• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

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Mariana Díaz Arroyo

La osadía de ser el blanco

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Cifras, estadísticas, realidad… hombres, mujeres, jóvenes y niños, ciudadanos venezolanos.

Según el Observatorio Venezolano de Violencia los resultados calculados para  el año 2014 por violencia en nuestro país fueron de 24.980 fallecidos, equivalentes a 82 muertes violentas por cada 100.000 habitantes. Estos datos aportados por Luis Briceño León, director del OVV, aparecieron publicados en el diario El Nacional el 30 de diciembre de 2014 en una entrevista realizada por Javier Mayorca.

Con esta cifra, Venezuela está ubicado como el segundo país con la más alta tasa de homicidios del mundo, solo superado en su magnitud por Honduras (con una tasa de 104 por 100.000/habitantes).

Por otra parte, el 19 de abril de 2015 el ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, González López, atribuyó la muerte reciente de funcionarios policiales a un “plan perverso” gestado por la derecha venezolana con el fin de desestabilizar el país. Han sido asesinados 47 funcionarios policiales en lo que va de año en la Gran Caracas.

Desearía escuchar del ministro palabras más acordes con la realidad, como por ejemplo que la nefasta situación económica que vive el país ha generalizado el delito como modo de vida, de supervivencia económica. El secuestro, la extorsión, el hurto y el asesinato se han volcado hacia todos los sectores sociales, comerciantes, transportistas, ciudadano común. Y aunado a esto se viene dando un proceso progresivo de crecimiento y articulación del delito organizado, el narcotráfico.

Sabemos perfectamente qué está pasando en nuestro país, el que no lo sabe es que no lee, no escucha, no ve. Creo que por encima de la ignorancia es más fácil la indiferencia de muchos, la desidia al enfrentar la realidad y reducirse solo a sobrevivir o, peor aún, la complicidad y la mentira.

Pero, por si esto fuera poco, la impunidad hace que la gente no confíe su seguridad a las autoridades, las instituciones, los organismos policiales, las leyes. También, según el OVV, para 2014 la impunidad en homicidios era del 91%.

“Toda esta situación viene generando una desmoralización cada día mayor en los cuerpos policiales, que además de ser victimizados se sienten sin autoridad y sin apoyo. Hay un abandono de la carrera policial por muchos funcionarios honestos quienes opinan que no tienen ni la remuneración ni el respeto que su profesión merece”, ha señalado Briceño León.

Por un momento voy a ponerme en las botas del funcionario policial honesto, responsable, cumplidor de su deber, que sí los hay.

Sale de su casa de madrugada y pocas veces tiene oportunidad de dar los buenos días a su familia antes de irse; debe llegar puntual a su lugar de trabajo, la disciplina y la responsabilidad es parte del compromiso que asumió.

Sale con un bolso, adentro va su uniforme, no puede usarlo donde vive; nadie alrededor puede saber qué hace. Toma el transporte público para trasladarse, algunos tienen moto, pocos vehículo propio; el sueldo solo alcanza para lo primero.

Le toca duro cada día. Vive lejos de su trabajo y la zona es peligrosa, dominan los hampones, las bandas delictivas; el riesgo es enorme y lo sabe. Su salario no le permite otra opción. 

Trabaja muchas horas diarias, jornadas de más de 10 horas, con guardias y turnos adicionales. Algunos días son realmente difíciles, tensos, angustiosos, en los que la impotencia, la rabia y hasta el miedo surgen de la vena más humana que tiene.

Ya no es el mismo dicen, su trabajo lo ha ido curtiendo. Su trabajo es en la calle, y en la calle se aprende lo que no se aprende en otro sitio; el aprendizaje es duro y tiene un costo, algunos se vuelven desconfiados, distantes, hostiles. Demuestra mucha seriedad y pocas  sonrisas, pierde con frecuencia la afabilidad.

Son muchos años ya en esto; sabe rápidamente cuántos porque estar vivo cada día es un regalo para él o ella. No olvida por qué empezó en esto, un deseo de querer ser policía o una opción de vida y trabajo frente a circunstancias. Pero  las razones por las que empezó ya no importan tanto, sigue allí a pesar de todo: de ser el blanco de la ingratitud de muchos ciudadanos, de críticas, desconfianza, falta de credibilidad. En la mayoría de los casos pagan todos por algunos pecadores.

Funcionarios policiales corruptos, que extorsionan, que se aprovechan de su autoridad o del arma que poseen lamentablemente existen, pero no son todos. El  buen policía sabe qué o quiénes lo dañan, pero la manzana podrida tiene gusanos adentro y no es tan fácil exterminarlos, hay mucho abono con estiércol fuera que cada día los hace más fuertes. A esos gusanos es a quienes tenemos que desprestigiar y en su contra luchar, es obligación de las instituciones, del  gobierno y del Estado en su conjunto.

El policía es un hombre o una mujer como cualquiera de nosotros, con familia, problemas que a nadie le faltan, los de todos y los de cada uno, escasez, inseguridad, inflación, y tantos otros.

Cierro mis ojos y por un segundo imagino mi país en esta realidad que vivimos sin un solo policía en las calles; por un momento imagino mi país, donde el hampa es más poderosa que las fuerzas policiales, y que no haya un solo policía, que todos renuncian a sus puestos antes de que sea cobrado el precio por sus vidas. No quiero imaginar más.

Todavía quiero creer que hay venezolanos como yo que confiamos en los buenos policías que siguen arriesgando sus vidas a diario por las nuestras a pesar de todo. Por ellos, por esos buenos policías, escribo esto.