• Caracas (Venezuela)

Mauricio Gomes Porras

Al instante

Caminos raros de la fe

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Cuando yo era un niño enfermo muchas cosas caían en el territorio de lo incierto y misterioso. La propia enfermedad surgió de una manera poco clara, la artritis reumatoidea sencillamente da porque su origen es así de incierto. Como se suele decir en varias enfermedades autoinmunes: “la genética carga la pistola, el ambiente jala el gatillo”. Más allá de aproximaciones especulativas a los factores de riesgo, no se puede estar completamente seguro de por qué comenzó ni de por qué lo hizo en ese preciso momento. También, como una maldición que funciona mientras crees en ella, una vez la tienes se autoperpetúa en un laberinto: tu cuerpo de perro mordiéndose la cola.

Muchos doctores parecían estar escépticos ante la realidad de que un niño de siete años también puede ser un paciente reumático de la noche a la mañana. Así que, sin diagnóstico ni tratamiento, hice mi propio peregrinaje por decenas de consultorios. Durante los momentos rudos de la enfermedad mis recuerdos de infancia transcurren en salas de esperas. Doctores, batas, estetoscopios, secretarias, viajes, agujas, exámenes de sangre… Me saqué tanto la sangre durante esos años que tengo un descuento vitalicio en una franquicia de laboratorios.

Eventualmente el diagnóstico y el tratamiento correcto llegaron, pero no llegó la cura. La cuestión con una enfermedad de este tipo es que nunca te puedes curar de ella. Antes de descubrirlo en Google me habían engañado a creer lo que mi madre se autoengañaba a decirme: cuando creces te curas. Así que llegar a aceptar la realidad de lo que significaba la palabra crónico era pesado. Siempre iba a ser esta máquina defectuosa y la vida sería una convivencia con el dolor. Aunque en realidad mi madre tenía una parte de razón, pero la palabra correcta no era cura sino remisión: una parte de los pacientes juveniles puede entrar en remisión a medida que se desarrollan. Pero sin promesas: remisión implica la posibilidad de intermitencia, incluso luego de varios años. Y los que nunca alcanzan la remisión arrastran la enfermedad progresivamente degenerándose, reduciendo hasta diez años su expectativa de vida y en muchos casos muriendo por condiciones relacionadas (principalmente enfermedades cardíacas y pulmonares).

Yo temía la idea de crecer y seguir así, de arrastrar esa maldición que me atrofiaba las manos, las rodillas, los codos, los tobillos, la piel, el hígado, los ojos, en fin: que me destruía todo por dentro y por fuera, como si me crecieran lentamente astillas de bambú en los espacios entre mis huesos y no hubiera nada que pudiera hacer para evitarlo.

La palabra enfermo dolía. Más que describir algo implicaba la condición de no-ser algo, te hacía portador de una carencia. Lo que no eras, por supuesto, era una persona sana – o para los efectos de un niño: normal. Lo peor es que tenía tanto tiempo enfermo que incluso intentándolo no recordaba cómo era sentirme sano, no recordaba lo que era una existencia en la que podías hacer cosas sin que te dolieran. Un cuerpo que no fuera una prisión. Me daba tanto miedo pensar que siempre íbamos a ser el dolor y yo, los doctores y yo, los otros enfermos y yo. Y lo mejor que podía ofrecer la medicina era un porcentaje seco acerca de la posibilidad de una pausa, mientras que las cosas raras ofrecían esperanza.

Si esta posibilidad era deprimente para mí, para mi madre era inaceptable. Se negaba a aceptar que su hijo tenía una enfermedad sin cura, sólo con tratamiento. Una enfermedad que lo condenaba a preservar su calidad de vida, como hablan de los moribundos. Así que en paralelo a la medicina, mi madre me llevó transitando por los caminos místicos de la desesperación.

Todos los tratamientos raros que probé insistían en que yo tenía que creer para curarme. Me sentía lleno de culpa porque llegué a pensar la posibilidad de que este escepticismo, esta falta de fe, fuera la causa misma de mi incapacidad para sanar. Como un espejo de lo autoinmune, me estaba autosaboteando a otro nivel. Entonces yo intentaba de verdad creer en lo que estaba haciendo, en contra de mi escepticismo incipiente. Y nos burlábamos de todo esto incluso, pero mi mamá decía que no se perdía nada con intentar. “Tocar la puerta no es entrar”, es su frase de cabecera. Y con esa frase ha logrado tantas cosas improbables, que la entiendo cuando también se decía a sí misma que podía curar mi enfermedad de esa manera.

Comencé con las hierbas medicinales y el clásico combo naturista: preparar tés con matas extrañas (por ejemplo, unas semillas gigantes de un árbol llamado algarrobo que tenía que recolectar un señor en una quebrada de San Joaquín), o cosas que recetaban y podías comprar convenientemente en la salida del consultorio. También vino el cuento de la sabiduría oriental, porque la civilización china tiene millones de años de existencia y algo habrá de mágico en el hecho de que nadie parece haber presenciado nunca un funeral de chinos. A veces uno tiene un chacra malo o el Qi blandito y tienes que practicar Tai Chi medicinal con un chalequito negro bordado con letras chinas doradas, a veces uno tiene que tocar las puertas asiáticas, qué más…

Luego estaban los rebeldes que decían que habían descubierto cosas increíbles pero que a la industria farmacéutica no le convenía que saliera a la luz, o cosas parecidas. Como un anciano en una hacienda perdida (tan perdida que había un croquis en su tarjeta de presentación) que me mandaba a comer unas gelatinas, a tomar unos refrescos gaseosos y a comer pura proteína (mamá me enviaba parrilla al colegio, yo estaba contento). A todas estas personas mi papá les decía burlonamente los brujos. “Vístete que hoy vamos para otro brujo”…

Los brujos más alarmantes eran los que tenían diplomas médicos, y estos eran muchos, demasiados. Había uno que me puyaba los dedos con aparatos similares a voltímetros para ver que órgano estaba jugando en mi contra. No sólo eso, también diagnosticaba enfermedades virales así. Me dijo que yo tenía malaria y que la lluvia de esa temporada -que venía de una tormenta tropical del Caribe- estaba llena de fiebre amarilla. Y que no tomara Coca-Cola porque tenía dengue, que tomara sólo refrescos transparentes. Entonces el tratamiento eran unos sueros que me ponían en una especie de sala de diálisis lujosa llena de enfermos en sillones reclinables frente a un televisor.

El lugar más oscuro y raro al que asistí fue una casa colonial grande y decrépita en Maracay. Hacía tanto calor que parecía que las paredes sudaban sobre el piso de cemento. El Doctor, como se le conocía, tenía sus diplomas médicos colgados por todas las paredes de la casa, sobre la fila interminable de sillas de plástico que zigzagueaban por los pasillos. Todas las mañanas en las que fui ya había al menos cien nombres en la lista, esperando para convertirse en sus pacientes.

Recuerdo estar sentado con mi padre viendo a unas hormigas transportar el cadáver de un gusano hacia un huequito en la parte de arriba de una pared desconchada. Las hormigas tardaban horas en llevar al gusano hacia arriba y justo cuando parecían terminar de escalar la pared, la gravedad se imponía y el gusano caía. Así que toda la fila de hormigas bajaba y volvían a intentarlo de nuevo una y otra vez. Cuando me tocó entrar, las hormigas todavía no habían podido subir al gusano, así que nunca se sabrá si lo lograron.

No recuerdo cuántas veces fui, pero sé que fueron al menos dos porque en la primera me diagnosticó y en la segunda me hizo la operación.
El doctor me hizo ir de blanco. Mi mamá (probablemente a contraindicación) me metió estampitas de José Gregorio y San Miguel Arcángel estocando al demonio en los bolsillos del short. El doctor estaba con dos mujeres de asistentes y nadie hablaba mucho. Me dijeron que me acostara en la camilla. Él se acercó fumando un tabaco, me lavó el abdomen, palpó mi hígado y agarró un bisturí. Yo tenía mucho miedo y puede ser que dijera algo, pero no lo recuerdo. Él volteó el bisturí y comenzó a usarlo al revés sobre mi piel. Hizo lo mismo con otros instrumentos, luego hizo un vendaje y me mandó un reposo. Sí, un reposo físico para una operación astral. Anduve de blanco unos días, me bañaba con las vendas, me traían la comida a la cama.

Yo no sé si esto cuenta como una aproximación a la santería, y estoy seguro de que mi mamá leyendo esto dijo: “Uy, Dios mío”. Yo sé que todo esto le da pena porque venimos de una familia tradicionalmente católica y al buscar “Monseñor Porras” en Wikipedia salen dos tíos míos. Así que perdón mamá por contar esto, pero bueno, sucedió.

—Si te da pena es porque te da culpa -le dije a mi mamá.
—Yo no tengo sentimiento de culpa. Lo tuviera si no hubiese intentado todo para curarte.

 

Poco después de eso probamos con el misticismo católico en una iglesia moderna y gigante en Caracas, en un sector llamado La Tahona. A la iglesia se llegaba por un camino montañoso que siempre estaba nublado a esa hora y donde sólo sobresalía la torre de la iglesia sobre una de las colinas. La cita era los martes a primera hora de la mañana. La iglesia era del Opus Dei, y eso es importante aclararlo para que no se confundan por las cosas raras que van a leer: este de verdad era un sitio fervientemente católico en donde todos hacían lo que hacían enteramente por altruismo y fe. De todos los caminos raros que recorrí este fue el único en el que no cobraban peaje.

Gerardo Tardif era el sacerdote de la iglesia, un anciano canadiense que lideraba a un grupo de mujeres heterogéneas (había una doctora joven, una viejita portuguesa, y otras cinco más) que veían lo inmaterial y rezaban por la sanación de los enfermos. A estas visiones y experiencias sensoriales se les conoce como carismas en la nomenclatura católica, y no se necesita ser sacerdote para poseer el don de percibirlos. Podríamos decir que estas mujeres eran iluminadas.

 

Uno de los puntos que hace especial al padre Tardif es que él reza en lenguas muertas. Los teólogos que hacen eso parten desde el principio de que las oraciones tienen más fuerza en su versión milenaria, creen que hay algo intrínsecamente sagrado en la forma en la que fueron reveladas las palabras. Ahí tienen un punto en común con los exorcistas que dicen que el antiguo ritual romano en latín es mucho más efectivo contra el mal. Después de todo, la demonología hace un fuerte hincapié en la identidad de los demonios, y eso incluye sus lenguas, con esa famosa predilección oscura hacia las civilizaciones extintas como los babilonios, asirios y sumerios. Civilizaciones hacia las que se han derruido todos los puentes que podrían comunicarnos, sumiéndolas en el ocultismo: ¿usar lenguas muertas no es, también, resucitar a sus muertos? Como si cada vez que hablara un demonio estuviera haciéndolo en nombre de las millones de gargantas que sonaban así y fueron barridas por la arena.

Si la gente supiera el valor del don de Lenguas, dejarían de burlarse de este don, porque es una fuerza de oración más grande que la nuestra“, dice el padre Emiliano Tardif (también canadiense y también hizo su vida en Latinoamérica, quizás estén relacionados) en un artículo. Y la biblia parece darle la razón: “El que habla en lenguas extrañas le habla a Dios, pero no a los hombres; y nadie le entiende porque, en el Espíritu, habla de manera misteriosa”.

Cuando llegaba a la iglesia siempre me asistía alguna iluminada al azar que se sentaba conmigo, me tomaba las manos frente a Cristo y comenzaba a recitar cosas que yo no entendía. Lo mismo pasaba en varias mesas alrededor. Recuerdo también que a veces decían que veían cosas, luego repetían ciertos patrones: siempre la palabra jerarquía y luego sentimientos dañinos. “Odio, odio, jerarquía tal…”, “Envidia, envidia, jerarquía…

 

Ahora me parece que la explicación evidente es que les estaban otorgando rankings a los demonios que me habitaban. Veían cosas, personas muertas buenas y malas dentro de mí. Una vez vieron a un señor flaco y alto señalándome, sumido en la oscuridad mientras una gota caía del dedo con el que me apuntaba hacia un charco. La mujer no sabía si era bueno o malo. Por la descripción física, dije que me recordaba a mi abuelo.

Me refería a mi abuelo materno, Raúl Porras, que al igual que tantos otros jóvenes del campo andino buscó educación en un seminario. Hasta que una enfermedad de los pulmones hizo que los curas lo mandaran a casa. Luego conocería a mi abuela y tendría tres hijos, así que puede agradecérsele a sus pulmones la existencia de esta familia. Muchos años después, ya anciano, moriría de un paro respiratorio. El círculo extraño que muchos llamarían destino, encarnado en sus pulmones, le permitió darnos vida a toda su descendencia y luego se cerró, completado, al quitarle la vida.

Otro de sus hermanos, Baltazar, también fue con él al seminario y se quedó más tiempo allí aunque acabó por salirse, pero su hijo (de mismo nombre) eventualmente se convirtió en monseñor y arzobispo. Baltazar padre murió el 11 de enero de 1997. El 7 de febrero, menos de un mes después, mi madre tuvo un sueño: vio a Baltazar padre muerto, con una gorra y un bastón, señalando hacia su izquierda, y cuando mi madre vio hacia donde señalaba, ahí estaba mi abuelo.

-Tío, no me diga que mi papá se va a morir…
-Mija, ¿no ve las condiciones en las que está?

Mi madre despertó asustada y llamó a su hermano en San Cristóbal, que estaba cuidando a mi abuelo. Mi abuelo le dijo que se estaba sintiendo mal y por eso iba a ir hoy a su médico. Mi madre fue a trabajar y pasó todo el día angustiada con el peso de la premonición. A las 6 y media de la tarde la llamaron: mi abuelo se había muerto en el consultorio.

Esa historia sigue dándome escalofríos. Para mí no es siquiera un asunto de fe, es un asunto de narrativa: estamos rodeados por misterio, poco importa si es sobrenatural o humano. Jung dijo que mientras no hagamos consciente lo inconsciente, este seguirá dominando nuestras vidas y nosotros le llamaremos destino. Y para mí eso lejos de restarle misterio a estas cosas sólo lo aumenta: ¿hay algo más desconocido que el pozo del inconsciente humano?

Una vez hicimos una especie de sesión con el padre Tardif y las otras iluminadas. Le explicaron mi caso, el sacerdote me tomó de las manos, cerró los ojos y estuvo varios minutos concentrado intensamente, hablando en lenguas. Cuando paró sólo tenía preguntas: ¿Alguna vez mi madre había abortado? A lo que mamá dijo que no. ¿Saben de alguien que pudo habernos hecho un maleficio? Mi madre dijo que una vecina estaba metida en cosas raras (una mezcla de chavismo, andar por el edificio con un palo de la lluvia y ponernos billetes y monedas debajo de la alfombra). ¿Alguna vez me habían hecho algún ritual de santería? Y mi mamá, llorando, confesó que sí. Entonces el padre me pidió que describiera lo que me habían hecho, y yo conté que era un doctor de bata blanca, que me hizo acostarme en una camilla para operarme con los instrumentos al revés mientras fumaba tabaco.

-¿Fumaba tabaco? -incidió.
-Sí.

Sacudió su cabeza.

Me pidió entonces que describiera el consultorio. Le dije que era caluroso, con las paredes verdes, que tenía un escritorio y una camilla, y sobre la camilla fotos de personas antiguas, viejas, en blanco y negro… Y cuando dije eso el sacerdote cerró los ojos y dijo con seriedad, como confirmándose a sí mismo la verdadera magnitud del asunto:

-Y trabaja con los muertos…

Creo que fui unas cuatro veces a esas sesiones y siempre regresaba a casa asustado. Me torturaba saber que había alguna relación entre mi enfermedad y el verdadero mal. Era la confirmación del recurso poético: sí, esto era una maldición. Cargaba con espíritus malos de verdad, malos bíblicamente, y las personas que los veían tenían de verdad miedo a lo que sea que se encontraban cuando me tomaban las manos. Y siempre que volvía descubrían más, nunca me limpiaba completamente, siempre seguía arrastrando presencias. Era como estar podrido por dentro, enfermo también en el alma.

Poco después de eso ocurrió lo que me alejó en definitiva de esa iglesia.

Era una mañana nublada y fría, una señora rezaba tomándome las manos mientras que en otra mesa al fondo el padre Tardif rezaba por una mujer que hacía ruidos. A pesar de que era común escuchar los murmullos y conversaciones de todas las mesas, no era normal escuchar gruñidos. Cada tanto, todas las iluminadas se volteaban a ver qué estaba pasando, luego intentaban ignorarlo por cortesía. Pero poco a poco el sacerdote comenzó rezar más alto mientras los gruñidos también escalaban en potencia. Se escuchaban también movimientos y ruidos cada vez más fuertes, hasta que fue inevitable pararnos a mirar: los familiares de la mujer estaban agarrándola mientras el cura se levantaba y le gritaba sobre los gruñidos. Él hablaba en lenguas con su mano sobre la frente de ella, que rugía completamente perdida en la locura. Alguien dijo que teníamos que salir de la iglesia, así que todos corrimos hacia afuera. “Vamos a rezar porque el demonio va a salir del cuerpo y puede buscar otro”, entonces unas quince personas, en ese claro entre las montañas, hicimos un círculo frente a la iglesia mientras todavía se escuchaban los gritos y golpes de adentro.

Fueron los padrenuestros más acelerados y repetitivos en los que he participado.

Nunca volvimos a ir porque ya no podía dormir.

Luego de más de diez años de estrategias, exámenes trimestrales, una hospitalización, una biopsia de hígado, una infiltración en la mano derecha, quinientos cambios de medicamentos, etcétera, he llegado a remisión. Y llegué, por supuesto, por el buen trabajo de mis médicos de cabecera (a los que no voy a mencionar porque me da pena que este texto les llegue).

Ha pasado tanto tiempo desde todas estas cosas que las recuerdo como se hace con una película o un cuento que otro nos echó. A veces no sé si yo fui el niño, las hormigas o el gusano. Muchas cosas están borrosas, pero recuerdo como se sintió, recuerdo los temas: enfermedad, fe, y maternidad. Pero son recuerdos gratos, sorprendentemente, son historias divertidas.

Yo no sé si existe algo allá afuera, pero cuando pienso en estas cosas sigo durmiendo mal. Le temo a las posesiones y al imaginario católico cuando aparece en películas de terror (vírgenes, vírgenes sangrando por los ojos, cristos, cristos sangrando por los ojos). ¿Temer es creer? ¿No hay ateos o agnósticos miedosos? He visto muchas entrevistas con exorcistas y lo que más me sorprende es que el factor común en todos ellos es que no le temen al demonio. Son las personas que más creen en el poder de Satanás, personas que incluso enfrentan escepticismo dentro de la iglesia y por eso han tenido que luchar para que se les tome en serio, gente que está firmemente convencida de que cualquier presencia maldita puede entrar en tu cuerpo y poseerte, y sin embargo no tienen miedo. Ahí viene la contraparte de la pregunta: ¿Cómo se cree sin temer?

El miedo y lo sagrado tienen muchas intersecciones. Desde los primeros sacrificios rituales hasta las apariciones que en la biblia tienen que presentarse diciendo “no temas”. Quizás por eso atrae tanto lo oculto, en eso reside lo seductor del miedo sobrenatural: por un momento llegamos a sentir que existe algo superior a esta vida de carne y rutinas. Además, si existen los demonios entonces existen valores morales inherentes al universo, existen cosas claramente buenas y cosas malas. Qué alivio cualquier cosa que nos rellene un poquito el vacío y que nos quite la incertidumbre, aunque esa cosa sea el diablo. Pero claro, esto lo pienso ahorita que es de día, de noche opino distinto.

El punto de los misterios no es encontrar respuestas sino hacerse preguntas. Como los alpinistas que suben montañas con el único propósito de subir montañas. O la gente que le dice a ir al gimnasio “entrenar“. ¿Estás entrenando para qué, falso? ¿Para ir a entrenar mañana otra vez?… En fin, quizás al negarnos a racionalizar, al evitar concientizar lo inconsciente, sólo estamos perdonándole la vida a la magia. Y cuando la magia es dañina y se convierte en maldición, estamos dejando entrar un poco de ese miedo ancestral a la oscuridad, el mismo miedo de nuestros antepasados cuando caía la noche en las cavernas. Hay algo eterno en ese arquetipo, hay algo intrínsecamente humano en temerle a la noche. Proyectando nuestras sombras internas sobre lo abstracto y exterior, tal vez para poder mirarnos al espejo sin asustarnos, tal vez para crearnos montañas. Porque aunque eso nos quite el sueño, acostarse tarde también puede ser sinónimo de una búsqueda, y si hay una búsqueda, hay esperanza.