepasados de hasta segunda generación en el Portugal continental. Así, muchos retornados negros que se consideraban portugueses (y que en efecto, lo habían sido) fueron dejados sin nacionalidad por el mismo gobierno que acusaba de racismo a cualquiera que criticara el proceso de descolonización. Los militares que lucharon en la guerra también fueron víctimas silentes de este olvido poscolonial y muchos soldados negros que habían luchado en el ejército portugués y ya no podían volver a África por miedo a represalias fueron clasificados como inmigrantes y no como retornados, perdiendo cualquier derecho a las ayudas sociales posibles para retornados. 

Contrario a lo que parecía pronosticar la opinión general, los retornados ayudaron al desarrollo y rejuvenecimiento de Portugal. En pocos años la mayoría de los retornados aplicaron sus conocimientos académicos y empresariales adquiridos en África para prosperar en Portugal. A pesar de haberlo tenido todo en contra, para 1981 los licenciados alcanzarían 11% entre los retornados mientras que la población de origen continental sólo llegaba a 2,3%.

Mi familia no duró mucho tiempo en Portugal. Todos se fueron a Brasil y mi tía Alice se fue a Venezuela. Actualmente de los siete hermanos sólo tres escogieron volver a vivir en Portugal. Muchos retornados quedaron varados en el tiempo, sin sentirse completamente portugueses pero incapacitados para volver a África, entre otras cosas porque la África que ellos conocieron ya no existe, es un lugar fantasmal y preservado sólo en el ámbar de la memoria. 

Tanto de la identidad nacional portuguesa está basada en la idea del imperio, que el fin de este es relegado a un tipo de oscurantismo con muchos tabúes. Quizás a los retornados se los despreció porque simbolizaban el fin de una era, el fracaso de un sueño y fueron los últimos protagonistas del imperio portugués, desde entonces extinto para todos los demás. Así que tal vez, junto a las manipulaciones políticas, la otra razón por la cual era más fácil arrojar sombras que luces sobre los retornados era un intento o bien de amnesia selectiva con intenciones melancólicas (creer que el imperio y la era de un Portugal influyente no se había acabado) o bien de autoconvencimiento con miras al futuro (creer, por otra parte, que si olvidaban la época en la que habían sido grandes nunca se sentirían pequeños).

Hay una oficialidad a la que el colonialismo, como realidad histórica, le parece vergonzoso. Y hay otra a la que el hecho de que se haya acabado le parece igualmente vergonzoso. Esos dos Portugales aparentemente opuestos unieron esfuerzos para olvidar. Como si el gran mito que es el 25 de abril y la Revolución de los Claveles exigiera ofrendas, y uno de esos sacrificios llevados al altar es la tragedia de los retornados. Poco o ningún homenaje se le rinde a la vidas que experimentaron esta situación por parte de las personas que no quisieron ayudar ni a los que salieron de allá ni a los que se quedaron gobernados por corruptos y rodeados de minas.

La conjugación automática entre explotación y colonia borra de un plumazo cada una de las historias de miles de familias que sencillamente buscaron una vida mejor mar adentro. Además de reducir siglos de civilización a una versión de bolsillo de El Capital. Sí, Europa se construyó a cuestas de medio mundo. Pero no, no podía suceder de otra forma. Si no hubieran sido ellos habrían sido los árabes o los chinos. Estigmatizar a los retornados no es rechazar el colonialismo, porque la sociedad portuguesa no puede absolverse a sí misma de su pasado pensando que el paso de los portugueses por África fue el emprendimiento individual de unos cuantos miembros de esa sociedad en lugar del fruto de una relación histórica que todos los portugueses compartieron durante siglos con el mundo. No se puede tomar selectivamente las partes que nos gustan de nuestra historia, si quieres hablar de Fernando de Magalhães o Vasco da Gama tienes que hablar de las colonias portuguesas. Muchas veces las sociedades son mezquinas y se voltean contra sus antiguos héroes. De pronto emigrar había pasado de ser un acto normal y característico de los portugueses a una vergüenza; de pronto ya no eran emigrantes los que habían desarrollado sus vidas en las entonces provincias de ultramar, contribuyendo a la construcción de Portugal, sino que eran explotadores.

El silencio de la izquierda portuguesa ante el drama de la descolonización y los retornados es exactamente el mismo silencio de buena parte de la izquierda primermundista ante la dictadura en Venezuela. A veces parece que ganar un argumento teórico vale más que la vida de los hombres y la realidad está al servicio de la ideología, cuando debería ser al contrario. Querían creer que la descolonización se hizo bien, que le entregaron el poder a personas íntegras y que si obraron violentamente en repetidas ocasiones tan sólo habían sido corrompidas por un sistema injusto (el mito del buen salvaje de Rousseau que tanto le gusta al paternalismo europeo), querían creer que si a los retornados les iba mal en Portugal eso era justicia social. Había unas ganas muy fuertes de creer en una idea, de querer probar que se hicieron las cosas bien, que todos estaban contentos, que las decisiones correctas fueron tomadas y –como sociedad– todos estaban actuando con justicia. 

Ernesto Sabato –que en su época fue un miembro de las juventudes comunistas argentinas pero las abandonó ante los horrores del estalinismo– dice esto sobre la omisión de los valores por motivos intelectuales, en concreto sobre los intelectuales de izquierda que callaron ante las masacres de la Unión Soviética: “La lucha contra el capitalismo no debería haberles impedido el repudio de los actos que atentaban contra la dignidad de la criatura humana, cualquiera haya sido el nombre de la ideología que pretendía justificarlos”. En Portugal, la lucha contra los remanentes del aparato dictatorial y contra el colonialismo como concepto no debería haberles impedido actuar con solidaridad y empatía hacia sus compatriotas en África. 

Angola hoy en día es una de las naciones más corruptas del mundo, que acumula violaciones a los derechos humanos y ha sido gobernada únicamente por un sólo partido (el MPLA) desde su independencia. Su segundo presidente, José Eduardo dos Santos, lleva desde 1979 en el poder, y su hija Isabela dos Santos es la mujer más rica de África y una de las inversoras más importantes del mercado portugués. Es por eso que El País se refiere a ella como “Reina de África y emperatriz de Portugal“. En general, a raíz de la crisis económica europea, los inversores angolanos -la élite del MPLA- se encuentran entre los mayores propietarios de empresas en Portugal y algunos medios comienzan a titular de esta forma: “Portugal, la nueva colonia de Angola“. Naturalmente, los políticos portugueses –todos autodeclarados “hijos del 25 de abril” y que jamás mencionan los episodios oscuros de esa fecha– no critican a la dictadura africana y están completamente arrodillados ante el poder económico de los angolanos, que han comprado participaciones mayoritarias en antiguas empresas públicas de energía, telecomunicaciones y banca. Por si fuera poco, Angola protagoniza ahora su propia historia de explotación colonialista en la región petrolera de Cabinda, donde la desaparición y los asesinatos a promotores de la independencia del enclave están a la orden del día.

Desde la independencia sólo uno de los siete hermanos ha regresado a Angola. Cuando pasó por su antigua casa, más de treinta años después, vio que estaba habitada por personas que lo miraban con nerviosismo. Quizá, el nerviosismo de quienes recuerdan que tienen algo que no les pertenece, como si temieran la posibilidad de que ahora sí retornaran de verdad.