• Caracas (Venezuela)

Mariano Grodona

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La amargura del papa

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La filtración de documentos tiene amargado al papa Francisco, según informan las fuentes. Que el papa esté preocupado por lo que pasa en el Vaticano es previsible y natural, porque lo contrario sería casi inconcebible, inaceptable; una negativa a involucrarse en su propia jurisdicción. Pero que el papa confiese que está amargado por lo que pasa en el Vaticano va más allá de una simple preocupación; es, en cierto modo, una confesión de impotencia y un velado reconocimiento de culpabilidad indirecta por no haber controlado lo mucho, lo decisivo, que había que controlar.

Las altas responsabilidades honran a quienes las sobrellevan, pero su incumplimiento da lugar a las más graves imputaciones contra los que no han estado a su altura. La amargura de Francisco se parece peligrosamente a una confesión porque en las alforjas de los conductores caben tanto la exaltación como la condena. Por lo general, en estos niveles no se admiten los términos medios. Cuando alguien deserta de su responsabilidad, otras faltas que hasta es momento pasaban inadvertidas corren el peligro de ser ventiladas y de salir a la luz.

Cabe recordar que hasta el dogma de la infalibilidad papal en asuntos doctrinarios es de carácter limitado; en todo lo demás, reina la libertad. Por más que se los escuche con reverencia, los papas ¿son tan falibles como los demás?

Lo que pasa es que el dogma de infalibilidad papal parece cubrirlo todo, y en verdad cubre poco. Más allá reina la libertad. El demonio le prometió a Adán que seríamos como dioses. En realidad, somos como dioses caídos, a quienes sólo fascinó el resplandor de la libertad, un resplandor tan falso y verdadero como una costa distante.

Lo más que podría pretender un buen cristiano, igual que un buen ser humano, es no hacer sufrir al papa, no “amargarlo”. Tendríamos que computar estos sufrimientos como “pecados” inútiles, inmerecidos. Aunque el verdadero pecado no se comete contra el papa, sino contra Dios, contra su infinita paciencia.

Es notable advertir cómo se encuentran y desencuentran la infinita paciencia de Dios y la impaciencia quisquillosa de los hombres en medio de las tribulaciones de los seres humanos. Los teólogos han intentado explorar estas dimensiones, estas distancias incomprensibles. ¿Qué lugar le dan los teólogos a lo que el cardenal Ratzinger, luego devenido papa, llamaría “la paciencia de Dios”? Pareciera que “la paciencia de Dios”, según el teólogo alemán, es un recurso para esperar al hombre, para darle tiempo a la reconciliación.

¿Pero cómo es posible conectar de alguna manera los tiempos limitados de los hombres con la eternidad de Dios? Aquí el hombre se hace una pregunta dirigida en verdad a Dios: ¿por qué pensaste en nosotros? La pregunta podría ampliarse en esta forma: ¿cómo conectar desde nuestro mundo la relación con el otro mundo hasta volverlos compatibles?

Esta pregunta, ¿no sería demasiado pretenciosa? ¿No equivaldría a escaparnos de nuestra condición?

Nos asombramos de dos cosas. Cabe asombrarse, por lo pronto, de la paciencia de Dios. ¿Cómo nos esperó tanto tiempo, a la espera de la reconciliación? Porque quiso respetar nuestra libertad.

Pero además ¿qué esperaba Dios de nosotros? Hay un misterio aquí que no podrían aclarar ni los teólogos ni los filósofos: ¿no se habrá equivocado Dios?

Si no hubiésemos contado con lo que podríamos llamar “el favoritismo de Dios”, ¿sería explicable la historia humana? Pero ¿puede explicarse la historia humana sin esta dimensión teológica del favoritismo de Dios? Para hacer más difíciles nuestras respuestas, ¿cabría complicarlas reconociendo que el destino de los seres humanos es extremadamente diverso y que lo que los antiguos llamaban “la fortuna” cumple un innegable papel?