• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

Lo que hago importa

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Una vez le preguntaron a Rupert Thomson, un escritor estadounidense, cuánto tiempo había tardado escribiendo su último libro, y él contestó que 3 años. Pero luego, pensando con detenimiento, se dio cuenta de que podía decir la cantidad precisa de horas que había gastado en escribirlo, pues llevaba un registro de cada día que pasó escribiendo... La respuesta exacta era: más de 6.000, solo, encerrado en una habitación. Y lo volvería a hacer una y otra vez, alejándose en cada ocasión de la vida... ¿Por qué está dispuesto alguien a hacerse eso?

Porque está convencido de que lo que hace importa.

Crear requiere observar a los otros seres humanos, amarlos incluso, pero exige soledad y encierro. El truco es que la soledad que necesita el artista no significa alejarse de la vida. Porque la vida en la que se mete, aquella de sus creaciones, está todavía más viva que de la que se abstiene. Y, además, en su aislamiento está intentando tocar una fibra profunda y colectiva que no podría encontrar si lo hace acompañado. No significa que el arte es un substituto de la vida, no. ¿Si no se vive nada qué se puede crear? Pero el oficio creativo, la tarea artesanal, requiere soledad. Entonces, a veces hay que alimentar la ilusión de que la vida que se crea es más importante que la vida de la que nos alejamos. Y lo hacemos, porque necesitamos decirnos que lo que creamos de verdad importa. Y hasta cierto punto, lo creemos. ¿Qué habría sido de nosotros sin las obras que nos moldearon hasta lo que somos ahora? ¿Sin esos primeros destellos de plenitud que nos guiaron hacia nuestras vocaciones? Todos de alguna forma terminamos siendo las creaciones ajenas que nos gustaron.

Pero a veces el cinismo golpea y desconfías de lo que estás haciendo. Todo te parece mucho esfuerzo para crear algo tan intangible, todo lo que creas te parece malo y lo odias, te sientes una farsa, y te das cuenta de que sigues sin hacer un centavo por tanto trabajo; porque los oficios creativos están condenados a circunstancias profesionales malísimas, porque el trabajo creativo suele tener un valor inmaterial y todos se aprovechan de eso. El creativo no es un comerciante que vende algo con pleno conocimiento de cuánta materia prima se gastó en hacerlo; no hay muchos barómetros tangibles para ponerle precio a su producto... Si me tardé diez años escribiendo un libro de cuatrocientas páginas, ¿cuánto valen esos diez años? ¿Cuánto valen esas cuatrocientas páginas?

Pero no es un asunto de dinero, no, es un asunto de sentido: de repente, crear ya no tiene sentido. Pronto ni los reconocimientos se siente igual en tu ego (el absolutamente vital ego del creador). ¿Por qué la gente se ata a un oficio que lo obliga a batallar contra sus propios demonios y enfrentarse una y otra vez con su propia conciencia? ¿Por qué hacer arte? ¿Por qué voy a crear algo para Internet si va a ser devorado casi instantáneamente por la vorágine de información? ¿Para qué voy a seguir poniendo la creación como norte y prioridad, si casi siempre da solo insatisfacciones a cambio? ¿Por qué voy a gastarme 6.000 horas en escribir? Qué sentido tiene si igual te vas a morir, si el sol va a explotar y todos los soportes blandos como el papel van a desaparecer, si lo único que conservamos de las ruinas de Pompeya son barros y cerámicas, si se quemó la Biblioteca de Alejandría y se perdieron siglos de historia humana y la vida continuó como nada...

Porque, cuando estamos mal y la vida carece de sentido, nos cruzamos con una obra que nos hace aspirar a algo, que nos hacer recordar la grandeza que puede salir de las manos de otro hombre. Y de pronto, ya no estamos tan mal. Admirar la obra de otro compañero náufrago, de otro pequeño ser humano como uno, es algo casi divino... Es como cuando vi la primera peli de Spiderman siendo niño. Recuerdo que luego de verla mis papás nos llevaron a McDonald’s y yo iba en el asiento de atrás intentando dispararle telarañas a las cosas, concentrando toda mi fuerza mental en eso... Ahora creo que mi último Spiderman es F. Scott Fitzgerald, y la telaraña que quiero replicar es la ligereza de su prosa en El gran Gatsby... Tiene una pluma tan liviana, tan carente de pretensiones, tan al servicio de la historia y llena de una elegancia perdida en el siglo pasado... Fitzgerald puede flotar, ese es el superpoder con el que sueño ahora. Aspirar a crear algo bello, en muchas mañanas malas, es motivación suficiente como para seguir levantándose.
Rodrigo Amarante definió el oficio creativo de la manera que más ha calado en mí: una relación entre el caballo y el caballero. El caballo es la obra bruta, la imaginación sin riendas. Mientras que el caballero es la mano firme que lo disciplina, aquel que guía el impulso animal y lo tiñe de intenciones para hacerlo llegar a un lugar. El caballo responde a un génesis místico y espontáneo, como si mágicamente te estuvieras robando la luz de un poste celestial. El caballero responde a la experiencia, el estudio y la intención consciente. El objetivo del artista es conseguir en cada pieza el perfecto equilibrio entre caballo y caballero, desdoblarse en esas dos figuras y aprender a crear tormentas dentro de vitrinas.
Naturalmente, eso implica cierta deshonestidad en la creación, pues todo aquello que parece visceral y espontáneo ya fue revisado una y otra vez por el artista. Precisamente en eso consiste su valor artesanal: el maestro golpea una y otra vez la piedra, pero en la escultura final no se distinguen cuántas veces ni dónde le dio con el martillo... Fitzgerald le pega suavecito a la piedra.

Fernando Pessoa decía que “el poeta es un fingidor, que finge tan completamente, que llega a fingir que es verdadero el dolor que en verdad siente”. Es decir, crear es tan solo recrear.  Porque para crear no hay que sufrir, hay que entender el sufrimiento. Y por eso también creamos: porque nos ayuda a reconstruir la realidad. Creamos para otorgar sentidos. Cualquier circunstancia que se nos escape de las manos es destruida y reconstruida bajo nuestros propios términos, en nuestros dominios, a nuestra manera... A mí, por ejemplo, me creció un caparazón que me asegura que encontraré una forma de transformar todos los momentos difíciles en cosas que funcionen. No en algo bueno, ni algo feliz, ni algo rentable, no: algo que funcione. Algo que le sirva a los demás y que me sirva a mí para decirme que después del diluvio al menos salí con una paginita escrita.

Hay muchas maneras de dejar una marca en el mundo, pero hacer arte es otra cosa. Crear es eternizar cómo se sintió para ti la experiencia humana... ¿Acaso hay algo más grande que eso? Ciertamente, no todos sueñan con crear una obra, pero todos necesitan creaciones. Un país donde no existieran humanistas sería un país lleno de puentes que no van hacia ningún lado, con gente queriendo llegar más rápido para hacer nada en especial, para vivir vidas que no los conmueven en una tierra sin contenido y que tan solo existe en un plano tangible y concreto.

Envidio al pragmático que tiene un oficio en el cual no necesita beber agua de un grifo casi místico para hacer bien su trabajo, pero prefiero el mío. Necesito al doctor para que mi cuerpo me deje seguir escribiendo, y el doctor necesita leerme para recordar que la vida es más que los problemas del cuerpo. La vida del doctor está vacía sin la mía, la mía no es posible sin la suya. Nos necesitamos, nos apreciamos, funcionamos... Pero desde el peón del campo hasta el abogado de una farmacéutica, todos existen en torno a canciones, escenas y párrafos... Una vida sin discos, sin películas, sin libros, sin series de televisión, sin pinturas, sin fotografías, sin el corazón humano puesto en bandeja... Una vida sin nada de eso, ¿sigue siendo vida?

Imaginen qué triste una vida en la que nadie mira hacia atrás, nadie recuerda sus raíces porque no dejamos nada, no hay registros, no hay soportes materiales, no hay nada que nos sobreviva... Ahora imaginen todo lo que conoceríamos sobre nosotros mismos y la cantidad de problemas que se hubiera ahorrado el mundo si todos tuviéramos creaciones de nuestros tatarabuelos, que retrataran sus experiencias y lo que podrían habernos enseñado. Imaginen los nacionalismos y las guerras fratricidas disolverse en un baúl lleno de cartas escritas desde las bodegas de los barcos.

Creamos para que no nos olviden. Todos los creativos queremos ser Prometeo, robando el fuego de los dioses. No todos lo lograremos, ciertamente, pero todos lo intentamos, y por ese intento es heroico nuestro viaje. Es más una cuestión de trama que de desenlace: no importa si se alcanza o no la inmortalidad, sino la pasión con la que se vivió en su búsqueda. Crear es la única forma que tiene el humano de acercarse a la divinidad. Y todo creador consagrado es un semidios, que resiste el paso del tiempo y se acerca a la inmortalidad, así de fuerte. Hay tantas vidas que con el paso de dos generaciones estarán condenadas al olvido, tantas vidas ricas y enormes, importantes y vitales para nuestras existencias... Nuestros tíos, nuestros abuelos, nuestros muertos, todo lo que no nos transmitieron nunca será recordado. Todas sus memorias y sus voces se perderán inevitablemente en la espiral del tiempo.
La vida solo puede ser explicada a través de historias. No es la ciencia la que le da sentido a nuestra condición humana, no... Lo que intento decir es que si Breaking bad hubiera existido durante la adolescencia de Pablo Escobar las cosas hubieran salido mejor para Colombia... Cuando se trata de sentir lo que significa ser humano aprendemos más de las enseñanzas de Tony Soprano que de cualquier libro de biología o física. Y eso es porque el arte nos permite vivir a través de los demás, entender a los demás, romper las odiosas barreras entre ellos y nosotros... El arte nos hermana. Nos permite vernos reflejados en lo que el otro creó y experimentar una de esas raras ocasiones en las que las comparaciones sirven para acercarnos y no para establecer la línea entre lo propio y lo ajeno.

Lo que creamos importa, porque crear es compartir y lo que no se comparte se pierde. Crear es reír, llorar acompañado, dejar legado y aspirar inocentemente a algo más. Como el caracolito que deja su rastro en la hierba, esperando que otro siga o retome su camino y este pueda haberle sido útil. Crear es un acercamiento al otro, es tender un puente esperando que alguien lo cruce. Reconocerse en el otro es sentirse acompañado, y más que eso: defendido. Porque incluso si los dos están sufriendo, al menos ahora sufren juntos. Lo que sea que te está pasando también lo sintió otra persona hace doscientos años. No estás solo en este planeta y puedes tener una conversación con los compañeros náufragos que te precedieron, porque ellos dejaron algo en el barco... Algo que hicieron para hablar consigo mismos, para hablar contigo, para hablar con el universo, para otorgar sentidos.

Todas las mañanas frente a un espejo, Ingmar Bergman se repetía a sí mismo esta frase: “Lo que hago importa”... Y luego salía a hacer películas.