• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Mauricio Gomes Porras

Dejar ir

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Estoy convencido de que no hay experiencia más provechosa para los creativos que convertirse en extranjeros. Quizá la gente escribe mejor o compone mejores canciones cuando no pueden comunicarse bien, cuando están aislados y tienen que refugiarse en sí mismos. O quizás experimentar tantas cosas nuevas y diferentes arroja una luz nueva sobre la vida que acaban de dejar, o sobre sus otras vidas posibles, no lo sé. Pero lo cierto es que en la historia de nuestra breve y maltrecha Latinoamérica hay suficientes obras culturales nacidas en el extranjero como para decir que Latinoamérica fue creada en el exilio. Toda la literatura latinoamericana le debe tanto al extranjerismo, al sentimiento de orfandad, a la pobreza y el desarraigo, que nos hace pensar que Macondo existe en algún lugar entre París y Barcelona, entre la oficina de Carlos Barral en España y los trabajos que tenía Vargas Llosa cargando papas y recogiendo periódicos en Francia.

Lo más importante que se puede aprender en la vida es a dejar ir. Una persona que no aprende a dejar ir no sabe nada de la vida. Se aferra a la tonta y terca pretensión de perdurar en un planeta destinado a ser borrado por su propio sol... Aceptar la muerte es dejar ir, aceptar el desencanto propio y ajeno es dejar ir, despedirse y despedir, estar en paz con el caos y entender que la felicidad solo existe en los pequeños momentos fugaces de eternidad. Hay que estar en paz con no ser lo que uno quiso, o querer ser lo que no se quería. Hay que abrir el puño y dejar ir.

La pertenencia puede ser algo lindo, ¿no? Es un rol dominante que uno exige pero también otorga. Es tan lindo decirle a alguien que le perteneces, es tan lindo que te lo digan, es tan lindo mentirse. José Saramago tiene una frase que me parece expresa bien este principio: “Amar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe ser la peor manera de amar”... En ese espíritu, estoy convencido de que no hay felicidad ni autoconocimiento sin desapego. Las cosas importantes de la vida, como el amor, son como esas figuritas de cisnes de cristal que las abuelas tienen: frágiles y algún bebé las va a romper... Capaz precisamente en eso consiste su valor, son un desafío. Y por eso lo hacemos, al igual que emigrar: si fuera fácil todo el mundo lo haría. Así que teniendo conciencia de lo frágiles que somos, de lo delicados y azarosos que nacimos, vamos a prometernos futuros y vidas como si nos perteneciéramos, como si nosotros mismos de verdad dictáramos nuestros destinos, como si algo en esta tierra fuera nuestro y como si hubiera otro Dios distinto al dios del tiempo. Vamos en contra de todo y seamos eternos en nuestra pequeña mortalidad: vamos a criar un cisne de cristal.

Para estar en paz con todo lo que fuiste, eres y podrías haber sido, debes aprender a dejar ir. Dejar ir a las personas, los lugares, las idealizaciones de ti mismo (las imposiciones del superyó, aquella parte fea para la cual nunca serás suficiente). Agarrar distancia de tu pasado, contemplar de frente la incertidumbre de tu futuro. Entender de verdad que “el pájaro no es del nido sino del cielo por el que vuela”.

El extranjero se ve obligado a internalizar esto para lidiar con los conflictos que le genera su nuevo entorno. Un extranjero es tres personas a la vez: el que se fue, el que se quedó, y el que pudo haber sido. Así que, en todo momento, el extranjero siempre es una persona incompleta, descolocada... Pero, ¿habrá mayor sabio que el emigrante que aprendió a entender que, en realidad, nunca fue de ninguna parte y nunca nada ni nadie le perteneció? ¿Habrá mayor iluminación consciente, mayor mindfulness awareness? Un hombre que lo dejó todo, que se dejó a sí mismo y que, sin embargo, tiene paz... ese hombre es un Dios sobre la tierra.

El peor pensamiento intrusivo que acosa al emigrante cada día es: ¿valió la pena?... Atribuirle sentido a su vida ahora cobra otra dimensión: no solo toman en cuenta su vida actual y lo que están haciendo en este momento, sino lo que no pueden hacer mientras todas las personas que dejaron atrás continuaron con sus vidas. En los malos ratos, la vida del emigrante no se evalúa por lo que está viviendo, sino por lo que se está perdiendo. ¿Vale la pena perderte del nacimiento de sus hijos? ¿Dejar tu casa a los 20 años y volver para encontrar a tu madre convertida en una anciana? ¿Irte y jamás volver a sentirte en un hogar, aunque tengas casa? ¿Vale la pena lo que dejaste por tener esta vida que tienes?... Esta vida que, a pesar de ser elegida, no es lo que eligirías. Esta vida que, también, muchos envidian, y tú sigues eligiendo... El error en evaluar esta vida está en engañarnos al pesar las cosas que son intangibles, olvidándonos de que la experiencia humana va tanto más allá de las cosas que podemos medir. ¿Valió la pena alejarte de tu novia para irte a estudiar al exterior?, esas son matemáticas que no se responden con un dos más dos... Las cosas que tenemos en nuestras manos nunca serán suficientes para conseguir justificar los vacíos que sentimos. Las cosas que podemos medir, que podemos pesar y que podemos cargar no son las cosas que importan. Tener es tardar, y aquello verdaderamente importante no podrá ser evaluado en una tabla de pros y contras, porque lo más trascendental raramente suele pertenecer al dominio de lo tangible. O en otras palabras, lo espiritual cobra sentido cuando lo material lo pierde...

Rodrigo Amarante, un músico brasileño con el que llevo meses obsesionado, escribió su primer disco como solista al emigrar a Estados Unidos. El disco se llama Cavalo, y conceptualmente flota alrededor de temas como el extranjerismo y el proceso creativo. Una de las cosas que más me gustan sobre este disco profundo pero ligero son las explicaciones que Amarante ha dado en entrevistas. El disco está lleno de anotaciones al pie de la página y pequeñas insinuaciones que lo enriquecen... Esta frase sobre las posibilidades creativas que uno se encuentra al emigrar deberíamos llevárnosla tatuada todos los que nos fuimos y estamos tratando de dejarnos ir: “La riqueza del viaje es librarse de los símbolos que nosotros creamos, coleccionamos y cargamos para recordarnos de quiénes somos”... En otras palabras: solo encontrarás algo equivalente a las respuestas que buscas si te dejas ir a ti mismo. Dejar ir a aquel que dices ser, que estás obligado a ser, dejar ir todo aquello que no nació del lugar más intimo de tu persona, dejar que se llenen de polvo todas las cosas que eres por tu entorno y tan solo quedarte con lo básico, con lo esencial, con lo que eres, seas lo que seas...

Mi papá nació en Angola, luego vivió en Portugal, después en Brasil, y terminó en Venezuela... Pregúntale de dónde es. Y yo no sé si siente que llegó al lugar al que debía llegar, pero me gusta pensar que encontró su nido mientras volaba.