• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

Dios es un panadero mocho

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Me encuentro atrapado, arrinconado en este lugar podrido y moribundo. No estoy en el infierno, peor: estoy en Portugal. El de los navegantes, los futbolistas y los panaderos. A veces me siento divido, no en dos mitades porque no estoy dividido equitativamente, sino como si hubiera sido decapitado y mi cabeza se hubiera quedado en Venezuela. Lo que está acá es una carcasa sin valor alguno; una gallina degollada…

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegarían a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las bombas de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convertiría en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad. Todos los seres de la vida criolla en el mismo lugar, interactuando en un microcosmos, unidos en perfecta convivencia por obra y gracia de la glotonería, creando un escenario apasionante para la antropología. Las menopáusicas que asumen la graduación de sus hijos como cruzadas personales, el señor del perrito poodle, el Pelé de la cancha de futbolito, el vigilante que compra chocolates para levantar a la conserje, el empresario exitoso, y la mole de gimnasio. Todos, con intereses divergentes y en ocasiones opuestos, pero bajo el mismo techo.

Allí se encuentra el viejo de panadería, aquel que llega y trata a todas las mujeres de mi amor, corazón, cariño y mi reina. Me parece el epítome de lo que es no darse mala vida por las palabras. Encuentro en él todo lo que nunca podré ser: una persona despreocupada, un bon vivant tropical, alguien que se llama Juan. El mismo que cuando escucha su nombre responde con “dígamelo cantando”. Juan, con una bien formada rutina mañanera. Sin mayor mantra existencial que “dos litricos de leche, mi cielo”. Juan, que llega, toma un marroncito, endulza la vida de todas las mujeres y luego se va. Desapegado y fútil. Vivaracho y chévere, tragándose al Caribe entero con cada sorbo que da desde el mostrador. El señor Juan, ídolo eterno de la panadería.

Ser panadero es un oficio ingrato y menospreciado. Y eso lo sabía Gilberto, cuya panadería se levantaba como un oasis extraterrenal ajeno a la decadencia que la rodeaba. Para entrar tenías que esquivar mendigos, buhoneros, vendedores de chicharrón y la arremetida multidireccional de los merengues frenéticos de Wilfrido Vargas. Los primeros clientes eran obreros que empezaban la mañana con café negro y un chorrito de aguardiente, preparándose para construir patria y piropear mujeres lascivamente. Mi más sincera admiración a estos hombres que son también todo lo que yo nunca podría ser. Jalar caña y batir cemento suenan como tareas sobrehumanas para mí, que a tan tempranas horas estoy completamente inservible. En las mañanas, hasta mis pensamientos tienen lagañas.

Más allá del mostrador se encontraba un submundo apasionante que fácilmente podría representar al universo entero. Entre neveras, hornos monstruosos y trabajadores de velocidades increíbles, te llevaba desde lo divino a lo humano. Había un empleado que era mocho. Agarraba una paleta metálica enorme que se extendía por varios metros, maniobrando con su única mano y sujetándola debajo del brazo como un espadachín del surrealismo panadero, metiendo la masa dentro del horno que escupía un calor furioso al abrirse. Ese hombre le echaba más bolas a la vida en un día que yo durante la sumatoria de todos mis años. Yo dedico mis días a estudiar una carrera humanística en Europa y vilipendiar los ahorros familiares. Él producía magia a punta de muñón y harina. Mis más sentidos respetos a este héroe olvidado.

Una bandera portuguesa del Mundial del 98 y la mirada perenne de la Virgen de Fátima certifican a este recinto como foro del desasosiego, porque el olor del pan crujiente le queda maravilloso al existencialismo. Nietzsche y Sartre comen unas empanadas mientras concuerdan en que los repuestos para carros están carísimos y que no hay futuro. Al otro lado del Atlántico, la dinámica es distinta. De existir conversación sería sobre fútbol, que es tan omnipresente como en Venezuela lo es la política. Cristiano Ronaldo es Chávez. Mourinho es la inseguridad. El Benfica es el éxodo migratorio y el Porto es la pelazón en general.

Estoy atrapado en lo que desde la distancia se podría vislumbrar como un país erigido sobre bases de harina, agua, sal y levadura. Pero acá viene la realidad innegable: el pan en Portugal es mediocre. Este país es una estafa, lo sé porque me estoy comiendo las únicas palmeritas saladas del mundo, un atentado contra el sentido común. Las buenas panaderías pertenecen a portugueses retornados de Venezuela. Los mismos que venden malta y cachitos a un par de euros, más baratos que en Venezuela. Y ese es el único dato económico que me interesa. Basta ya de índices inflacionarios y del PIB, exministro Giordani le estoy hablando: midamos nuestra economía por el número de cachitos de jamón que el ciudadano común puede comprar.

En el país de los ciegos el tuerto es exiliado y Coimbra se llama el lugar que hoy me sirve de prisión. Esto es un pueblo milenario y lleno de un moho que suelta esporas para que se infiltren por tus ojos cuando llegue la neblina y así te conviertas en portador del parásito que es la idiosincrasia de esta colina llena de piedras, humedad y mierda de gato en las callecitas. El Retén, La Planta, Tocuyito, El Rodeo, Uribana, Tocorón, y Coimbra. Escribir es mi escape, mi visita conyugal, mi noche de pernocta. Y en vista de que La Carraca es un estado mental, escribiendo puedes huir y distorsionar las cosas a tu manera, puedes acomodar los hechos y corregir la historia. Puedes cortar, pegar y torcer todo lo que pasó; como un buen periodista. Puedes decidir entre cuál versión contar, si la que les dices a los demás o la que sientes en la madrugada mirando el techo. Puedes elaborar una escena en la que ella regresa, tú la miras, te sacas el cigarro –que no fumas– de la boca. Te acomodas la bufanda –que no usas– sobre el hombro, volteas y le dices: Llegaste tarde. Ahí entra la música y desapareces entre la niebla. Qué hombre, qué control, qué dominio de sus querencias y su carácter, qué mentira. También me puedo escapar de esta panadería en Portugal y comenzar a pensar una historia en la cual –de alguna manera– un coco baja de su palmera, se convierte en presidente de Venezuela y nadie en el país nota la diferencia.

Sonrío mientras imagino a un viejo de panadería haciendo su vida en Portugal. Se le desvanecería la costumbre de decir “Olá, meu coração” a desconocidas conforme las multas por acoso sexual –o en su defecto: las cachetadas– fueran llegando. Cuando la mesera se acerca, tentado por la curiosidad, digo: olá coração, un cafecito ahí vale. En mi mente, porque en la realidad solo sale un correctísimo “uma meia de leite, se faz favor”. Sí señor, porque uno siempre tiene que decir buenos días, muchas gracias y todo eso con un corazón inexpresivo.

Entra una chica hermosa y solitaria, de esas que ignoran lo primero y se acostumbran a lo segundo. La veo, desprecio y deseo en partes complementares. Tiene la piel hecha de caucho y por dentro puros engranajes, bujías, aceite y válvulas. Lo sé. En este es país solo hay robots y viejos, circuitos y flemas en coexistencia. La sonrisa de la cajera me hace pensar en labios que pudiendo algún día decir “te amo” nunca pasarán de “bien, ¿y tú?”, en bocas a centímetros de distancia que solo dejarán testimonio de que, en aspectos innatos, cuando se viene en distintos voltajes no existe adaptador que valga.

Quiero, si acaso, pensar en escritores malditos. Buenos con la prosa, malos con las mujeres. Hemingway, Miller, Bukowski, Kerouac. O en los mayores intelectuales que ha parido este suelo: Pessoa, un loco perdido que escribía bajo 72 heterónimos distintos y Saramago, un rebelde de las letras en frontal conflicto con la mayoría de los signos de puntuación y que terminaría por exiliarse de este estancamiento. Por mucho tiempo, Portugal siguió la tradición europea del café como recinto para la vida intelectual, una estatua que inmortaliza a Pessoa en Lisboa sentado en su café favorito, A Brasileira, es testimonio de esto. ¿Existe en Venezuela alguna equivalencia? ¿Se sentaron Cabrujas, Uslar Pietri o el indescifrable Gallegos a tomar café, o eran más de caerse a birras? ¿Fue Doña Bárbara pensada en una licorería? Esto no debería sorprender a nadie, pues, como el exmagistrado Luis Velázquez Alvaray reveló, vivimos en un país en el que hasta las sentencias se deciden en parrilladas entre fiscales y jueces. Así que, tomando un poco de perspectiva, banalizar la cultura no puede ser tan grave. Por ejemplo, Massiani sin duda que es literatura de taguarita, y digo esto como el mayor de los cumplidos, pues aquella literatura que surge con la ayuda de ilustres contertulios como Héctor Lavoe y su salsa brava es la más honesta y contundente.

Luchar una guerra asimétrica contra el Atlántico me tiene un poco robot. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es observar y sacar conjeturas prejuiciosas sobre la vida de los demás de manera morbosa. Esperando al verano y su redención. Practicando el arte de matar tiempo sin que el tiempo me mate, lo que siempre se debe hacer con un mínimo de elegancia. Lo sabe la señora que entra a comprar un campesino para alimentar a su familia, lo sabe el trasnochado que entra con lentes de sol buscando un juguito, y lo sabe la gordita que pretende suicidarse tapando sus ventrículos con mousse de chocolate.

Panaderías, lugares de convivencia y conspiración, donde se han conjurado revoluciones y compartido victorias, se han tramado asesinatos y llorado muertos. Puedo ver a Bolívar, libertador de seis naciones, buscándole fiesta a la cajera. A Miranda, que luego de pasar tanto tiempo fuera no sabe si decirle canilla o baguette. A Juan Vicente Gómez, en la lejanía de los Andes dispuesto a acaparar todas las palmeritas durante los próximos treinta años. Al mísero Pérez Jiménez, comprando un cigarro detallado y pegándole al niño de la calle que le pidió un pastelito. Puedo verlos, como dice el tango, “revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Los puedo ver a todos, unidos por la masa de la historia. Y ahora me pregunto si todas las panaderías tendrán también un mocho en la trastienda, convirtiendo tragedia en dulzura. O si será que el universo entero es una panadería, y Dios es simplemente un panadero mocho.