• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Los artistas son todos locos

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Hay un momento en la vida en la que se vuelve necesaria una dimensión espiritual, algo que es mucho más complejo y a la vez mucho más simple que una afiliación religiosa. Creo que, durante ciertos momentos, podemos renegar de cualquier cosa que no sea biología y carne, hasta que la vida misma te exige arrodillarte ante las tantas otras cosas que no tienen ni explicación ni sentido material.

Parece que las personas con más dinero en algún punto se inclinan hacia la búsqueda de lo espiritual. Curiosamente, lo mismo hacen las personas con menos dinero. Cuando lo material se da por sentado porque abunda y cuando se da por sentado porque nunca vendrá estas personas se tocan como dos puntos opuestos al principio y el final de un círculo. En todo caso, lo espiritual surge como oposición a lo material, o como dije en otra ocasión: lo espiritual cobra sentido cuando lo material lo pierde.

Lo material pierde sentido cuando llega la muerte y lo que era un organismo vivo con el que creamos recuerdos ahora está en una bolsa de basura descendiendo a la tierra. También cuando la cosa que experimentamos más vividamente en el día fue un sueño. O cuando aquello de lo que carecemos se resiste a ser nombrado. En fin, cuando la experiencia vital se impone a lo grande sobre nuestros sentidos. Y si de algo se trata la labor artística es de recrear ese tipo de experiencias, o al menos a eso apunta la ficción. Un retrato de la vida entre las capas de un libro, un tipo de sensación específica a través de la luz y la música; son simulacros de vida, o como le dice un profesor al cine: “Experiencias mejoradas de vida”.

Qué es el gran arte salvo un intento de conectar con lo sublime, y qué es lo sublime sino la idea de un dios benevolente. Por eso se dice que las grandes series, películas, discos y libros tienen su propio mundo, porque el trabajo de los autores es precisamente el de los dioses: crear mundos. Mundos más grandes, mundos más pequeños, mundos absolutos y con muchas voces o mundos enteramente conformados por dos personas en un cuarto. Así que el acto de crear debe ser encarado también como un asunto espiritual.

Creo que para ser artista la religión es irrelevante, pero la fe es imprescindible. ¿Cómo batallar contra la precariedad de una carrera artística si no se cree en lo que se hace? Las películas tardan años desde su primera concepción antes incluso del guión hasta su estreno en las salas de cine, cuando vemos a directores no consagrados hablar de sus películas recién estrenadas en realidad los vemos defender una idea que tuvieron hace seis años y filmaron hace dos. ¿Cómo cargar con tantos años de proyecto inmaterial a menos de que se tenga fe? Aunque al menos en el cine llega un punto en el que se convierte completamente en un proceso colaborativo y la figura del autor-director se apoya –o diluye– sobre los demás: el productor, los coguionistas, los actores, los técnicos, etcétera... Es decir, al menos en el cine la manera de concretizar la idea del autor no es solitaria, sino que es una locura compartida y hay gente que puede atestiguar que estás creando algo metódicamente.

En cambio las grandes novelas pueden significar que durante cinco años de la vida del autor él tendrá que contestar todas las navidades a la pregunta: “¿Y cómo va el libro?”, sin tener nada más honesto para responder que “está tomando forma”. Y la mayor parte de la gente pensará, como es natural, que se está autoengañando en un abismo de ocio, Nutella y ron. Tampoco estarán equivocados, porque sin ocio no hay creatividad. Una de las más famosas historias de novelas con génesis borrosos le pertenece a García Márquez cuando tenía todo para escribir Cien años de soledad desde hacía más de diez años pero no sabía cómo arrancar hasta que el orden correcto de las palabras se le reveló cuando manejaba por México con su familia en un viaje de ocio hacia la playa.

La creatividad es un fenómeno tan misterioso, tan aleatorio, que también puede ser tratado como un fenómeno espiritual. Y el acto de aplicar la creatividad en una obra significativa es un oficio tan arduo que solo puede entenderse como un acto de fe. Precisamente por eso todos los novelistas prolíficos han tenido ritos, sus rosarios y cruces: algunos son obsesivos con los espacios como Capote, Proust y Nabokov que escribían en la cama. Otros con las horas: Kafka comenzaba a las 11:30 de la noche y terminaba a las 3:00 de la madrugada, mientras que Murakami se levanta a las 4:00 de la mañana y escribe hasta las 9:00. Otros tienen medidas diaria para dejar de escribir: Stephen King escribe 2.000 palabras por día, Saramago una página.

Crear es creer, diría seguro que sí Arjona, porque es cursi y bolsa. Pero como yo no soy eso, hago un chiste de Arjona porque me avergüenzo de haber pensado esa frase porque bueno el machismo latinoamericano no concibe la cursilería y entonces uno tiene que meterse con Arjona que bueno ok también se lo ganó miren esta perla: “Hay tantos lunes que los viernes están armando un sindicato”, en serio qué le pasa a ese hombre...

Los rituales son actos creados para afianzar creencias a través de conductas repetitivas. Entonces lo que intento decir es que, a pesar de estos oficios creativos ser tan inciertos sin una única manera de hacer las cosas ni procedimientos y reglas, todo el mundo coincide en que cada uno debe diseñar sus propios métodos para no perderse en la incertidumbre de la página, el lienzo o el pentagrama en blanco.

Por supuesto que existen artistas caóticos y geniales, claro que sí, pero la parte negativa de ese mismo fenómeno no es algo que deba ser admirado: los “artistas malditos”. Ganarte el adjetivo de “maldito” no es un diploma de honor para tu orgullo adolescente, es una tortura. La gente tiene que dejar de endiosar a los suicidas, no estoy seguro de qué cosa estamos sembrando al hacerlo pero también creció en mí. Las historias de “malditos” son apasionantes, yo soy fanático de ellas. Son personas interesantes y sensibles, con personalidades radicales y asertivas. Pero también son personas que vivieron y murieron mal, personas que con toda seguridad acabaron por mutilar su potencial creativo luego de ráfagas brillantes.

Y aunque los artistas malditos eran tipos habilidosos y que de alguna forma desarrollaron sus talentos a pesar de sus defectos (a pesar, no gracias), ¿cuántos aspirantes a malditos se quedan en el camino de la mediocridad y ni nos enteramos?

Creo que la mejor cosa que he aprendido en la escuela de cine tiene que ver con eso: la revelación de que no se triunfa siendo un creador de a ráfagas. “Esto es una carrera de fondo”, como dice otro profesor. Hay métodos, estructuras, técnicas, cosas que existen para que no pese tanto la página sobre la vida. Algunos nos podemos sentir menos cómodos dentro de ese corset, pero todos debemos admitir que grandes cosas se han creado usándolos y que en cualquier caso, los métodos y técnicas no son nuestros enemigos. El monje no abraza sus votos porque sea un masoquista, los abraza porque es la única manera de conseguir la vida que quiere.

Yo sé de esto porque por supuesto que cada vez que hago algo mal me digo a mí mismo: “Pfff soy demasiado artista para esto”. Pfff, yo no sé dividir porque soy un artista. Pffff, a veces soy emocionalmente distante con mi novia porque soy demasiado artista. Pffff, no entrego esta columna a tiempo porque soy un artista chamito escucha bien ar-tis-ta el tiempo es un círculo plano... A ver, es obvio que varios de los atributos inherentes a una vida y una personalidad artística están reñidos con las convenciones sociales, como la precariedad laboral de los oficios creativos, pero esto no significa que el artista deba ser un individuo en bancarrota espiritual, moral o racional. Para bajar el catolicismo de la frase anterior me explico: en mi experiencia, la gente buena y que ahora se dedica a esto lo asume con bastante más seriedad, profesionalidad y tecnicismo de lo que el estereotipo popular del artista podría indicar.

Algunas personas piensan que la creación está reñida con la racionalidad, cuando en verdad diseñar la estructura narrativa de una historia o editar el montaje final de una película suelen ser procesos casi tan técnicos como intuitivos. Y creo que es en el cine donde esa división entre los artistas y los técnicos se difumina más. Por ejemplo, un director de fotografía depende enteramente de su conocimiento sobre máquinas y procedimientos que –casi siempre– no creó: luces, cálculos de las distancias y posiciones entre ellas, la potencia de cada una y el fotómetro para medirlas, los varios tipos de lentes, las características técnicas de distintas cámaras, los rieles y dispositivos para sostener y mover las cámaras, etcétera... Usa la creatividad en la manera de aplicar su técnica. ¿Es un artista o un técnico? ¿Podría ser solo una de las dos cosas y todavía ser un director de fotografía?

Esta idea de que se hace mejor arte mientras se está más jodido es el mito popular más contraproducente que rodea a estos oficios. No es más artista alguien que vive en excesos, sin dormir, sin salud mental, sin relaciones sentimentales sanas y sumido en la pobreza. Lo que convertía a Hunter Thompson en un escritor no era su desayuno de drogas, ni tampoco Toulouse-Lautrec era pintor por ser putañero. El primero se suicidó luego de haber pasado los últimos cinco años de su vida limitado a escribir una columna para la web de ESPN y el segundo se murió alcohólico y sifilítico luego de salir de un manicomio.

El gran reto de todos los que comenzamos en esto es descubrir cómo desarrollar métodos que le ganen a nuestra desmotivación. Todo es tan incierto, todo es tan infinito que es fácil perderse. El mito del artista innato completamente espontáneo y caótico es uno que debe morir. Es verdad que el arte bebe de la vida y meterse en situaciones raras y experimentar contrapuntos emocionales es algo que puede ser provechoso, pero no nos engañemos: arte no es fundirse el coco, fundirse el coco es fundirse el coco y ya está, si buscas excusas para hacer some coconut melting para eso están el reggae y el ska, deja el arte en paz.