• Caracas (Venezuela)

Marianella Salazar

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Marianella Salazar

El carajazo

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Nicolás Maduro ha traspasado la fecha de vencimiento y su gobierno caduca a una velocidad acelerada. Esa sensación de obsolescencia está muy relacionada con el vértigo del tiempo, por eso, en su desesperación, aprovecha cada día de ñapa en el poder para propinar golpes y patadas a diestra y siniestra.

Este loco e imprevisible chofer del Metro se ha pasado todas las estaciones con la población a bordo sin que nadie sepa dónde y cómo se detendrá. Maduro ofrece la impresión del conductor que se ha bajado del tren dejando puesta la marcha hacia adelante, y la máquina se marchó sin él, lanzada hacia ninguna parte. Como un desquiciado corre a su lado para no perderlo, pero sin subirse de nuevo y dando órdenes desde abajo que nadie sigue. Los copilotos, Cabello, Padrino López y la primera pasajera, Cilia Flores, no han acertado a frenarlo. Al contrario, en vez de tocar el freno están pulsando el acelerador y ahora estamos frente a una estampida ciega.

Los venezolanos montados en ese loco tren no tenemos la culpa de los errores garrafales del conductor, ni de que haya dejado la marcha puesta a toda velocidad para hacernos añicos. Alguien tendrá que hacerse cargo de los mandos para no estrellarnos.

 

Golpe a golpe

Encima, sacan ahora otra vez lo del golpe militar, que de ser izquierda, como afirma el ex presidente uruguayo Pepe Mujica –uno de los grandes aliados del chavismo–, no se trataría de un golpe convencional de derecha, al más puro estilo pinochetista, sino de un autogolpe. Se trata del mismo negro con diferente cachucha. Mujica afirma que “el problema que puede tener Venezuela es que nos podemos ver frente a un golpe de Estado un día de militares de izquierda. Y con eso la defensa democrática se va al carajo”.

Precisamente, porque el tren llamado Venezuela, huérfano de conductor, está a punto de descarrilar, vemos venir un estrepitoso “carajazo” y el irresponsable que funge de chofer se quiere salvar con un golpe militar y acusar a la oposición y al imperio.

No hay que ser vidente ni bruja para entender que los gritos destemplados de Maduro, el pasado 24 de febrero desde Puerto Ordaz, preguntando a la audiencia –convocada obligatoriamente– qué haría si no amanecía al día siguiente en Miraflores, y contestándose a sí mismo que había que salir a la calle para defender junto a la FANB a su gobierno, no era producto sino de la renuncia ya planteada por sectores castrenses y por eso arremetió contra los autores del Acuerdo Unitario para la Transición y el resto de los venezolanos que suscribimos ese documento.

Si Maduro no fuera extremadamente cruel daría lástima. Allí está el fruto amargo de la resolución 8610 del ministerio de la Defensa, que autoriza a los uniformados a disparar con armas de fuego a los manifestantes en las protestas. La muerte a mansalva del joven inocente de 14 años en el Táchira, Kluivert Roa, a manos de un efectivo de la Policía Nacional Bolivariana, es la última gota de sangre que ha derramado el régimen para mostrar su verdadera crueldad y naturaleza.

En la comunidad internacional comenzaron a hacerle el “fo”, por eso suspendió el viaje a la toma de posesión del nuevo presidente de Uruguay, Tabaré Vásquez, porque todos los presidentes que asistieron han rechazado los desmanes sangrientos, persecuciones políticas y violación de los derechos humanos en los que ha incurrido su gobierno. A excepción de Evo Morales y Rafael Correa, que lo defienden de la boca para fuera.

 

Tic tac

Según nuestras fuentes de inteligencia, Raúl Castro se negó a pasar buscando a Nicolás Maduro para asistir juntos a la toma de posesión del nuevo presidente de Uruguay. Castro le dijo que de salir no lo iban a dejar regresar.