• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

Al instante

La palabra dictadura

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¿Estamos esperando que Maduro se ponga ‘Dictador’ en su Linkedin al lado de ‘previamente: chofer de autobús’ para llamar a esta mierda por su nombre?”.

Cristian Caroli.

 Los guardespaldas de los diputados del gobierno le rompen la cara impunemente a los diputados opositores, las policía política secuestra personas en las calles, se juzgan a civiles en tribunales militares, escuchas ilegales realizadas a opositores se reproducen por todos los medios públicos, los cuadros del partido de gobierno participan en ejercicios militares con las fuerzas armadas (sin contar a los paramilitares), existen listas negras con las que se les niegan trabajos en instituciones públicas y ayudas sociales a personas que hayan votado contra Chávez, los medios independientes que no son llevados a la quiebra con sanciones (recordemos el tipo de sanciones posibles: a Globovisión llegaron a multarlo por haber reportado un terremoto antes que el gobierno) o bloqueos son comprados por accionistas misteriosos que cambian la línea editorial, los empleados públicos son obligados a marchar en actos del partido de gobierno, alcaldes y diputados opositores son destituidos y encarcelados arbitrariamente, los asesinatos en manifestaciones son lo suficientemente repetitivos y sistemáticos como para ya no poder hablar de casos aislados (y se legaliza el uso de la “fuerza mortal” para reprimir protestas)... Un montón de cosas más y todavía muchos en la propia oposición se resisten a usar la palabra dictadura.

Unos días luego del encarcelamiento de Antonio Ledezma un amigo español me dijo: “Vale que hay represión, ¿pero tú crees que es una dictadura? Para mí no lo es”. Y yo le dije, ¿cómo que no? Si asesinaron a casi cincuenta personas protestando el año pasado y a los alcaldes opositores los meten presos. Pero mi amigo ya sabía todo esto y de hecho me dijo “sí, el último fue el alcalde de Caracas, ¿no?”. Pero ahí está. ¿Tiene mi amigo culpa en dudar al definir al chavismo como una dictadura? Pues no. ¿Qué culpa va a tener si cuando los opositores venezolanos hacen giras buscando apoyo por el exterior prefieren decir que esto es un régimen antidemocrático, militarista, autoritario, ilegítimo y toda la libreta de adjetivos que podría coleccionar Ramos Allup (un régimen bribonzuelo, forajido, mequetréfico, rastacuero, distópicocastrista-matemático-aritmético)? Usan todos los adjetivos menos la gran palabra por D: Dictadura.

Uno de los episodios ahora irónicos de esta postura tiene como protagonista a Leopoldo López un año antes de su encarcelamiento. En ese entonces, Leopoldo se negó a calificar al chavismo como una dictadura en el programa de Jaime Bayly en Miami:

—Leopoldo te pido una respuesta clara porque estoy confundido: ¿Chávez fue un dictador?

—No fue un demócrata, no respetó la Constitución ni...

—Sigo confundido.

—¿Cuál fue tu pregunta?

—La pregunta fue: ¿fue un dictador? Tu respuesta fue: “No fue un demócrata”. ¿Hay un espacio entre no ser un demócrata y ser un dictador? Y si hay ese espacio intermedio, ¿qué cosa sería?

—Bueno, yo te diría si lo pones así en blanco y negro: no fue un demócrata, se parecería más a un dictador que se legitimaba con elecciones...

Bayly, empecinado en sacarlo de esa zona ambigua y guabinosa, no le deja espacio para alejarse de la pregunta y profundiza:

—Una cosa es ser un dictador y otra cosa es parecerse a un dictador. Tú dices que Chávez parecía un dictador, pero no lo era.

—Gobernaba de manera autoritaria, más parecido a un dictador que a un demócrata. Evidentemente ahí hay espacios grises, porque las dictaduras en nuestra cultura y en nuestra historia en América Latina tienen orígenes distintos, no tienen un origen electoral, el origen de Chávez fue electoral, ni tampoco tienen legitimaciones permanentes en procesos electorales... Ahora, me preguntas en blanco y negro: democracia o dictadura, yo te diría que era más parecido a un gobierno autoritario.

—Pero lo que veo en ti, y también lo vi en Capriles, es que prefieren no decir que esa fue una dictadura. ¿La de ahora sí es una dictadura?

—Tienen las mismas características. Es que aquí entramos en un tema de semántica, Jaime, y creo que nosotros tenemos que tener mucho cuidado con las palabras (...) Si nosotros decimos dictador podríamos estar negando que alguien dijera “pero fue electo”, entonces tenemos más bien que calificarlo como un gobierno autoritario, irrespetuoso de la democracia y que no respeta el equilibrio de los poderes públicos. Entonces tú me dirás “eso no es democracia”, efectivamente: no es una democracia. Entonces tendríamos que dar una discusión para ver qué nombre le ponemos. Yo le pongo “un gobierno autoritario irrespetuoso de los derechos humanos”.

Corto el diálogo para pegar una de las definiciones que tiene la palabra dictadura en el diccionario: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o a veces en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”.

—Leopoldo, no sólo en tu país, en el mundo hay muchos dictadores que han llegado al poder ganando elecciones. Véase la Italia de Mussolini, véase la Alemania de Hitler... Son dictadores, son personalidades dictatoriales reñidas con la democracia. ¿Que ganan elecciones?, ganan elecciones y siguen ganándolas y concentran todo el poder y hacen todas las trampas. Pero si la oposición le dice al dictador que no es dictador, ¿entonces en qué quedamos? Le terminan haciendo un favor. No es una cuestión semántica la libertad: o eres libre o no eres libre.

Durante el resto de la entrevista Leopoldo no admite que el gobierno venezolano es una dictadura. Pero eso fue hace dos años... Desde que lo metieron preso, no le aceptaron ninguno de los testigos que citó su defensa e intentaron prohibirle el derecho de palabra en su propio juicio tiene una opinión distinta. Incluso escribió un artículo titulado “Las cosas hay que llamarlas por su nombre, en Venezuela hay una dictadura”... Supongo que a veces las “cuestiones semánticas” terminan imponiéndose sobre la vida.

Las palabras importan. El lenguaje es nuestra manera de no sólo expresar la realidad sino decodificarla e incluso crearla o al menos incidir en ella. Es por eso que no es lo mismo decir fallecido que asesinado y ocupantes que invasores. Las palabras importan tanto que las agencias noticiosas a menudo tienen reglas sobre los adjetivos que se pueden utilizar, Reuters por ejemplo no permite usar terrorista y AP inmigrante ilegal: son dos adjetivos cargados de subjetividad que no funcionan muy bien para una organización que se dedica a vender noticias a medios de comunicación con distintas orientaciones ideológicas. “Al decir algo, hacemos algo”, diría John L. Austin, teórico de la comunicación. Las palabras son, en sí mismas, acciones.

Entonces la pregunta es esta: ¿Qué razones podrían tener tantos dirigentes opositores -los principales afectados- para evitar decir que en Venezuela existe una dictadura?

He leído que en caso de reconocer que es una dictadura la oposición no podría participar en elecciones en virtud de la coherencia ética y así se perdería más de lo que se gana. Pero esto es sencillamente falso y siguiendo esta línea de pensamiento la oposición chilena no tenía legitimidad moral para participar en el plebiscito que acabaría destronando a la dictadura de Pinochet. Y además, decir la verdad no se trata de ganar o perder, la verdad es un fin en sí mismo.

Luego hay una hipótesis derrotista que dice que las personas se van a sentir apabulladas y desmoralizadas si se reconoce que la oposición lucha contra una dictadura. ¿Por qué pensar que llamar al monstruo por su nombre desmovilizaría a las personas? ¿Por qué no pensar que uniría a todos los que se han sentido atropellados bajo la bandera del bien contra el mal? Yo creo que la gente votaría más y mejor si supieran a lo que se enfrentan. No sé, no creo que llamar las cosas por su nombre sea como el momento en las películas de terror en que alguien le grita a la presencia maligna “¡Manifiéstate!” y desencadena las tragedias. En ese caso toda la gente de fe puede coincidir en que entablar un diálogo con el demonio y reconocer su presencia sólo puede terminar en que a alguien lo lancen por la ventana.

La última razón para evitar usar la palabra tiene que ver con la posibilidad de seducir a los chavistas desencantados. Ese segmento conocido como los “chavistas no-maduristas” que es el comodín mágico de tantos analistas. Luego de la muerte de Chávez, un amigo mío bromeaba con la idea de crear un chavismo escicionista de oposición, y nos imaginamos a Leopoldo López pretendiendo ser el verdadero heredero del legado de Chávez y a María Corina llorando y gritando: “¡esto no es lo que el comandante chiabe quería!”. Mi amigo insistía en que era esa la única manera de apropiarse del discurso oficial a favor de la oposición y ganarles en su propio juego. Creo que no pasó un mes luego de la muerte de Chávez cuando comenzamos a ver a varios líderes opositores haciendo más o menos eso que dijimos jugando.

Yo no entiendo de qué se trata esa estrategia intermitente opositora de insinuar que “con Chávez se vivía mejor”, pero me da asco una persona que sea capaz de omitir las tragedias de todo ese periodo para concordar con sus asesores de campaña. A eso problablemente estas personas dirán: bien, no importa, tú no eres el target de la campaña igual. Y a mí sencillamente me gustaría que los políticos de oposición tuvieran como target a la gente decente y no a esa masa abstracta que ellos condescendientemente piensan que es la gente pobre.

La propia Lilian Tintori dijo hace unos meses en una entrevista en Panamá que con Chávez no hubo presos políticos exceptuando a los detenidos por el 11 de abril. No sé si ella durante esos años en algún momento haciendo la postura de la tortuga acostada se elevó a otro plano espiritual y sólo volvió a la vida terrenal cuando metieron a Leopoldo preso el año pasado, pero por supuesto que con Chávez hubo bastantes presos políticos. En detalle, una ONG llamada Fundación para el Debido Proceso enumera a 195 presos políticos durante esos años.

Y si la reticencia a llamar las cosas por su nombre es una movida electoral para no repeler al posible voto de los chavistas desencantados, ¿es esto lo que queremos ser? ¿Podemos decir que estamos en el lado correcto de la historia cuando no tenemos ni la valentía para contar la historia como fue?

Pueden añadirle los matices que quieran, pero háganlo después de decir la palabra dictadura. Pueden decir que es una dictadura de facto, una dictadura disfrazada, una dictadura electoral, una dictadura pop, una dictadura mediática... Pero negarse a decir la palabra dictadura no es ganar votos, es bailar pegado con los que mataron a Génesis Carmona, tienen una prisión subterránea llamada La tumba y expulsaron a 1,5 millones de venezolanos al exterior.

Yo no quiero ver a más sociólogos de cafetín decir bolserías sin fundamento sobre Chávez siendo la figura paterna de los pobres y que por lo tanto la oposición debe respetarlo para atraerlos, yo quiero ver a la oposición explicando -si viene al caso- que ese tipo quebró al país y todo lo malo que pasa actualmente es su legado. Los políticos opositores que no hablan desde la realidad histórica de que Chávez fue el peor presidente de la historia moderna venezolana son los mismos que no introducen ninguna propuesta a favor del matrimonio homosexual, los mismos que se apalancan en la fe de la gente y malversan fondos públicos para ganar votos construyendo iglesias, los mismos que niegan la necesidad del aumento de la gasolina, los mismos que le piden a Estados Unidos que no congele los activos de los represores militares venezolanos y los mismos que no usan la palabra que empieza por D.

Esos opositores son, como diría Chávez, caimanes del mismo pozo al que pertenece el chavismo: seres rastreros, convenientes reptilianos con ideas y valores tan firmes como la papada de Barreto... Román Viñoly Barreto, un cineasta uruguayo-argentino nacido en 1914. En fin, los opositores que hacen caravanas de tercermundismo vestidos de Santa Claus lanzándoles juguetes a la gente desde camiones. Y es ahí donde cobran valor figuras como María Corina y Diego Arria: al menos son figuras coherentes con sus ideas, aunque personalmente la única idea que comparto con Diego Arria es la creencia de que todo hombre debe tener al menos un buen traje y que Château Margaux 1995 > Château Mouton Rothschild Pauillac 1986.

Me parece inexplicable que estando el chavismo en su peor momento histórico para gobernar consigan hacerlo tan tranquilamente, con una oposición que parece no ponerse de acuerdo para decidir a qué cosas se oponen. Uno pensaría que no podría ser tan complicado contra un presidente que en algunas encuestas no llega a 20% de aprobación y nos tiene en el fondo de un abismo más profundo y oscuro que el ombligo de Barreto... Tobías Barreto, un poeta brasilero del siglo XIX.

En fin, el punto alto de esta locura llegó la semana pasada cuando la MUD se negó a participar en la protesta convocada por Leopoldo López desde la cárcel para exigir la libertad de los presos políticos y la revelación de las fechas para las elecciones legislativas de este año. El comunicado de la MUD dice más o menos: no vamos a esa protesta porque no nos avisaron con tiempo y nos interesan otras cosas como la escasez. No estoy exagerando -mucho-, la postura oficial de la MUD parece insinuar que es mejor no protestar que hacerlo por los presos políticos, ni que Leopoldo López fuera un kilo de harina o Daniel Ceballos una docena de huevos.

Es incomprensible como alguien puede pensar que protestar divide a la oposición más que boicotear las protestas. Ojalá si Chúo Torrealba se encuentra a sí mismo preso no tenga que ver como sus antiguos colegas tildan de antipopular los esfuerzos para liberarlo. Disculpa Chúo, cosas que pasan por no ser una margarina.

Este vacío ideológico –no sé cómo más decirle– limita a la MUD a un índice de horrores, la MUD vieja de condominio: no hay azúcar, no hay leche, no hay café, secuestraron a un muchacho en la esquina, las cosas están muy caras... Es decir, la MUD existe para reaccionar en tiempos de elecciones y ante lo evidente, ante lo obvio, la MUD sin ideología y sin código de ética. Porque uno podría pensar que tratándose de una organización política un valor ético inquebrantable sería el de protestar ante la detención de uno de sus miembros. Pero bueno, supongo que piensan que Antonio Ledezma nos divide pero el champú nos une.

Para hacerlo más repelente, a pesar de haber renegado de las protestas la MUD se intentó meterse en la foto a posteriori cuando vio que fue un éxito: “Así transcurrieron las actividades de los partidos políticos y la MUD este sábado”, dice un tuit de la organización.

El término colaboracionismo es muy delicado para arrojarlo así como así, pero existe claramente una oposición acomodada que no tiene mayor urgencia en cambiar el sistema mientras ellos continúen siendo asalariados, igualito que los chavistas. Hay diputados opositores que acumularon un promedio de 94% de inasistencias a la asamblea y ahora buscan la reelección, por ejemplo. ¿Qué ímpetu por subvertir el orden establecido podría tener una persona así?

Es por eso que me parece ingenuo en el mejor de los casos y colaboracionista en el peor decir que protestar por una renuncia presidencial o plantear un camino constituyente sea ser radical, lo mismo pienso hacia quienes niegan que esto es una dictadura. En algún punto de los últimos años, todas las viejas alarmistas del país resultaron tener razón. Como si todo lo descrito no fuera suficiente muestra de la intencionalidad con la que el chavismo ha destruido el país para ganar control social, ahora le ponen más leña a la paranoia: el narcoestado, la vigilancia de las redes sociales, los millonarios tentáculos del chavismo en el exterior... Algunos todavía no se dieron cuenta de que llegó un día y sencillamente la realidad venezolana se puso Marta Colomina. Ya está.

La idea de que Venezuela todavía es una democracia pero disfuncional resulta una máquina de humo conveniente para los que aspiran a ganarse la vida ocupando pequeñas parcelas de poder y sus salarios: concejales, diputados, alcaldes, jefes de partidos, gobernadores... Cada vez que ellos digan que Venezuela no es una dictadura sino un estado totalitario o un régimen antidemocrático, sepa que le están vendiendo humo para que usted vuelva a votar por ellos una vez más. No van a cambiar al país, pero capaz le arreglan la acera.

Si usted piensa que el papel de la oposición es arreglar las aceras que el gobierno le permita, adelante. Pero si piensa que deberían proponerse metas mayores, cada vez que uno de sus miembros diga “régimen antidemocrático” envíele la definición de dictadura en el diccionario.