• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

Al instante

Los peligros del Internet en la construcción de la identidad

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Las redes sociales están redefiniendo la normalidad, la felicidad, el amor, el éxito. Las cosas han cambiado. Ahora el pasado te sigue, la gente nunca sale de la vida de nadie, las heridas se cierran de otra manera, la sexualidad es distinta. Todo ha cambiado exponencialmente en la última década, pero igual tu mamá siempre será mía.

Sherry Turkle es una socióloga doctorada en Psicología de la Personalidad, apasionada por Lacan y Freud que ha ejercido durante décadas como profesora en el MIT, investigando la relación entre la tecnología y las dinámicas sociales. En los últimos años, Turkle se erige como una de las voces con mejores credenciales para llevar la bandera de la tecnofobia. Ha dado charlas, escrito libros y publicado artículos en los mejores periódicos del mundo exponiendo las conclusiones claves de su investigación:

1) Internet nos está alejando.

2) Internet nos está haciendo más falsos.

3) Internet nos está quitando humanidad.

Dicho así parece evidentemente extremista, pero la doctora Turkle ha puesto sobre papel como nadie más muchos de los vicios online que todos presienten. En Alone Together adquiere un tono maternal diciendo que los celulares están arruinando la habilidad para conversar, los niños ya no tienen tantas herramientas para lidiar con la vida gracias a las muletas digitales, las personas han remplazado los vínculos profundos por interacciones más inmediatas, y en definitiva: mientras mejor comunicados estamos, más solos nos sentimos. Es obvio que varios de estos enunciados son visiones apocalípticas y conservadoras, como el de asumir que cualquier vínculo de Interne es de peor calidad que uno físico. Yo he creado lazos sólidos, trascendentes y confiables. Como mi amigo Gabriel Antillano, por ejemplo, que es el responsable de que yo escriba en este periódico. No me conoce de ningún sitio, sencillamente leyó mi blog y comenzamos a interactuar por Twitter, una de esas historias de “una cosa llevó a la otra” pero sin saliva. Y es una persona a la que nunca le he escuchado la voz, pero hemos compartido nuestros sentimientos, traumas y ambiciones. Claro que Gabriel podría ser un pedófilo de 42 años que ha montado todo un ardid para conseguir fotos íntimas de mí. Pero también vamos a reconocer que Gabriel podría sencillamente no serlo, en cuyo caso esta amistad sería una bella historia de triunfo en la era de las redes sociales.

En Always-on/Always-on-you Turkle habla de la necesidad de contacto para la formación del pensamiento/sentimiento. Con la Internet creando una situación en la cual la validación externa es la que establece el sentimiento. El desarrollo del Yo se distorsiona hasta ser un “yo-dirigido-a-los-demás”. Sentimos en la medida que compartimos. Se desarrolla una percepción narcisista acerca de los demás. “In the role of self object, the other is experienced as part of the self”, dice la señora. O sea, somos cabareteras digitales esencialmente narcisistas, susceptibles a la opinión pública, y con un autoconocimiento endeble y viciado por las presiones externas. La crítica obvia a una parte de esto sería que antes no había Internet y la gente también era falsa y pantallera. Entonces por ahí no viene la cuestión. Quizá lo único que cambia el Internet es la cantidad y la rapidez con la que la falsedad es distribuida.

Un punto importante del argumento de Turkle reside en el fin de la soledad. En todo momento de tiempo muerto existe un celular, y con él, un mundo de estimulación constante. Parafraseando a Louis CK, a veces uno va manejando y de repente llega este sentimiento horrible, este “voy a estar solo para siempre”, y es demasiado como para soportarlo. La gente prefiere arriesgar su propia vida y la de los demás viendo el celular mientras manejan que estar solos por un rato. Vivimos tan conectados que nunca estamos ni muy felices ni muy tristes, solo nos mantenemos artificialmente experimentando un constante meh. Y no es mera evidencia anecdótica, en 11 experimentos involucrando a más de 700 personas, la mayoría de los participantes reportaron incomodidad al quedarse en una habitación con sus pensamientos por un periodo de solo 6 a 15 minutos.

Ya no hay tonos medios, grises, mediocridades. Y ser humano significa experimentar todo lo bueno, todo lo malo y todo lo que hay en medio de esas dos cosas. No solo ya no existe la soledad sino que ya no existe la aventura: cuando uno se pierde caminando por la ciudad ahí está Google Maps. Todo está nivelado, la tecnología nos quitó los bajos y también las cimas. Es curioso porque algo similar ha pasado en la música: se le está subiendo el volumen a todo y los melómanos se quejan de una “Guerra del volumen”. Y la evidencia no miente, incluso las versiones reeditadas de los mismos álbumes están saliendo más saturadas de volumen cada año. Se están perdiendo los matices, los espacios, los vacíos, queremos llenarlo todo de contenido. Y pienso que algo parecido está sucediendo con la manera en la que miramos nuestras vidas, construimos nuestras propias biografías y juzgamos a los demás.

Cada vez más personas estamos entendiendo que meditar tiene que ser algo que se enseñe. Tiene que haber una cultura dedicada a la instrucción de la reflexión. No puedo entender como algo tan fundamental como detenerse cada día para confrontar nuestros pensamientos se nos hace tan difícil a la gran mayoría de las personas en Occidente. Si durante las últimas décadas han tenido que enseñarnos a interactuar con la tecnología, no me queda la menor duda de que con el paso del tiempo la Internet habrá modificado de tal forma tantas actitudes humanas que las escuelas y universidades en todo el mundo van a tener que hacer reformas para enseñarnos de nuevo qué significa ser un humano.

Investigaciones han demostrado que si Facebook se usa para ver qué tan bien le está yendo a un conocido financieramente, qué tal están las vacaciones de este o aquel y qué tan feliz es un viejo amigo en su relación, esas comparaciones entre la imagen que deciden mostrar los demás y la realidad de nuestras propias vidas pueden causar envidia y llevar a sentimientos de depresión. También existen suficiente investigaciones sobre la cualidad adictiva de las redes sociales y sus efectos neurológicos. Esta, por ejemplo, argumenta que el uso compulsivo del Internet puede inducir cambios en las estructuras de recompensa del cerebro de una manera similar a la drogadicción.

El like, el retweet, los comentarios, las visitas y los compartidos son tan, tan estimulantes que pasan a ser signos del valor de una persona. Escrito de esta forma parece fatalista y exagerado, ¿pero quién no ha sentido tristeza y pena ajena al ver un selfie sin ningún like? ¿O quién no ha experimentado un tipo muy vacío –pero que perseguiremos insaciablemente hasta volver a repetir– de satisfacción al acumular retweets? ¿Quién no ha alabado en Internet una película o un libro que realmente no nos gustó tanto pero, intuimos irracionalmente, va ayudar en la construcción de nuestra identidad online? ¿Hay acaso algo más patético que cuando alguien comenta en un grupo de Facebook y abajo se ve la cantidad de personas que leyeron lo que escribió pero nadie le responde? La Internet ha alterado la manera en la que nuestro cerebro realiza juicios de valor intuitivos e inmediatos, a veces en contra de lo que diría nuestra ética si tuviera la oportunidad de intervenir.

Existe toda una economía del like, con una industria millonaria por detrás. Luego de un ligero revuelo inicial por las preocupaciones sobre la trasgresiones de la privacidad, hoy en día es habitual que muchas compañías no solo revisen las redes sociales de los posibles candidatos a un empleo sino que despidan a algún trabajador por algo que dijo, a sus “amigos”, en Facebook. En esta misma onda, el periodista británico Jon Ronson ha publicado un libro en el que investiga los casos de personas –buenas personas– que han visto sus vidas arruinadas por publicar algún comentario impertinente en sus perfiles personales. Cuando el Internet, aquella masa amorfa e infinita, decide que alguien se equivocó, el juicio de la masa es implacable y no perdona hasta lograr que te echen de tu trabajo, te deje tu esposa y caigas en prisión.

¿Entonces cómo no tomárselo en serio y cómo no tener gente triste por ahí por no cumplir con expectativas artificiales del éxito en la Internet? Viendo estos hechos, no se puede culpar a las personas por confundirse a pensar que las redes sociales son un reflejo de la realidad, y no –como todos los medios– una herramienta para la construcción de una realidad. Es un debate que el periodismo tuvo durante algún tiempo: ¿el periodismo refleja la realidad o construye la realidad?... En este caso, ¿mi perfil de Instagram refleja mi realidad o construye unas de las tantas posibles narrativas sobre mi realidad?

Es difícil encontrar un medio de comunicación que no ponga un contador al lado del botón de compartir en sus contenidos informativos. Como si el número de veces en que una noticia ha sido compartida le agregara validez al trabajo periodístico. Un nuevo vocabulario ajeno a la formación periodística ha sido introducido a la realidad del oficio: contenido viral, community managers, clickbait, personal branding, posicionamiento SEO... En fin, todos términos que en esencia sirven para realzar una cosa: Facebook y Twitter no son juegos.

Al fallar tantos modelos para rentabilizar la parte online de los medios de comunicación, el número de veces que se compartió la noticia se establece como una de los pocos indicadores para seducir anunciantes. Por lo tanto la ecuación es la siguiente: a mayor importancia tienen las veces que un contenido sea compartido menor será la libertad del periodista para escribir sobre las cosas que él considere importante. Habrá mayor presión editorial para enfocarse en noticias con potencial viral (que, casi siempre, significa banal), de la misma forma en la que ya existe una presión enorme en titular con un orden de palabras que funcione mejor en los motores de búsqueda y que, engañosamente en muchos casos, atraiga más personas en las redes sociales. Y no es para menos pues, según un informe del Pew Research Center en 2012, 70% de los links noticiosos que recibían los usuarios de Facebook eran proporcionados por sus amigos y familiares, en oposición a solo 13% de organizaciones noticiosas y periodistas. Y falta más: el PRC también ha demostrado que las noticias más compartidas en las redes sociales son aquellas positivas y felices. ¿La información bonita es la que necesitamos recibir? ¿La información que nos llega está siquiera siendo filtrada por personas preparadas para hacerlo o esto es otro paso hacia la dictadura de las masas?

Muchos de estos vicios existían de alguna forma en el periodismo desde su  fundación como oficio mucho antes del Internet. Pero mi punto es el siguiente: hay todo un mecanismo montado en hacernos creer que se es exitoso en la vida en la medida en la que se es exitoso en las redes sociales, y esto no puede terminar bien. Igual que aquel niño que entre Smarlons y Zorbergs capturó a 3 druidas dorados y llegó al ranking mundial de Morphs of Vitriolis con 5.000 plansters de crédito y sintió, por primera vez en su vida, la aprobación de sus iguales. Tan solo para despertar del trance 5 años más tarde, con 20 kilos de sobrepeso y descubrir que ninguna parte de su viaje épico cual Ulises desde una silla realmente importó.

Siendo periodista y creador es gratificante compartir las experiencias que estoy viviendo y recibir atención por ello. Pero también hay una cuota de falsedad y he reactuado sentimientos ante esa palestra de fantasmas que es la Internet. Es muy difícil no preguntarme: “¿Cómo voy a contar esto?” mientras estoy viviendo algo. Es obvio que el fin de la soledad afecta muchísimo al trabajo creativo y que a veces, al tener noción de la construcción de nuestra identidad online, podemos caer en espirales de autodesprecio y desdén. Pues, pensamos, nada es auténtico.

Como aspirante creativo, periodista, emigrante y ¿usuario? de una relación a distancia, ¿se pueden hacer las cosas de otra forma? ¿Se puede depender en tantos niveles del Internet para realizar mi trabajo, amar, crear, mantener vínculos con mi país sin asumir el coste negativo de la presencia de tanta Internet en mi vida? Mil veces he fantaseado con tirar todos mis aparatos al mar y meter mi cabeza en la nevera para olvidarme, de una vez por todas, de cualquier contacto electrónico con el mundo. Agotado, rebozado en ruido y estática. Pero esas son fantasías y nada más.

Paul Miller, periodista de The Verge, se retiró de Internet durante un año y luego regresó para contar qué tal estuvo. Miller sentía las mismas cosas que yo: que no era productivo, que faltaba sentido y significado en su vida, que el Internet estaba corrompiendo su alma. Quería ver el impacto que tenía en sus problemas ausentarse del Internet, el impacto sobre su creatividad, su productividad y sus relaciones interpersonales.

Los primeros meses de ausencia le sirvieron. Su capacidad de concentración se expandió y pasó de arrastrarse para leer diez páginas a leer en sentadas de cien en cien. Hizo deportes, perdió peso, adoptó un estilo de vida al aire libre y también se vio obligado a relacionarse con su familia de una forma más extensa y presencial. En general, parecía que había cambiado su vida por completo, era un hombre nuevo y la estaba pasando bien cuando volvió a ser la misma persona que siempre fue. “Un buen libro necesitaba motivación para ser leído, independientemente de si tuviera Internet como alternativa o no. Salir de la casa y andar con personas también requería el mismo coraje de siempre”, dice Miller, haciendo un recuento de los vicios offline que creó mientras su bicicleta y su frisbee agarraban polvo en una esquina, su lugar favorito volvía a ser el sofá y la lectura era sustituida por audiolibros y rondas de videojuegos bobos mientras su mente rumiaba en la nada

Al final, Paul suelta una perla sobre la relación entre el Internet, la vida real y la identidad:

“Mi plan era dejar el Internet y por tanto encontrar al Paul ‘verdadero’ y conectarme con el mundo ‘real’, pero el Paul verdadero y el mundo real ya existían intrínsecamente ligados al Internet. No es por decir que mi vida no era diferente sin el Internet, solo que no era vida real”.

Después de pensarlo, creo que el conflicto surge de la decisión de entender al Internet como algo aparte de la vida real, en lugar de entenderlo como una de las tantas piezas de la vida real. Una herramienta para construir nuestra experiencia vital, para explorar nuestra identidad más allá de las limitaciones del mundo físico e inmediato. Detrás de cada foto de gatos hay una cara refrescando una y otra vez la página, con la mirada vacía de una vaca, pero con alma, un alma humana. Vivir una vida renegando del Internet sería tan falso como pretender que nuestra biografía de Facebook es de verdad nuestra biografía.

Tenemos que, al menos, apuntar a ser no solo jueces críticos de la información, sino productores conscientes. ¿Realmente te gusta Frida Kahlo o solo te montas en la ola? ¿De verdad de verdad es necesario que compartas lo que opinas sobre este producto cultural en particular? ¿Pasaría algo si reservaras tu review de esta película? ¿Lo viviste en la medida en la que lo compartes? ¿Qué tal si este suceso en particular no lo cuentas en Twitter y solo lo comentas por WhatsApp? ¿Es realmente una vida irrelevante la que no cautiva audiencias?

No hay nada más triste que uno de esos pastichos de identidad que son esos jóvenes posturistas que van por las redes sociales coleccionando íconos y exhibiendo lugares comunes, amantes de cualquier músico y escritor que se vea bien fumando un cigarro en blanco y negro. El mundo ya es un lugar con mucho ruido y falsedad, intentemos no hablar desde la postura y el ego –las ganas de acumular likes, seguidores, visitas, retweets, comentarios–, intentemos siempre ser la cosa que verdaderamente somos, aunque eso no sea popular. Recordemos que si existe una moneda más devaluada que los bolívares, esa son los Internet points.