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Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

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Mi nombre es Mauricio Andrés Gomes Porras.

Mauricio es un nombre serio, pero con la ventaja de sus diminutivos: Mauri, Mauro, Mau. Es una buena opción para alguien como yo, que alterna entre la seriedad y el ridículo. Andrés es un nombre elegante, corto, conciso. Símbolo de una persona divertida y pragmática. Su único defecto es que es muy común, a menudo tiene que usar otro nombre como muleta. Pero en general, esta mezcla, Mauricio Andrés, está bien. Casi nunca me siento Andrés, pero cuando lo hago significa que las cosas están saliendo bien.

Me identifico muchísimo con mi nombre, encaja con mi personaje en el mundo precisamente porque me hace pasar por situaciones ridículas. En Venezuela, siempre escriben mal mi primer apellido. Tengo muchos diplomas y certificados en los que soy un Gómez o algunas otras variantes raras como Gómes. Pero la equivocación más grande que alguien jamás cometió con mi apellido la hizo un tipo que le había dado la vuelta al mundo en una Hummer. Yo era un niño, estaba con mi papá en un evento de carros rústicos y había una cola infinita de niños para que este señor les firmara sus afiches de la Hummer amarilla. Me metí también en la cola y cuando llegó mi turno ya estaba preparado para que no se equivocara en mi apellido, como todos lo hacían, pero sucedió...

—¿Cómo te llamas?

—Mauricio Gomes, con S.

¿Mauricio Gomes con S, estás seguro?

—Sí.

Me firmó mi cosa y luego me fui a casa emocionado. Cuando lo pegué en mi clóset me di cuenta:

“Para Mauricio Gómez con S”.

En Portugal, el problema fue mi segundo apellido. En los países lusófonos, los apellidos se ordenan al revés, de manera que el primero es el materno, entonces el que usan al llamarte es el segundo. Lo cual significa que yo era Mauricio Porras, y porra en portugués significa varias cosas y ninguna de ellas buena. Porra es semen, pene, exclamación de desastre como fuck y adjetivo todo abarcante como nuestro vaina. Que te llamen “Mauricio Porras” por los altoparlantes de un hospital es una experiencia bastante divertida para las enfermeras, el resto de la sala de espera y el propio doctor. Ni qué decir de las risitas en otros contextos serios y que involucran plata y contratos, gracias a mis antepasados canarios por darme un apellido que rompe los hielos portus.

Un nombre es más que una etiqueta, es una declaración de principios. Al poner un nombre los padres no escogen una etiqueta, sino que prefiguran una identidad. Existe una teoría llamada determinismo nominativo y dice que los nombres que cargamos condicionan nuestras profesiones, roles sociales e incluso carácter. Esta creencia tiene raíces ancestrales y algunos estudios parecen confirmar en mayor o menor medida esta frase: Nomen est omen, nombre es destino.

Yo no creo en eso, pero sí creo que hay ciertos nombres que ayudan a ejercer una profesión y ciertos otros que la dificultan. Osorio, Chacón, Matute, son apellidos de policía o militar, de hombres que dicen la frase: “No nos engañemos, señor Gomes, aquí todo es plata”, mientras sonríen. Mi amigo Javier Lara, que trabaja en Maiquetía, me dijo que conocía a un piloto de apellido Aires. Y por otra parte, hay nombres que son bellos juegos irónicos, como mi amiga Linda Guerra –profesional del derecho y fanática de la diplomacia, para mayor contradicción–. También sé que existe un chamo llamado Bernardo Aceituno. Desconozco a qué se dedica, pero de más está decir que el señor Aceituno nunca podrá ser un poeta o alguien que se dedique a la palabra escrita, lo siento Berni pero en esta orilla del río somos cretinos precisamente con esas cosas.

Mi mezcla de apellidos ha terminado por coincidir con mi aparente destino: no encajar, destacar como una curiosidad del paisaje. Un Gómez pero en portugués seguido por un Porras que es inapropiado decirlo en portugués. De alguna forma parece que mis apellidos pronosticaron mi condición de extranjero, incluso en mi propio país. Como si mi nombre me estuviera diciendo que sin importar dónde vaya, solo pertenezco al mundo que llevo por dentro.

Nombrar es empatizar. Para encariñarnos con algo tenemos que ponerle nombre, como las mascotas o los apodos de nuestras parejas. Lo primero que hacemos al querer a alguien es darle un nuevo nombre. Es por eso que cada vez que nos tratan por un número nos parece deshumanizante. Los números son vacíos, infinitos, reemplazables. Tener nombre ayuda a nuestra ilusión de permanencia y significancia. En cambio, ser un número nos confronta frente a la espantosa realidad de que somos 7.000 millones de personas sobre la tierra, y ninguno de nosotros importa tanto como pensamos. Por eso a veces nos pica compartir nombre con otra persona.

Acepté la adultez de la forma en la que la hacemos los jóvenes de ahora: abriéndonos un perfil de LinkedIn e Infojobs. Me trabajé mi perfilcito, creé mi CV desde cero, me esforcé como nunca para seducir al neoliberalismo. Luego de largas noches de esfuerzo, me busqué en Google para ver si mi nombre aparecía bien rankeado, y entonces grité del espanto... No solo mi perfil de LinkedIn no aparecía en la primera página, sino que el resultado que salía era el de un otro yo: Mauricio Gómez Porras.

No lo pude creer.

Atónito, entré en su perfil. No tenía foto, contactos, ni mucha información... Ahí lo vi todo claramente: este perfil lo crearon para hacerme daño, lo habían montado mis enemigos. ¿Qué enemigos? No lo sé, la KGB, Antonio el Andaluz o el tipo de la Hummer. Los periodistas cosechamos muchas enemistades, nuestro único amigo es la verdad. No podía dejar que este tocayo fantasmal me quitara el pan de la boca. Hice lo único que podía hacer: gritar por mi ventana a las 3:00 de la mañana y denunciar el perfil, marcando la casilla de “falsa representación” y escribiendo mi mensaje: “Este perfil fue creado para perjudicarme”.

No lo voy a permitir, compañero. No señor, mi nombre es mi cruz y mi destino, no venga usted a gozarse todos los beneficios de esa mezcla sin ninguna de las desventajas. He sufrido mucho para que ahora venga alguien a quien nunca le escribieron mal su primer apellido ni se burlaron del segundo a casi robarme el nombre.

Mauricio Gómez Porras te estoy hablando a ti:

Te voy a encontrar.