• Caracas (Venezuela)

Mariano De Alba Uribe

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La región debe reconocer con qué está lidiando

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Durante las últimas semanas, la grave crisis que vive Venezuela ha logrado finalmente captar la atención de la comunidad internacional. Por primera vez, gobiernos y personalidades de todo el espectro político coinciden en que la situación es muy delicada. Particularmente, los países de la región reconocen que deben hacer algo antes de que sea muy tarde.

Lula da Silva y el papa Francisco han manifestado sentirse preocupados por Venezuela. Mauricio Macri, el presidente de Argentina, busca apoyo de otros gobiernos para instaurar una mesa de negociación. El secretario general de la ONU solicita la realización de un diálogo y que se respete la Constitución. Son solo algunos ejemplos.

¿Pero está la comunidad internacional plenamente consciente de la situación con la que está lidiando? Primero, la crisis económica y social es tan grave que es factible que ocurra una tragedia humana de proporciones no vistas en la región durante este siglo. Así que el tiempo apremia.

Segundo, nuestro país está en manos de un régimen que se ha atrevido ya a declarar que no va a entregar el poder. Peor aún, en la misma semana que recibe a unos supuestos mediadores se da el tupé de realizar ejercicios militares en donde el presidente proclama que 2016 será un año de batalla, rodeado de cientos de fusiles alzados. Encima, los fusiles no están únicamente en manos de las fuerzas armadas sino de civiles afectos al régimen quienes se autodenominan “milicianos”. No se trata de un asunto baladí.

Es cierto que el papel que puede jugar la comunidad internacional es limitado. Reconociendo la situación, esta ofrece su ayuda pero poco puede hacer sin el consentimiento del régimen. Ello explica por qué quienes se aparecieron en Caracas fueron Zapatero y compañía o por qué el canciller del Vaticano se vio obligado a cancelar su visita a Venezuela. 

Incluso la activación de los mecanismos regionales en defensa de la democracia a los cuales el Estado venezolano –durante los gobiernos de Chávez y el propio Maduro– decidió voluntariamente someterse, en última instancia dictamina que se hagan esfuerzos para que haya un diálogo. Es por eso que pensar que uno o varios países van a intervenir a la fuerza y proveer una solución milagrosa es totalmente ilusorio. Por ende, hay que reconocer y aceptar que el papel de la comunidad internacional, y específicamente de la región, está en gran medida supeditado al consentimiento del régimen y de los demás actores relevantes. Lo que no se le puede perdonar a la región es la promoción de un diálogo como si Venezuela estuviese en manos de un gobierno democrático.

Será difícil que la ayuda que ofrece la comunidad internacional sea efectiva. Pero no es una ayuda que puede menospreciarse. El régimen e incluso un eventual nuevo gobierno necesitan del reconocimiento de la comunidad internacional para existir. Más aún en un país cuya subsistencia depende de la venta de petróleo y de la importación de prácticamente todo.

Así que no se puede perder la esperanza en el papel de la comunidad internacional, pero esta debe reconocer la situación y los actores con los que está lidiando. Por eso, quienes abogan por un diálogo en Venezuela deben entender que el mismo es imposible sin que antes el régimen demuestre con acciones concretas su voluntad de llegar a un acuerdo. El reconocimiento de la legitimidad y de las leyes dictadas por la Asamblea Nacional, el respeto estricto del reglamento del CNE para la realización del revocatorio y la liberación de los presos políticos es lo menos que puede exigirse.