• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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“¿Se puede escribir ciencia ficción en Venezuela?”

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José Urriola escribe bastante y algunas de las cosas que escribe son ciencia ficción. Un sci-fi malandro, niche, politizado y satírico. El cuento que más me gusta de él se llama Venas plásticas y se trata sobre una selección Vinotinto que llega a la final del Mundial gracias a la tecnología cubana que los convirtió en cyborgs.

Mi conflicto es el siguiente: a pesar de que me encante la reinvindicación de un género tan alejado a nuestra tradición, siento que la realidad venezolana probablemente juega en contra de la verosimilitud de una historia de este tipo si es tratada con absoluta seriedad. Comprendo que la creación no tiene porqué servir a su contexto social, pero muchos podrían pensar que escribir ciencia ficción en Venezuela es estar desubicado casi tan gravemente como las fashion bloggers venezolanas, hablando de "outfit de otoño" en Internet y jartando mondongo en la vida real... Tomemos el caso del cuento anteriormente mencionado, por ejemplo, ¿funcionaría sin el elemento paródico, sin la vuelta de tuerca que es en sí misma la situación que plantea? Es por eso que le comenté mis dudas a José.

—¿Crees que podría funcionar ciencia ficción seria en Venezuela, o el ambiente -los buhoneros, las bolas criollas, los maracuchos- la condenan a sólo funcionar como un contraste pintoresco inherentemente irónico?

—Ciertamente la ciencia ficción venezolana -que claro que existe, lo que pasa es que no se difunde ni se suele tomar en serio- se podría dividir en dos grandes ramas:

1) La paródica-satírica (una especie de relato costumbrista burlesco pero con revestimientos/maquillajes tecnológicos o futurísticos)

2) Una ciencia ficción más dura, universal, con menos presencia del color local.

Siempre he pensado que un proceso de terraformación a la criolla (cuando un colonizador llega a otro mundo y lo adapta a las características terrícolas) el Ávila sería lo primero en ser construido en ese planeta. Y quizás no sea fácil –incluso hasta involuntario o colateral- escribir de ciencia ficción venezolana y no acabar metiendo un chiste autorreferencial, haciendo una caricatura de nosotros mismos, extrapolando desde el presente para hacer una caricatura propia proyectada al futuro. Si Stanislaw Lem -y más tarde Andréi Tarkovski- hicieron de Solaris una versión de planeta rural eslavo, y Bradbury reproduce un pueblito idéntico a los de la América profunda en Marte, y Asimov pone a la gente en otra galaxia y dentro de miles de años a fumar y beber whisky en compañía de robots, pues por qué los venezolanos no vamos a meterle nuestras intervenciones desde el aquí y el ahora a esos paisajes del futuro".

Susana Sussmann es una científica, escritora y organizadora de la Tertulia Caraqueña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror, también concuerda en dividir a la ciencia ficción hecha en Venezuela en dos vertientes, una que es “hija directa de la ciencia ficción clásica de los años cincuenta: básicamente extrapolaciones de la ciencia y tecnología en el futuro, incluyendo distopías, utopías, encuentros con civilizaciones extraterrestres, viajes en el tiempo...” y una segunda vertiente nacida directamente de “la literatura nacional, con toda la idiosincrasia venezolana, y suele explorar el futuro de nuestra propia cultura, una ciencia y tecnología acordes con nuestras necesidades, la propia cultura que nace de nuestro lenguaje tan particular, ucronías y mundos alternativos”... A Susana le había hecho la misma pregunta que a José, pero con algo más de saña:

—¿Crees que el lector venezolano encuentre inverosímil la literatura fantástica escrita por su compatriota ante el desolador peso de la realidad tercermundista?

—En el primer caso sucede que el lector es también conocedor profundo de la ciencia ficción clásica y le satisface encontrar nueva literatura que sigue los viejos esquemas. En el segundo caso no se presenta una tecnología abrumadora, así que nos sentimos más identificados con los mundos presentados. En ambas situaciones nos encontramos, además, con un fenómeno que nada tiene que ver con los puntos comunes y las diferencias entre los mundos presentados y nuestra realidad, y es que cualquier historia medianamente bien escrita debe ser verosímil. Esto es, que debe tener coherencia interna y desarrollar situaciones creíbles dentro de las premisas establecidas. Por ejemplo, yo puedo hablar de una invasión extraterrestre (la premisa) y desarrollar la forma en la que eso afecta nuestra cultura, o la forma en la que nuestra cultura afecta a ese encuentro. La coherencia interna permite que el lector pueda caer en lo que se llama la suspensión de la incredulidad, y adentrarse en la historia independientemente de su entorno real. Si no fuera así, la fantasía, otro género que está sometido a los mismos prejuicios de la ciencia ficción, tampoco tendría lectores, porque entonces ¿a quién le gustaría leer la historia de un niño que acude a una escuela de magia huyendo de esa realidad aplastante que consiste en una familia que lo maltrata? Total, la magia es algo que no está a nuestro alcance, igual que la tecnología de punta.

Tanto José como Susana (especialmente Susana) pueden llenar tranquilamente varias páginas con nombres de autores venezolanos que han escrito Ciencia Ficción. Desde Luis Britto García, a Fedosy Santaella y John Manuel Silva, sin contar los antecedentes que se remontan hasta Salvador Garmendia. Entonces, ¿por qué suena tan rara la idea del sci-fi venezolano? ¿Puede estar en el seno de la renuncia a los géneros fantásticos una especie de complejo de inferioridad? Quizá como sociedad hemos decidido abandonar esos terrenos, asumir como una verdad inamovible que cuando lleguen los extraterrestres ellos dirán en un inglés muy preciso: "Take me to your leader", porque jamás pronunciarán con sus gargantas reptilianas: “¿Quién es el papá de los helados?”.

Pero José descarta esta idea: “Un pobre diablo con el que solía discutir durante un tiempo decía, con gran orgullo, que los marcianos nunca llegarían a Caracas. Que llegaban a las grandes ciudades del mundo pero a Caracas no porque eso era muy chimbo. Es falso que los marcianos nunca llegarán a Caracas, que la nave nodriza de la flota espacial no flota sobre el valle de Caracas o sobre el puente sobre el Lago de Maracaibo… ¿y por qué coño no? ¿No es una imagen fascinante sobre la que dan ganas de escribir? Los marcianos en Caracas no morirían de gripe como los de H.G. Wells, seguramente acabarían asimilados, confundidos en el bochinche”.

Si el único requisito para que funcione este género en Venezuela es que sea escrito habilidosamente, tanto en la vertiente pintoresca como en la solemne, ¿por qué entonces tienen tan poco impacto las obras de este tipo? “Usualmente la ciencia ficción tiene relativa poca exhibición porque es un género mal comprendido”, dice Susana. “Algunas personas creen que ciencia ficción es género pulp, lectura barata de baja calidad, plagada de extraterrestres con pistolas de rayos. Otras creen que hay que saber de ciencia para poder leer ciencia ficción. Algunas incluso piensan que es un género para niños y jóvenes. Las tres percepciones son equivocadas, por supuesto. Pero la realidad es que ellas hacen del género algo poco comercial y por tanto poco visible dentro de las editoriales venezolanas”.

Gracias a Edward Snowden y Julian Assange, la gente consciente del mundo está cada vez más preocupada por lo que parece ser un inminente gateo civilizacional hacia una clásica distopía tecnológica: estaciones que filtran todas las comunicaciones en el mundo y recolectan información de manera automática sobre cada ser humano que posee una computadora o teléfono, algoritmos que redactan noticias e invierten en la bolsa, compañías de telecomunicaciones que tienen listas privadas e internacionales de morosos (así que si alguien dice que tienes una deuda en Francia y caes por error en una lista, buena suerte consiguiendo que te den servicio en España)... Y a pesar de haber perdido en gran medida el asombro ante los avances tecnológicos, el panorama que auspiciaron desde la creación de la bomba atómica sigue siendo el mismo: el gran conflicto del siglo XXI será la relación entre el hombre y la tecnología.

A nosotros, los venezolanos, este tipo de cosas nos pega menos porque en promedio, la tecnología está menos presente en nuestras vidas y, también, somos más ignorantes y nuestro ADN político nos lleva a pensar que el trueque libertad-confort es un buen canje. El que no la debe no la teme”, le diría cualquier venezolano a Snowden. Pero esto no significa que no estemos viviendo, en paralelo, nuestra propia versión de una distopía: el gobierno ha construido una red de información tan basta e interconectada, que tu número de cédula -o también, tu huella digital- sirve tanto para que una cajera de supermercado sepa si ya compraste un kilo de arroz como para reportarle al Estado cuánto gastas, es decir: cuánto ganas, o lo que verdaderamente importa: cuánto le ocultas.

Las editoriales venezolanas llevan varios años reportando que los títulos más vendidos son ensayos políticos o libros de historia. Como si quisiéramos una dosis ferviente de realidad, de hechos, de verdad (una verdad ya extinta en casi todos los medios de comunicación). Desconociendo que cualquier atisbo de reflexión concienzuda sobre nuestro futuro como especie comienza por ser, por definición, ciencia ficción. ¿Puede ser que la política haya absorbido tantos espacios en nuestra sociedad que no nos permitimos, siquiera, fantasear? Quizás no es popular la ciencia ficción venezolana porque, en el fondo, lo inverosímil no son los marcianos sino que tengamos un futuro.

"Una sociedad sin ciencia ficción y sin cómics está desamparada, desvalida, no tiene defensas contra el mal que le ocasiona la realidad", dice José. "Uno diría que nunca nos tomamos con seriedad construir ese escudo de defensa de la (ciencia) ficción, quizás fuimos víctimas de la pacatería, nos dio pudor hacerle eso a la patria, tal vez hemos estado siendo, durante demasiado tiempo, esclavos del pasado y del presente, como si no hubiera otra cosa de qué hablar, como si nada pudiera ser tan grande e importante como lo que ya fue".