• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

Paja

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El cerebro convertido en un pozo burbujeante de engrudo negro, donde todas las cosas y todas las personas van saliendo a la superficie con el mismo ritmo nauseabundo para luego explotar lentamente y volver a unirse con el resto del líquido espeso, caliente y asqueroso.

Eso que acabo de pintar podría ser una definición de la depresión, o del cinismo, o la simple desmotivación. No lo sé, pero hay tres palabras que se repiten en mi cabeza cuando me siento así:

“Todo es paja”. Es una frase tan clara y abierta que sirve para todo y para nada. Todo es paja en el sentido de que esto es paja, aquello es paja, esa persona es paja y sobre todo tú eres paja.

Los 7.000 artículos imperdibles de la semana, las 200 opiniones que “no tienen pérdida”, los 1.000 videos que tienes que ver para formar parte de este momento histórico, las 3.000 listas que tienes que compartir, los 15 discos de la semana que hay que escuchar, los 2.720 libros que debes leer antes de morir o sino eres un absoluto desperdicio de pulgares opuestos, y cómo siquiera le llamas a esto que llevas “una vida”, cómo siquiera te consideras un ser pensante pedazo de escoria bípeda.

La paja, la paja por todos lados, la paja por kilo 2x1 la docena. La bio de Twitter, las estadísticas de los enlaces, el conteo de los likes y los retweets, nuestro perfil en Linkedin, la felicitación de tu ex. La paja, la paja, la paja, la paja, la paja...

Una tormenta de ruido y uno ahí, con su aporte, sus tres o cuatro páginas de ruido. ¿Ruido para la posteridad? Nop, la pajita en el pajar. Tu nombre ahí, en este torbellino de mierda y ego que grita: esto importa porque me respalda un nombre mayor que el mío, esto importa porque tengo un megáfono más grande.

Los guardianes de la cultura o de la virtud o de lo que sea porque en realidad son guardianes única y exclusivamente de sus egos, de esta idea del valor que siempre pasa primero por la percepción externa y la construcción de sus identidades, inmutables a la hora de denunciar la paja propia y ajena.

La arrogancia exhibida como virtud cada tres líneas, como si el portador de la arrogancia tuviera mejores credenciales de cultureta en la medida en la que humilla más duro. “El otro día me comentaba este auténtico analfabeta”, “la otra vez este animal que confunde a Passolini con Antonioni me criticaba que...”, “entonces este completo subhumano que jamás ha leído las vainas que yo he leído me dijo que...”. El arte reducido a una herramienta cínica con la cual elevarse rebajando a los demás. El arte según manos que no saben tocar. Manos frígidas, separando lo que está bien de lo que está mal. La izquierda haciéndose una paja mental mientras la derecha destruye al otro.

Tu nombre de niño-santo metido en este cambote de paja, dando vueltas dentro del tambor de una lavadora, ahondando más y más en espiral dentro de esta sensación claustrofóbica que lo marea y confunde todo, tumbando el telón para desvelar no a los titiriteros sino a otro telón y detrás de ese otro y otro más hasta el infinito. La sucesión infinita de ficciones y mentiras reveladas ante nuestros ojos frágiles, inocentes e ingenuos.

“O ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba yo entendiendo” - Carlos Monsiváis.