• Caracas (Venezuela)

Maritza Izaguirre

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Maritza Izaguirre

Inflación y pobreza

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Es indudable que el proceso inflacionario que vivimos afecta duramente a la población en general, ataca con dureza a los asalariados, en especial a los de estratos intermedios y a los de menores ingresos. Mes a mes la familia confronta el problema al priorizar los gastos, ya que el elevado costo de la canasta básica compromete cada vez más recursos, y compite fuertemente con otras obligaciones asociadas a la educación y la salud, cancelación de   servicios, alquileres o hipotecas, todos de obligatorio cumplimiento, lo que lleva en ocasiones a endeudarse o al rebusque, a fin de cumplir con las obligaciones.

Así vive en una angustia permanente, ante la pérdida del poder adquisitivo de sus ingresos sin ver soluciones a corto plazo. Ello ha llevado al empobrecimiento progresivo de aquellos núcleos familiares que sobreviven con rentas fijas, pensiones, jubilaciones o ingresos derivados del alquiler de un apartamento u otra propiedad, resultado de su trabajo y ahorros en el desempeño laboral en un entorno libre de inflación presente en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado.

Tal como lo demuestran investigaciones recientes, entre ellas, la realizada a finales del año 2014, en la UCV, USB y UCAB, donde identifican claramente cómo la desaceleración de la economía incrementa el número de familias pobres, entre ellas, 33,02% se encuentra en situación de pobreza, fuertemente afectadas por el proceso inflacionario, ya que los ingresos percibidos, ya sea por empleo informal o por el beneficio de los programas sociales, se ha visto afectado por las restricciones presupuestarias, por una parte; y por la otra, las dificultades encontradas en la gestión ineficiente de algunas de estas iniciativas que inciden en las condiciones y calidad de vida de los beneficiaros.

Los resultados alertan claramente acerca de la urgencia de la corrección en materia de política económica, ya que el modelo adoptado fracasa en uno de los objetivos centrales: inclusión y equidad, puesto que su aplicación no logra los cambios estructurales necesarios para revertir la alta dependencia del precio de los hidrocarburos, por una parte; y por la otra, construir una base productiva capaz de generar empleo estable y bien remunerado, que fortalezca en paralelo el capital humano y social. En otras palabras, que ofrezca oportunidades de progreso y bienestar a los que más lo necesitan construyendo una sociedad abierta y democrática, donde todos caben, sin discriminaciones, capaz de generar riqueza y prosperidad fruto del trabajo y esfuerzo colectivo en un entorno macroeconómico estable, con instituciones fuertes, con reglas claras que estimulen la inversión pública y privada, y favorezca las condiciones para producir los bienes y servicios suficientes para satisfacer la demanda, derrotar la escasez, el desabastecimiento y la inflación que nos golpea duramente, en especial a los pobres.

Por lo tanto, es urgente adoptar un programa coherente que derrote la inflación. Para ello no bastan medidas aisladas; hay que enfrentar de una vez por todas el problema, mediante la aplicación de un programa creíble que genere la confianza necesaria para el retorno de la inversión y el empleo.