• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

El cretino Antonio

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Los pequeños patanes del día a día, los cabrones de mala entraña. Mezquinos, sin solidaridad, sin humanidad. Aquellos que esperan una equivocación para lanzarse sobre ti amparados bajo la excusa de hacer las cosas bien. Porque los cretinos siempre creen tener la razón. Nunca un cretino dudó sobre si lo que hacía era justo o correcto, no: los cretinos siempre creen que actúan en nombre de la justicia, o más bien de “lo correcto”, que es otra cosa.

Mi primer cretino en España fue mi primer casero y compañero de piso. Vivir con tu casero puede ser problemático, especialmente cuando tu casero es Don Cangrejo. Haciendo el cuento corto: no tardé ni una semana en darme cuenta de que para él (Antonio), yo no era su compañero de piso, sino su maquinita de hacer dinero. Antonio era arquitecto, andaluz, tenía un buen trabajo en una compañía de ingenieros y es la persona más miserable que he conocido.

Conseguí a Antonio y su apartamento (un apartamento en el cual él era también inquilino, pero subarrendaba, algo que es ilegal en España) por Internet, en una de las tantas páginas de pisos compartidos. Se ofreció a acompañarme del aeropuerto al apartamento, pero me parecía tan servicial que me dio desconfianza. Así que preferí ir con otra venezolana al apartamento, a manera de escolta. Cabe destacar que no le había visto la cara a Antonio sino hasta que le pedí una foto, apenas un día antes de viajar. Mi desconfianza de venezolano, sin embargo, demostraría estar en lo cierto.

En honor a la verdad, ya había decidido mudarme antes de saber que Antonio era un cretino. Decidí mudarme probablemente al segundo día de llegar allí. Llegué abrumado y con un sentimiento muy fuerte de abandono, pero sí que había razones externas para sentirme así. El apartamento vino con sorpresitas: en lugar de ser un cuarto piso, en realidad terminaba siendo algo parecido a un séptimo u octavo piso, porque además de ser dobles las escaleras había un piso entre la planta y el primero que no contaban (acá le llaman principal). No había ascensor, había una polea gigante colgando entre las escaleras, la pintura era como de bunker de la Segunda Guerra Mundial y todo el ambiente era pesado y lúgubre. La ventana de mi cuarto, aquella que se veía en la foto de Internet, daba hacia un espacio interno del edificio. Nunca entraba luz directamente y tenía una preciosa vista hacia las cañerías y el moho de la columna vertebral del edificio. Y luego, el detalle mayor: el baño. Lo que en las fotos de Internet parecían unas paredes en realidad eran persianas, porque el baño no era un baño sino que era un balcón. Quiero decir, construyeron el baño en el espacio que originalmente era el balcón. Antonio me explicó que el edificio era tan viejo, de hace unos doscientos años al menos, que antes solo había un baño comunal para todo el bloque, pero que poco a poco con la modernidad cada propietario fue construyendo su baño, y a nosotros nos tocó en el balcón. Hágase usted la imagen de un venezolano pequeño y barbudo temblando del frío mientras se baña en un balcón a dos cuadras de la Sagrada Familia. Todo muy europeo.

Antonio se dio cuenta de que estaba buscando pisos para mudarme y comenzaron las pasivo-agresividades varias. Notitas con mi nombre subrayado en rojo tres veces diciéndome que limpiara las hornillas de la cocina y un carnaval interminable de cambios de ánimo que le valieron el apodo de “la Princesita” entre mis amigos de Venezuela.

Antonio llegó a criticarme cómo cocinaba la carne. Siempre, entre mis despistes y apuros, cocino sin mucha previsión, así que saco la carne directamente del congelador. En caso de haber microondas (que no era el caso) la pongo un minuto y luego la paso al sartén. Siempre se cocina rápido. Un día, Antonio me ve cocinando y me dice “no creo que sea bueno cocinar la carne así”. Yo le digo que no se preocupe, que la cocino bien y no queda cruda. Me dijo, con cara compungida y preocupada, que lo iba a revisar en Internet. Me pareció simpático su interés paternal en mi alimentación. A los diez minutos, Antonio volvió y me dijo: “Última vez que te dejo cocinar la carne así”. Cuando le pregunté por qué, contestó: “Porque gastas el triple de gas”... Allí entendí su preocupación.

El alquiler que le pagaba incluía los servicios. Luego entendería, por ejemplo, que servicios para Antonio solo eran agua, luz y gas* (*más o menos, ¿no?). Al momento de pagarle le dije: “Aquí está el dinero, si me voy antes de que termine el mes tú regrésame cuanto creas correcto”. Y él cambió su cara y sin mirarme, casi con asco, me dijo: “Yo soy un hombre de palabra y no necesito repetirte las cosas cuatro veces, no necesito más muestras de desconfianza”. Claramente, alguien se estaba tomando bastante personal el hecho de que no me gustara su apartamento. Y entonces me dijo con su voz de García Lorca y una mueca de decepción asquerosa: “¿Y el interné?”. Otro bonus de sorpresita. Pagué 15 euros por un Internet que no me llegaba al cuarto. En mi segundo día medio llegó, pero tenía que dejar la puerta abierta y sentarme casi en el pasillo. Qué horror hablar con tu novia llorando en pleno pasillo, qué horror pagar 15 euros por eso. Gracias Antonio.

Al momento de mudarme, estaba en una situación inmobiliaria complicada. En el otro piso, solo podía entrar a la que sería mi habitación el 1° de noviembre, pero tenía que salir de donde Antonio el 31 de octubre. Así que le pregunté si podía quedarme la noche del 31 hasta el 1°, y me dijo que no. Le insistí en que le estaba pagando un mes completo y solo había llegado el 3 de octubre. Me dijo que no. Pero no tardó en abrirme una opción: me podía quedar esa noche, pero no me iba a cobrar a precio de mes, sino a precio diario. ¿Qué significa esto? Que me iba a cobrar 20 euros por una noche.

A todas luces, ya era una sanguijuela despreciable, pero apenas estaba comenzando. Una hora después, despertó de su sueño, pasó por la sala camino al baño y me dijo: “Oye Mauricio, que lo he pensado y creo que lo mejor es que te vayas el 31. Que te vayas cuando acordamos. Yo ya he hecho muchos sacrificios (¿?) y soy un tío muy bueno y te tienes que ir”... Entonces le pedí que me dejara quedarme en el sofá. Me dijo que no. Le ofrecí pagarle para que me dejara dormir esa noche en el sofá. Me dijo que no. Me había, preventivamente, botado de su casa dejándome claro que “él era un tío muy bueno”; ¿ven? Los cretinos siempre creen que son los buenos.

La noche del 31 la pasaría en el sofá de un recién conocido colega mexicano que me ofreció su hospitalidad. Mientras que, todavía donde Antonio, llegó la chica que iba a ocupar mi habitación. Antonio, para lucrarse un poco más mientras yo no salía del cuarto, decidió dormir en la sala y así alquilarle su habitación a esta chica. Primera vez que conozco a alguien tan sediento de dinero que está dispuesto a dormir semanas en un sofá en su propia casa solo para ganar un poco más de dinero. Con el tiempo me hice amigo de la chica y estaba sorprendida de que Antonio fuera así conmigo. Eventualmente la chica me ofreció dejar una de mis maletas en su habitación mientras yo dormía en el sofá del mexicano y luego venía a buscarla cuando ya estuviera mudado a mi nueva habitación. Así yo no tendría que andar de peregrino con dos maletas enormes por toda Barcelona.

El 30, estoy empacando y Antonio pasa por mi puerta. Le comento que voy a dejar una maleta porque esta chica me lo ofreció y que vendré a buscarla prontamente. Antonio, alias la Princesita, se volvió loco. Me dijo que tendría que haberle pedido permiso a él, que no importa si ella concuerda, porque ella puede tener que la habitación es suya pero en realidad el piso es de él y él le cede la habitación. “Me tenías que haber preguntado a mí”, insistió dos o tres veces. La cara que tenía mientras me lo dijo era la misma de decepción, como si le acabara de hacer algo malo. Entonces le pregunté: “Bueno, ¿puedo dejar mi maleta aquí y vengo a buscarla pasado mañana?”, a lo que respondió: “Hombre, no me lo preguntes así”, con una cara casi de fastidio ponzoñoso que podría ser pintada así: >:/

Eventualmente accedió a que dejara la maleta. Y luego, dentro de unos diez minutos, pasó por mi puerta y me dijo sonriendo: “Éxito con el máster Mauricio. Mucho ánimo, suerte, ánimo”... De nuevo lo repito: los cretinos creen que son los buenos. Pasé la madrugada de Halloween con el mexicano, sin dormir pero en su sofá, sintiendo que había conseguido una barajita más para mi álbum de emigrante Panini: dormir en el sofá de un mexicano.

Al despertar, la chica que se quedó con mi maleta me llamó: “Antonio no me dejó pasarme a tu habitación, dice que me la quiere entregar limpia, durmió él con tus maletas encerrado. No las puedo pasar a su habitación tampoco. Hoy las ha sacado a la puerta de la casa y hay una vibra muy rara, creo que es mejor que vengas a buscarlas y finiquitar con él todo”. El mexicano me dijo “No wey, si ese man durmió con tus maletas es porque les metió mano”. Yo la había dejado con candado, porque soy venezolano, pero igual... Salí escoltado por el gendarme bajacaliforniano y al llegar al edificio, tan pronto como la chica me abrió por el intercomunicador, sentí una presencia detrás de nosotros: era Antonio. Los tres subimos en la fila india más silenciosa de la historia aquellos ocho pisos. La maleta estaba normal.

Me gustaría cerrar este artículo diciendo que Antonio obtuvo su merecido y que en un monólogo rampante le dije sus cuatro verdades. Pero no fue así. Nunca estuve, tampoco, en posición para hacerlo. Así que me quedé con esta rabia y sigo hablando de ella dos meses después. Así que, si usted viaja a la ciudad de Barcelona y es maltratado por un andaluz doblecara llamado Antonio, por favor hágalo por mí.