• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

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El policía y la maestra

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Por el título podrían espera a continuación un relato romántico entre dos personajes, un funcionario policial y una maestra. Me gustaría poder tener habilidades para ese género literario, el cuento, en el que la imaginación se apodera del pensamiento y surgen historias entrañables. Qué momento más preciso para evadir, soñar y utilizar la fantasía para narrar una historia impregnada de emociones, vivencias e imaginación.

Pero por ahora este título no es más que un señalamiento sobre lo que en esta oportunidad es mi inquietud para escribir.

Existen innumerables profesiones pero pocas tienen características tan arraigadas en cualquier sociedad como el de ser policía o maestra (o). Desde que somos niños son figuras que, más allá de nuestro entorno familiar, están presentes más que cualquier otra.

¿Quién en su infancia no jugó a policías y ladrones?, ¿quién no jugó a ser maestra?; en mi niñez fueron muchas veces las que de una manera simbólica y/o lúdica estos personajes estuvieron presentes.

Pero paralelamente estaba la realidad.

Las primeras maestras, la experiencia del aprendizaje, de descubrir nuestras habilidades y destrezas; sería solo el comienzo de una relación de décadas con una larga lista de maestras y profesores.

Algunas más cercanas que otras, unos mejores que otros; docentes de todo tipo van a pasar por nuestra vida, por la de la gran mayoría de nosotros; ojalá fuera por la de todos por aquello que el Estado debe garantizar la educación para todos los ciudadanos.

Sin embargo, saliendo de lo lúdico y adentrándonos a la realidad, ¿qué pasa cuando se origina la vinculación entre padres y maestros en relación con los hijos? Como escuché decir a Juan Maragall, secretario de Educación de la Gobernación de Miranda hace poco, se presenta constantemente entre unos y otros la dinámica, perversa en mi opinión, de culpar al otro de aquello que no funciona adecuadamente en la formación académica del hijo-estudiante.

Por su parte ocurre algo muy similar con el funcionario policial, aunque el contexto sea diferente

Los niños escuchan desde pequeños acerca de la figura del policía. En todo kínder aparece esta figura como una de las primeras profesiones que los niños aprenden a identificar. Paralelamente los observan en la calle, con más o menos frecuencia según la zona donde residan.

Juguetes y juegos virtuales, películas, series, por nombrar solo algunos recursos son sobre policías; quizás la profesión que le hace la competencia sin llegar cerca es la del médico.

El policía es una figura que el niño reconoce desde pequeño, pero ¿qué ocurre con la imagen que tiene ese niño cuando crece?; quizás no hay una lista de funcionarios cercanos como la maestra, pero la relación se va contaminando por los comentarios que oyen a su alrededor y el respeto se va perdiendo.

¿Cuántas veces oímos una queja de los maestros sobre ciertos padres y al contrario? ¿Cuántas veces oímos una queja de un ciudadano sobre la policía y al contrario?

Entonces, me pregunto ¿qué y cómo podemos hacer para cambiar esta situación?, destructiva a mi modo de ver.

Sabemos que hay muchas aristas en este problema, que no es tan sencillo el planteamiento ni la solución. Mi intención es tan solo plantear mi inquietud al respecto.

Pienso que de lo que se trata en un punto inicial es del respeto a la autoridad; una maestra como un funcionario policial son figuras de autoridad, uno en la escuela el otro en la calle. Me pregunto, ¿somos los venezolanos una sociedad que internalizamos esa idea, el respeto a la autoridad?

En mi opinión, escasamente. No nos enseñan a respetar la autoridad, descalificamos muy fácilmente al otro sin detenernos a pensar el efecto de nuestras palabras y acciones.

Creo que nos vendría bien como sociedad aprender a ser autocríticos, autoevaluarnos y darnos cuenta de en qué estamos fallando y qué ideas y valores estamos ayudando a crear en nuestros hijos.