• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

Al instante

¿Qué nos pasa?

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¿Qué nos pasa?, ¿qué capacidad de negacionismo o de apatía tan fuerte tenemos los venezolanos?

Haciendo un ejercicio de fantasía e imaginación desearía poder presenciar un taller vivencial, claro está, incluyendo un poco de humor (para lo cual le pediría a mi colega Laureano Márquez, compañero de algunas materias en mi entrañable UCV, su siempre ingenioso y valioso humorismo) en el que todos los venezolanos pudiéramos participar... Tranquilo Laureano, es una fantasía.

Me imagino gente tan diversa en orígenes, formación, creencias, color, oyéndose y hablando de sus experiencias, vivencias, problemas, pérdidas. Visualizo tanta empatía, tanto en común a pesar de las diferencias. Nos hace falta escucharnos, ponernos en el lugar del otro, conocer más allá de nuestra propia existencia y permitirnos compartir experiencias que nos hagan salir de nuestra zona de “in-confort” ( porque lo que es el confort hace rato emigró de este país) y sacudir nuestras emociones, creencias, esquemas de comportamiento y actitudes.

Sueño con algo que nos transforme, algo que nos despierte de ese letargo en que estamos los venezolanos, que nos permita encontrarnos con lo más profundo de cada uno de nosotros; como señaló ayer en clase una comisionada de la Policía de Baruta a nuestros alumnos, futuros funcionarios de policías, “un momento con nuestra conciencia”, refiriéndose a una conversación centrada en su formación ética.

Me niego a creer que en este país la mayoría son unos ladrones, corruptos, malandros, choros, asesinos, secuestradores, en resumen, manzanas podridas.

Ciertamente hay quienes sí, algunos con el uso legítimo de la fuerza y otros con el uso ilegítimo de ella; unos se apoyan en los otros y viceversa. El poder de las armas, el poder político y los recursos del Estado están en unas pocas manos, en cuyas cabezas no existe conciencia, valores ni principios, solo la supervivencia a costa de cualquier precio.

Ese no es el venezolano común, el de a pie, el que habita no solo en Caracas, Valencia, Maracay, Maracaibo, por decir algunas de nuestras ciudades, sino también el que vive en Nirgua, Boconó, La Grita, Carúpano, todas poblaciones de distintas características que forman parte de nuestra geografía, de cuya realidad cada vez sabemos menos porque la falta de medios de comunicación nos ha aislado dentro de nuestro país.

Hace 17 años un grupo descubrió cómo manejar a todo un pueblo. Al principio con un mensaje de esperanza, del siempre útil populismo; con un personaje carismático que llenó las expectativas de muchos. Pero el ex presidente ya es un difunto, no existe y los muertos no dirigen, no controlan, no mandan.

Sus discípulos son otra cosa, buscan mantenerse a salvo y para ello han creado su propia guarida.

En eso han convertido a Venezuela, en una guarida, donde hay una manada esperando las migajas que sueltan los “líderes”.

Sin embargo, estos están lejos de ser siquiera animales; ningún animal destruye su hábitat. Decía el padre de un amigo que solo el hombre es capaz de destruir el sitio donde vive; este es el caso, destruir todo un país para salvarse unos cuantos.

Nada los detiene, la destrucción es incalculable, absolutamente desastrosa.

¿Y qué nos detiene al resto, a nosotros la mayoría, a frenarlos?

¿Puede este grupo más que todo un pueblo al que le han quitado alimentos, agua, medicinas y salud, servicios básicos, justicia, donde sobra la inseguridad y la violencia? ¿Gana quien destruye?

Me niego a creer que unos pocos pueden más que la mayoría. Domina el miedo en muchos, es algo contra lo que debemos luchar, la apatía debemos enfrentarla, también hay intereses, siempre los hay. Aquellos que logren dominar el miedo, luchar contra la apatía, pensar no solo en sus intereses propios, son los llamados a hacer que este país cambie.

Me niego a seguir aceptando que la violencia y la inseguridad sea lo que nos caracteriza como país.

Esta destrucción imparable se ve en hechos terribles a diario, ¿quién podía pensar que un instituto público de investigación en salud y atención a pacientes terminaría siendo robado? Los recientes robos al Instituto de Inmunología y al de Medicina Tropical de la UCV, que aportan un servicio invalorable a todo el país, no son más que una demostración lamentable de una descomposición producto de intereses bien claros.

No permitamos que un grupo destruya un país entero y lo convierta en su guarida.