• Caracas (Venezuela)

Mario Guillermo Massone

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La mandrágora de Latinoamérica

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@massone59

 Para comprender a la Venezuela de hoy, es indispensable ubicar el proyecto de Hugo Chávez et al. en su contexto global. Especialmente cuando nos ocupa su influjo latinoamericano, el cual, además, nos duele.

La globalización es, de alguna manera, el triunfo de la razón y su hegemonía. El poder racional asumido en Estado democrático es la bandera actual de las comunidades que viven en civilidad. Libres. Prósperas. La globalización asume el clamor de Juan Pablo II por una justicia universal, realizada en los derechos humanos, que, como nos dice John Finnis, es la otra forma de llamar al derecho natural. Décadas antes, algo semejante ya escribían Freud y Einstein en sus cartas cruzadas, cuando manifestaban la necesidad de una justicia fundada en una hegemonía mundial.

Es por nuestra naturaleza racional que somos seres libres. La hegemonía de la razón es el principio y fundación de las naciones civilizadas, que hoy se expresan en la forma de la democracia. Pero no de cualquiera, sino de la democracia desde la libertad, por la libertad y para la libertad. Nos guste o no Fukuyama, porque la verdad no atiende al gusto sino a la razón, dice verdad cuando afirma que la democracia es la forma de gobierno que, al menos hasta que pudiera surgir, o no, una teoría superior, es la mejor que la humanidad, en su trágica historia, ha logrado.

La teoría irracional del Estado, única y nacida de lo peor del siglo XIX, se pensó, se anunció y se decretó enterrada. Como una memoria oscura, como los terrores que son más, mucho más, tanto más que pesadillas, se creyó que la humanidad había despertado para siempre. La caída del símbolo divisor entre dos mundos, el de la luz de la razón y el de la oscuridad de la locura irracional, con cada martillazo, asumíamos a la vez la esperanza de la vuelta a la razón y desterrábamos la ignominia de la sinrazón. Pero la destrucción del mal, que 28 años antes se había construido, no se hacía perpetuo polvo y tierra.

El lado oscuro del Muro de Berlín mantuvo su diabólico hálito. Su espíritu hizo metamorfosis y reencarnó. Reencarnó en una tenue brisa que pasaría al olvido. Desvanecería. Pero sobrevivió. Se adaptó. Se ha adaptado a los tiempos. Escondió su naturaleza irracional para mostrarse noble en apariencia. En su discurso romántico de mesianismo. En su eterna e incumplida promesa utópica.

Hoy, ya nadie duda lo que algunos venimos estudiando por años. El proyecto global en contra de la razón y la libertad, en contra de la persona, su dignidad y naturaleza, ha ganado un actor estelar. El club de “las ideologías del mal”, como las llamó Juan Pablo II en Memoria e identidad, puso las bolas blancas a un miembro de oro negro. Bajo la perversa maestría de los Castro, Hugo Chávez nos sumergió al centro poseidónico del tormento humano de la irracionalidad. El Estado venezolano, si es que se le puede llamar Estado, forma parte de la constelación de la disidencia global en contra de la razón y la libertad.

Junto al fundamentalismo, el terrorismo, el narcotráfico, el totalitarismo –en esta forma evolucionada de su especie, depredadora de lo humano– lucha por echar sus raíces de mandrágora en Latinoamérica. Porque el socialismo del siglo XXI es la mandrágora latinoamericana. Basta con leer la definición del fascismo que Mussolini y Gentile nos han dejado escrita en sangre y dolor. Es la misma ideología. La de Lenin y Stalin, la del libro rojo. La de Meine Kampf. Basta leer y comparar.

El totalitarismo del siglo XXI quedará en la memoria latinoamericana, como quedó el mal recuerdo de la tragedia europea del siglo XIX.

Ciudadanos del mundo civilizado. Latinoamericanos. Este es el mal que enfrentamos. Los venezolanos, en particular, estamos encarcelados, sin importar si residimos dentro de nuestro territorio o no. Los mismos actores de la tiranía roja lo están. ¡Cuidado y si más que el resto de nosotros! Porque la despótica roja ha hecho de Venezuela su propia tumba. Están enterrados en vida. Y eso los hace aún más irracionales. El peligro se incrementa. El costo de salida del poder se ha hecho demasiado alto. Ya no hay salida con honor para los jerarcas.

Lo que más cuidan, ellos mismos lo están destruyendo con maquinaria pesada. La apariencia democrática es cada vez más tenue. La mascarada se nubla. Y cuando la neblina se disipa, se va haciendo invisible. Ya el discurso no engaña. La mandrágora ha perdido su belleza. Aflora su malignidad y se hacen visibles sus raíces.

Vencer por medio de elecciones se hace cuesta arriba. Pero hay que hacerlo. Lo contrario es rendirse. Los ánimos no son los mejores. No son buenos. Son pésimos en buena parte de nuestra gente. Por eso, más que nunca, debemos engrandecernos frente a la adversidad. La fortaleza, la valentía y la prudencia son nuestras cartas en este perverso juego de lo inhumano. Todos tenemos la disposición del alma para la virtud. Y la virtud, en cada uno, o su ausencia, será lo que nos hará escribir una u otra historia.

Las fuerzas de Venezuela, aun las debilitadas en su raíz moral, tienen el sagrado deber de actuar, cada quien en su ámbito, más allá de lo electoral. Lo político, el asunto de la polis, nos incluye a todos. El mundo internacional de la razón y la libertad está con nosotros. La escalada en contra de la expresión libre es una oportunidad para descarar el totalitarismo. Diosdado Cabello nos ayuda, aunque sea difícil de entender. El disparatado querellante que abusa judicialmente en contra de nuestros amigos de la prensa, desnuda su irracionalidad despótica junto a su siervo Nicolás Maduro, quien le mueve sentadito su cola de faldero. Se revela el veneno. Hay que arrancar la venenosa de Latinoamérica. Extirpar la mandrágora y aniquilar sus raíces mortales.