• Caracas (Venezuela)

Mariano De Alba Uribe

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Mariano De Alba Uribe

Ni el gobierno, ni la oposición

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La esperanza es lo último que se pierde. Sí, pero a estas alturas ya es ingenuo pensar que hay propósito de enmienda de parte del gobierno. O de la oposición.

El juego está trancado. Por un lado, el sesgo ideológico gubernamental impide que se tomen medidas que se debieron haber puesto en práctica hace ya mucho tiempo y que, incluso tomándolas inmediatamente, no pueden ya tener el tan siempre deseado efecto milagroso, especialmente si se tiene en cuenta el precio actual del petróleo.

Nos dirigimos entonces hacia la hecatombe. El daño es incalculable y, de lograrse algún día el cambio, habrá que empezar de cero. Pasarán varias décadas para recuperar el tiempo perdido. La esperanza: al día de hoy hay millones de venezolanos valiosos dispuestos a asumir el reto. Pero cada vez somos menos.

La gran pregunta, por supuesto, es si llegará el día.

Ahora mismo estamos a merced de unos de los gobiernos más incompetentes de nuestra historia. Pero en la acera de enfrente también hay una oposición negligente, sin principios, sin un proyecto bien pensado. En fin, sin rumbo. Se limita a jugar (de manera bastante mediocre) el papel de oposición y no tiene ni el carisma o la inteligencia que demuestren una avidez de ser gobierno para dar el viraje correcto que el país requiere.

Para el gobierno, 2014 quedará en la historia como el año perdido para tomar correctivos económicos, y en la oposición, como la oportunidad malgastada para construir un proyecto efectivo de cambio. En su eterna improvisación, la oposición ha desperdiciado la ocasión para diferenciarse del gobierno. Al día de hoy, la oposición es conformismo. Lo que vende es que busca simplemente ser gobierno para hacer lo mismo que el chavismo pero “mejor”.

Y, para colmo de males, esa oposición está dividida. Una fracción con su líder preso, siendo objeto de graves torturas y violaciones de sus derechos humanos, propugna que la solución está en la protesta en la calle. Y considero que están en lo correcto. Pero para ello hace falta un nivel de organización sin precedentes (que no existió en febrero), lo cual se hace cuesta arriba visto el cansancio y la desesperanza en gran parte de la población. El descontento existe pero no ha sido canalizado efectivamente.

La otra fracción cree en conseguir un cambio de una manera más pausada, esperando que el gobierno termine de destruir el país y a través de instituciones que están y seguirán estando secuestradas a los intereses del gobierno. Una oposición que actúa cautelosamente conforme a los designios de las encuestas y que ha desatendido e incluso hasta menospreciado a quienes históricamente más han apoyado a su líder. Pero esa oposición también ha entendido correctamente que simplemente vendiendo ideas de libertad y democracia no se conquista a la cantidad de ciudadanos necesarios para concretar un cambio político.

Lo peor del caso es que la suma de esas visiones tan enfrentadas podría ser la fórmula para cambiar el gobierno. Después de todo, la presión de la protesta en la calle es lo único que puede obligar al gobierno a ceder en los requerimientos de instituciones más imparciales, dando paso luego a procesos en los que existan las debidas garantías y en los cuales una oposición que haya convencido a la mayoría de un proyecto de país sea alternativa y pueda convertirse en gobierno.

Pero al igual que con el viraje que debió haber tomado el gobierno hace ya mucho tiempo, no hay ningún indicativo de que la oposición vaya a ser capaz de ratificar. La división continuará y, sin unidad, el cambio cada vez se hará más difícil. Por ahora, lo que se observa es un debate constante sobre quién tiene la razón, como si ello fuera a aportar alguna solución. Pero la esperanza es lo último que se pierde.

Va siendo el tiempo ya de pensar y apostar por una tercera vía, distinta al gobierno y la oposición o que emanando de alguno de estos dos clásicos grupos emerja como solución. Las circunstancias históricas así lo reclaman.

Pero será difícil que ello ocurra y sobre todo llevará tiempo. Así de mal estamos.