• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

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Caracas como problema

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Hace unos meses, el ministro de Energía Eléctrica anunció que se cortaría la electricidad cuatro horas al día en todo el país durante 40 días. Un día después, hizo una aclaración: en todo el país menos en el Distrito Capital, “por ser la sede de los poderes públicos”. Y entonces se molestó el país, porque esa frase, en los ojos de los casi 29 millones de venezolanos que no viven en el Distrito Capital, se lee así: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra, porque así lo hemos decidido”.

Cuando un montón de gente molesta comenzó a tuitear sobre cómo se sentían menospreciados por la decisión del gobierno, las intervenciones caraqueñas iban por dos caminos defensivos: el primero decía que criticar que tuvieran electricidad era hacerle el juego al chavismo porque distraía a la gente de reclamarle a los verdaderos responsables o molestarse por el verdadero problema, y el segundo consistía simplemente en hacer varias preguntas: ¿Por qué esto es injusto?, ¿Por qué hay gente molesta?, y ¿Por qué no escogieron vivir en Caracas y ya?

Casi todos los comentarios perdían de vista –o se negaban a entender– que el reclamo no era que los caraqueños también la pasaran mal, sino que no les importara lo que pasara más allá de la bajada de Tazón. Exteriorizar ese descontento apuntaba a desarrollar un consenso sobre el hecho de que el centralismo en nuestro país tiene la consecuencia humana de condenar a millones de venezolanos a vivir y morir en desventaja, que esto es una vergüenza y que de verdad no puede existir un mejor país mientras se siga pensando que es bueno, natural y espontáneo (o, si acaso, culpa de la Colonia) que Caracas sea Caracas y lo demás, lo demás.

Había también una segunda dimensión: recordarles que aquella crisis energética que ahora les tocaba la puerta y los había asustado durante un día llevaba años siendo una realidad en todo el resto del país. Y lo mismo también se puede decir de todas las otras expresiones de la crisis.

Creo que cualquier discusión que comience sin aceptar que existe un menosprecio estructural que siempre ha dictado la relación de poder entre Caracas y el resto del país es una discusión desviada del verdadero asunto, especialmente cuando surge un ejemplo tan evidente como este. Este conflicto se encuentra latente en nuestra historia, en nuestra economía, en nuestra política e incluso en nuestro lenguaje.

Estoy convencido de que el regionalismo y la miopía no lo comete el que se molesta con el caraqueño por su indiferencia, es al contrario. Por acción y omisión, las dos cosas, aquí hay un sistema de privilegios en detrimento de las regiones que más aportan al país. Y si no sirve para evidenciarlo el hecho de que el estado Bolívar, responsable de dos tercios de toda la energía generada en el país, fuera sometido al racionamiento eléctrico y Caracas no, nada lo hará.

Todos concordamos en que es verdad que hablar de privilegios en un país donde no se le garantiza la dignidad humana a nadie es un poco irrelevante, pero hay un tema histórico de fondo que igual ayuda a explicar incluso el surgimiento del chavismo y que también debe ser corregido por cualquier gobierno que venga: el centralismo. O lo que es igual: construir Caracas a costa del resto.

Con esto nadie está diciendo que Caracas es una maravilla con total cobertura en servicios públicos y mil formas de presencia institucional, porque evidentemente ese no es el caso. Esto se trata de hablar de las ideas detrás de las decisiones que normalizan y legitiman la manera en la que el poder, y los caraqueños, se relacionan con el resto del país. Precisamente por eso, porque hablamos de ideas, debo decir que esto es estructural y no hace falta ser caraqueño para ser caracascentrista, así que da igual que Carlos Andrés fuera de Táchira, Chávez de Barinas, y Maduro sea colombiano.

Hay un consenso amplio en que políticamente los reclamos contra la centralización son un deber constitucional y una prioridad económica para los estados. Este es un consenso al que se llegó por distintas etapas de indignación en nuestra política reciente, pasando por la época muy cercana en la que los gobernadores eran nombrados a dedo por el presidente de turno, hasta la dinámica de extorsión actual que caracteriza la relación entre el gobierno nacional y las autoridades de oposición. A esta altura nadie discute que hay algo estructuralmente deficiente en el hecho de que, siendo un Estado federal descentralizado, el 92% del presupuesto nacional sea administrado por la presidencia y el 8% restante por las alcaldías y gobernaciones.

En Venezuela no se han creado nuevos municipios desde hace 17 años y un estado tan grande como el Zulia sólo tiene 21 municipios. La relación con el poder de un tipo al que su alcaldía (su instancia más próxima de representación) le queda a varias decenas de kilómetros es bastante distinta a la de un ciudadano que está a unos pocos metros de la sede del Ejecutivo nacional y que desarrolla su vida en distintos municipios muy cercanos geográficamente, cada uno con su alcalde y sus mecanismos locales de resolución de problemas, sin contar los inventos chavistas como el Gobierno del Distrito Capital o CorpoMiranda.

¿Están los caraqueños sobrerrepresentados políticamente? Y ¿significa eso que tienen una relación más directa con el poder? El tema de la municipalización en extremo levanta varias cuestiones interesantes. No soy fan de seguir dividiendo infinitamente las ciudades en más municipios pequeños de la forma en la que está planteado (con competencias poco claras e instituciones que se pisan entre ellas, como en el caso de la jurisdicción de las policías), creo que en el peor de los casos puede llevar a una descoordinación brutal que estorba en cualquier proyecto urbanístico de ciudad integral. Pero habría que preguntarse por qué Caracas tiene tantas municipalidades dentro de un área geográfica tan limitada (incluyendo municipios con una población pequeñísima), qué implica eso para la relación con el poder que tienen los ciudadanos de allí, y si ese modelo encuentra equivalencia plena en las otras regiones del país.

El argumento social y cultural en contra del mal manejo de nuestra integración, sin embargo, no se discute tanto ni genera la misma autocrítica en la capital. Como si el monte y culebra, aquel refrán-concepto-paradigma-conjuro, fuera espontáneo y siempre libre de culpa. Tan libre de culpa que les da orgullo, como si Caracas fuera Caracas también de forma espontánea. Es decir, la excepcionalidad caraqueña, la capital fuera de la nación, el exterior. Una ciudad que se creó a sí misma independientemente, y por allá, botado, el interior, que se creó solo, sin nadie nunca haber tomado una decisión política al respecto, una decisión que lo condenara a permanecer siendo el interior el mayor tiempo posible. Como si nadie hubiera ganado con la derrota de las anteriores capitales. Como si no existiera de una manera bastante evidente un esquema que privilegiara a Caracas sobre las otras regiones. Para un caraqueño, Caracas vino ya hecha, con su infraestructura, sus servicios y sus instituciones. Nunca se cuestionan dónde se dejó de invertir para hacerlo allá durante los últimos sesenta años, o de dónde salieron los recursos, los materiales y la mano de obra condenada a seguir siendo eso: mano de obra.

Me da la impresión de que como no se habla de esto la mayoría de los caraqueños de verdad no conoce hasta qué punto el país está diseñado en contra de quienes no viven en Caracas. O lo conocen a un nivel tan teórico que los aleja del drama personal. Y es curioso porque para todos los demás está sobreentendido que nacer en cualquier lugar que no sea Caracas le pone un cepo serio a tu vida, desde las áreas básicas y elementales de los servicios públicos, pasando por lo académico y profesional, hasta la representación política, mediática y cultural.

Hay un nivel de menosprecio hacia el interior tan internalizado en la opinión pública caraqueña que evita que se cuestione cómo llegamos a este punto o siquiera si pueden ser diferentes las cosas. La narrativa dominante dice más o menos así: Caracas se convirtió en Caracas al ser nombrada la capital, ¿no? Por virtud propia y nada más, era un lugar predestinado, a diferencia de las breves usurpadoras. Y en ese sentido, lo que se quedó siendo monte y culebra lo era también por vicios espontáneos, naturales e incorregibles. Como si nadie desde Caracas hubiera tomado decisiones en materia de políticas públicas, promulgado legislaciones, formado corrientes en la opinión pública, apoyado esquemas empresariales, utilizado estrategias electorales, y un largo etcétera relativo a cómo se diseñó el país. Es por eso que el tema verdadero no son los cortes de luz, el tema es la relación de los caraqueños con el resto del país.

Es difícil encontrar un solo aspecto de la vida de cualquier venezolano que no esté condicionado de alguna forma por la respuesta a la pregunta: ¿Vives en Caracas? Que lo diga cualquiera que al vivir en Carabobo no puede estudiar en una universidad pública alguna carrera humanística porque esa idea nunca encajó con los intereses nacionales que veían en Valencia una ciudad industrial y ya, mientras que le subsidia con sus impuestos la carrera de Letras o Filosofía a un caraqueño en la Central. Y pensar que ese propio desarrollo industrial de Valencia, que en épocas pasadas y sumando al resto de Carabobo llegó a producir el 87% de todas las exportaciones no petroleras del país, se logró a pesar de la resistencia de las instituciones centrales…

“Se constituyó la Fundación para el Mejoramiento Industrial y Sanitario de Valencia, que presidí y desde donde se desarrolló la política de incentivos y ventas de las parcelas de la zona industrial. La Corporación Venezolana de Fomento negó un aval para obtener un crédito que un instituto bancario estaba dispuesto a facilitar para iniciar los trabajos de la zona. El 28 de abril de 1966 la Cámara Municipal declaró como personas non gratas a los miembros directivos de dicha corporación”. Luis Núñez Pérez.

Si este experimento de centralizar todas las instituciones del Estado en Caracas funcionara, pienso que ya habría funcionado en tantos años de República. En vista de que no ha funcionado muy bien, chavismo aparte, valdría la pena experimentar algo distinto. Hay experiencias internacionales llenas de pequeños detalles que simbolizan mucho, como que el Tribunal Constitucional de Alemania no esté en Berlín sino en una pequeña ciudad fronteriza con Francia llamada Karlsruhe. Esos pequeños cambios simbólicos socavan poco a poco las bases ideológicas y los mitos que sustentan al centralismo. Haciendo una equivalencia burda de esto último, sugerir en Venezuela que de repente la sede del Ministerio de Agricultura y Tierras debería estar en algún estado llanero suena populista. ¿Pero por qué aceptamos tan tácitamente esta forma de organización preestablecida que ha demostrado no funcionar?

 

El interior: simbología y consecuencias

Para sacarlo del paso, el interior me parece que es un término despectivo porque parte desde estos principios: 1) Que Caracas es el exterior o un ente ajeno o excepcional. 2) Que todo, desde Maracay, a hora y media de Caracas, hasta Guasipati a 10 horas y pico, es lo mismo. 3) Que los nombres, las definiciones e identidades las imponen los caraqueños. Tu ciudad o región es como ellos la vean, se definen siempre desde su óptica, por eso hay excepcionalidad implícita en el término y menosprecio en la relación: Caracas es la única entidad del país que puede nombrar a las otras, nunca al revés. Si todo lo que no sea Caracas es el interior, entonces sólo Caracas tiene nombre propio.

Número de veces que he escuchado a un caraqueño quejarse de que la gente del resto del país tenga que ir a Caracas a hacer trámites básicos, o porque la escena política esté condicionada para que sólo importen los políticos caraqueños, o porque la cobertura noticiosa de medios que se definen como nacionales sea abrumadoramente caraqueña, o de que la literatura nacional sean cuatro escritores caraqueños siendo reseñados por dos periódicos caraqueños, o porque ciertas pruebas y tratamientos médicos tanto en lo público como privado sólo se puedan hacer en Caracas: cero, 0, cero, -1.

Número de veces que he escuchado a caraqueños burlarse de cualquier cosa idiosincrática de algún otro lugar del país: mil, quizás. La forma de expresión más benevolente del centralismo suele ser la burla o la condescendencia. ¿De qué se burlan, si no es de la desigualdad, cuando se ríen de alguien que se sorprende con un semáforo? ¿Por qué sienten tan poca culpa al hacerlo?

Incluso puede que esta relación de poder esté presente tanto en el arte como en la conversación cotidiana. Tengo la impresión –muy personal– de que el caraqueño cuando escribe y habla de Caracas lo hace para los otros caraqueños: sin explicaciones, sin contexto, sin consciencia de su localismo. Y voy un poco más allá: le incomoda, o le parece ridículo, atrasado o de mal gusto, cualquier otra expresión local venezolana que no sea la suya. Ahí es donde entra la aplanadora cultural que significa etiquetar cualquier cosa como de “el interior“. Hacer mil referencias a Sabana Grande en una novela, o una película, o una canción, o una pintura, es percibido como un acto de ciudadanía y casi un servicio público, hacerlo con algún lugar de Maracaibo es regionalista y kitsch.

En general, creo que jamás he conocido a un caraqueño que no hablara como si sus referencias geográficas o sociales fueran implícitamente sobreentendidas por todos los venezolanos. Hay una gran cantidad de vainas que uno de alguna manera está obligado a saber ante los ojos de un caraqueño y que de ninguna manera encuentran un equivalente recíproco: casi ningún caraqueño sabe cuáles son las Doñas del Cafetal de cualquier otra ciudad, las zonas comerciales como Las Mercedes, o el equivalente de la división este-oeste, o de las universidades con mala fama, o del Tolón y el San Ignacio, o del terminal de La Bandera o la estación de El Silencio, o de comprar ropa en El Cementerio e imprimir cosas en Parque Carabobo. Uno se ve obligado a entender tal cantidad de lingo contextual caraqueño que, sin haber puesto un pie en el Iutirla o en el Centro de Arte Los Galpones, uno ya sabe adónde van las brutas y adónde la gente con bufandas.

Pero aun así, cuando uno no entiende alguna referencia, al caraqueño siempre le sorprende, como si nunca se le hubiera ocurrido que las experiencias de su ciudad son esencialmente locales. No sé si esto cuente como una forma de etnocentrismo lingüístico, pero dejo la idea ahí.

Se nos plantea entonces una típica pregunta de agenda-setting para que cada quien escoja su respuesta dependiendo de qué tanto le moleste el tema: ¿Les importa poco a los caraqueños el resto del país porque los medios hablan poco de eso, o hablan los medios poco del resto del país porque a los caraqueños no les importa?

Está claro que para los medios nacionales un criterio noticioso válido es “¿Pasó en Caracas?“, y así es como pasa desapercibida (a penas con el mínimo de espacio necesario) la denuncia de un gobernador diciendo que “Hidrocentro envenena a 3 millones de personas”, las consecuencias años después (hepatitis A, diarrea, fluorosis) y la comprobación de la actualidad noticiosa del problema. Si haces periodismo local en Caracas, se clasifica como de interés nacional. Si haces periodismo local en el interior, te conviertes en El Heraldo de Tamaulipas o La Verdad de Titicaca. La desproporcionalidad es tan absurda que ser alcalde de un municipio electoralmente diminuto pero del área metropolitana de Caracas como lo es El Hatillo te puede convertir en una fuente noticiosa más relevante que ser gobernador de Bolívar.

Incluso se podría analizar la cobertura noticiosa y los pronunciamientos de los políticos de cualquier bando en periodos de conflicto para dilucidar si de verdad, incluso estando la violencia tan equitativamente desatada en todo el país, las muertes caraqueñas valen lo mismo que las del resto.

Yo noto un patrón deprimente en el que cualquier otra región del país solo suele figurar tanto en la conversación caraqueña como en la prensa si hay alguna tragedia escabrosa. ¿Cuánta cobertura recibía en los medios nacionales el estado Falcón antes de la tragedia de Amuay? ¿Cuántas veces se habló de algún tema social del estado Bolívar antes de la masacre de Tumeremo? ¿O cuántas veces fue portada cualquier ciudad carabobeña antes de la muerte de Mónica Spear? Es verdad que en Caracas, precisamente por todo lo anterior, sencillamente se producen más eventos noticiosos de relevancia nacional que en otros lugares. Pero cuando tú comienzas a ver que incluso en los pocos pases en vivo a los pocos corresponsales de los noticieros –no en Delta Amacuro, no en el último pueblo de Amazonas, sino en Aragua– transmiten con una cámara sobrante de la época de Renny Ottolina, te comienzas a preguntar si no lo harán tan sólo por la mera formalidad de pretender que les importan.

Yo entiendo que el mío es un deseo medio panfletario porque es imposible que cada persona tenga una especie de cosmovisión empática que la lleve a interesarse de verdad en lo que pasa en todos los lugares con la misma intensidad; pero quizás, quizás, un día algún caraqueño piense dos veces antes de decir el interior, y eso a su vez nos acerque un poquito semánticamente a un momento en el que el resto del país no esté preconcebido para ser tan solo una fábrica de obreros y materias primas para la capital. O para no irnos tan lejos y no ponernos tan tirapiedras: un lugar en el que a mi papá no se le vaya la luz por rachas de 8 horas y el agua con la que se bañe no sea tóxica… o al menos no tan tóxica… o que al menos si le sale un tercer ojo y un tentáculo ese acontecimiento sea un poquito más relevante en la esfera pública.

Chávez fue el político que mayor provecho sacó de este conflicto entre Caracas y el resto del país. Más allá de que no fuera el primer presidente llanero, pocos como él supieron ver más allá de la idea idílica con la que los caraqueños representaban al resto del país: unas provincias, unas vacas, una gente pobre pero buena, e incluso a semejanza de los antiguos europeos –a riesgo de sonar muy chavista–: unos buenos salvajes. Chávez vio detrás de eso y encontró el resentimiento, la falta de representación en los medios, la farsa multicultural del tipo de joropo apropiado para los medios caraqueños frente al que de verdad se escucha en el llano, el autoritarismo de los caudillos regionales que se imponían desde Caracas para repartirse la torta del poder nacional, las generaciones enteras de gente sin oportunidad de escoger algo distinto a alistarse en el ejército o meterse al seminario. Se entendió él mismo como fruto de esa desigualdad, de algo que venía desde tiempos coloniales pero ciertamente ningún republicano erradicó. Y ahí están sus resultados electorales, año tras año, pintando una franja roja en el mapa a lo largo y ancho de todos los estados llaneros.

De repente, el maremoto que ha sido el chavismo nos puede servir como terapia de choque para terminar de convencernos de la necesidad democrática de descentralizarnos y acercarle el poder a los ciudadanos, ofrecerles un mínimo de representación que los dignifique. Es eso o la gente, cuando se presente la oportunidad de escoger entre dos opciones descentralizadoras, seguirá escogiendo al Chávez del futuro frente al Salas Römer. La opción más resentida siempre gana cuando hablamos de que la abuela de alguien probablemente murió cuando su respirador artificial se apagó porque en Caracas alguien quería seguir bailando champeta.

El centralismo es algo tan malo que debe dejar de ser visto como un problema de el interior para verlo como lo que es: uno de los mayores problemas del país. Esto nos hace inviables como nación. Es algo que nos debería avergonzar a todos y que necesita de todos para cambiar. Y depende especialmente de los propios caraqueños porque la única opinión pública relevante que existe en el país es la de ellos. Porque así como el chavismo hizo una simbiosis absoluta entre el Estado y el gobierno, tanto en nuestra política como en nuestros medios existe una simbiosis absoluta entre Caracas y Venezuela. Y para evidenciar esto no hay mejor ejemplo que el hecho de que gran parte de la oposición esperó a que la crisis que azotaba al resto de Venezuela desde hace años llegara plenamente a Caracas para comenzar a hablar de protesta, renuncia y revocatorio. El tiempo de Dios, en el fondo, es el tiempo en el que ya no se hace viable el privilegio a Caracas.

Es por eso que me parece gracioso cuando se habla tan virulentamente de recuperar el Esequibo y se sugieren cosas como cedular a sus habitantes cuando aquí, plenamente dentro de nuestra soberanía administrativa, la gran mayoría de los venezolanos están condenados a esta ciudadanía de segunda categoría. De repente si cedulamos a todos los guyaneses la situación mejoraría un poco, porque aunque la gente del interior seguiría abajo en nuestro particular sistema de castas, inauguraríamos un tercer sótano para tratar a los guyaneses, y siempre se siente bien no estar de último.