• Caracas (Venezuela)

Maritza Izaguirre

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Maritza Izaguirre

Violencia y lenguaje

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Preocupa  el deterioro creciente en el uso del lenguaje; el vocabulario utilizado se caracteriza por el abuso en la expresión coloquial de lo que antiguamente denominábamos “malas palabras”. La comunicación oral llena de términos vulgares se utiliza para todo, desde la simple descripción de sucesos banales ocurridos en el entorno inmediato hasta para denigrar abiertamente de las personas que nos rodean.

Incluso, observamos la conducta de personajes de la vida pública que se expresan en términos despectivos  despreciando la formalidad e ignorando la autoridad del cargo. Las faltas de respeto en las que incurren con frecuencia inciden en el desempeño de sus funciones. Ese tipo de conducta, ya habitual en nuestros dirigentes, expresa violencia, desprecio y maltrato dirigido a grupos que, según sus criterios, no merecen ninguna consideración. Por lo tanto, no es de extrañar que para muchos este comportamiento se asuma como “normal”, lo que afinca aún más en el común del venezolano esa forma de trato, en contraste con la conducta habitual de la mayoría en el siglo pasado, caracterizado por la amabilidad y la cortesía.

El respeto al otro, mediante el uso adecuado del lenguaje, es fundamental para comunicarse en una sociedad civilizada, especialmente cuando los problemas que confronta la autoridad exigen su comprensión. De allí la necesidad de la corrección y precisión en la expresión utilizada en la comunicación verbal, buscando la compresión de lo que sucede a fin de compartir las posibles soluciones mediante el diálogo.

Así, combatir la criminalidad y la violencia que nos azota implica no sólo el diseño de políticas públicas adecuadas, sino la necesaria cooperación entre los agentes sociales, para alcanzar los objetivos y metas contemplados en el marco de los programas concebidos para tal fin.

La violencia que percibimos hoy en la familia, la escuela, la comunidad y la sociedad en general refleja, entre otros, la descomposición presente en nuestra sociedad, caracterizada por la pérdida de valores y el debilitamiento de las instituciones, entre ellas la familia, acosada por el deterioro de su entorno, infraestructura en malas condiciones, carencia de los servicios básicos, y la existencia de cientos de miles de viviendas inadecuadas, aspectos que inciden en su comportamiento.

Si a lo anterior se le añade la precariedad en el empleo, la inflación que disminuye el poder adquisitivo del salario y las dificultades para disponer de bienes y servicios adecuados, todo contribuye a la presencia de conductas agresivas que nos acercan peligrosamente al implante de una cultura de la violencia.